jueves, 5 de febrero de 2009

Recordando al General

[Esta crónica fue publicada en el diario La Nación Domingo a propósito del segundo aniversario de la muerte de Augusto Pinochet.]

Iván Moreira cruza bajo los altos árboles de Los Boldos, llega con un bastón -que pertenecio al mismo Pinochet- emulando los últimos años de su ídolo; "Lucho", le dice a alguien, "ponme cerca de la familia".
Entonces entra a la capilla y se sienta en un lado estratégico como esperando la foto para "El Mercurio", saludando a los Pinochet mientras los empleados del fundo se quedan en la puerta, con una pinta similar a la del vidente Miguel Ángel de Villa Alemana.
El parecido en este sentido es raro; una mezcla kitsch entre el pasado ochentero y la solemne anécdota de este segundo aniversario de la muerte de Augusto Pinochet coronado por extraños personajes que van desde los flacuchentos esbirros del lugar hasta los nonagenarios compañeros de armas del "Tata".
Momentos antes, en la pequeña plaza exterior, un reducido cubículo de plantas coronado por el nombre "11 de septiembre de 1973", a modo de placa recordatoria de la "heroica gesta", la prensa se apelotona esperando la llegada de los viejos estandartes.
Entra Augusto hijo saludando a los medios con un poco de aburrimiento y un tonito de voz parecido al de su difunto padre. Anda por ahí el general Guillermo Garín, codeándose con el parco notero Fernando Villegas, Cortés Villa y el general Concha que, entre conversaciones sobre el tónico capilar, conmemoran solemnes la ocasión.
Sin duda lo más top o lo estéticamente más bello era la periodista de CNN, una guapa veinteañera que se paseaba seria entre la tierra con su tenida formal de taco aguja entre los encorbatados periodistas y relacionadores públicos de la prehistórica corriente pinochetista, que se exalta extasiada cuando aparecen las correspondientes Lucías, madre e hija.
"Ya que tengo tantos fotógrafos sáquenme mejorada", dice la Lucía chica, quien con su nuevo puesto de concejal anda simpatiquísima con la prensa, saludando a LND casi con ternura, ostentando sus collares, la flácida piel colgante de sus codos y frases amorosas como: "¡Qué lastima que seas de La Nación! Es que se portan tan re mal. Me da pena no pescarlo, es que se ve tan joven".


Lucía chica es sospechosamente simpática y alguna prensa como haciendo reverencia a la otrora realeza de casta pinochetista se escurre a sus pies saludando como viejos amigos.
Incluso anda por ahí su hijo Rodrigo y sus rubios nietos jugando con el micrófono de CNN que la periodista les pasa un momento para que saquen quizás sus toques histriónicos o como para hacerse buena onda con la fuente y conseguir alguna revelación como la que le sacó a la flamante concejal de Vitacura un periodista radial a quien ella volcó un poco de su sentida tristeza: "Mi padre se excedió con algunas actividades físicas por ser el cumpleaños de mi mamá. Ese entusiasmo complicó su salud".
Es imposible no preguntarse a qué esfuerzo físico se refería Lucía y también es difícil dejar de pensar en el polvo de Pinochet. "Del polvo vienes y en polvo te conviertes", reza la vieja frase. "No se preocupe, señora Lucía, otro día hablaremos de la vida", le dice LND alejándose unos pasos para ver a la vieja viuda del General, que justo en ese momento venía por el otro lado y aterrizaba como la diva de la celebración.
"Señora Lucía, señora Lucía, qué bueno verla", le dice otro periodista a punto de besarle la mano, saludándola además por su cumpleaños, fecha a la que ella viene, según dijo, con una predisposición a celebrar. Y la fiesta está. Se mueve por el patio de la capilla. Y las risas copan el lugar. Se agitan en la conciencia de varios.
Moreira se abraza fuerte a su bastón y todos se persignan al ritmo del cura que en la empalagosa misa los llama a arrepentirse y le ruega a Dios que guarde al hermano Pinochet en su gloria. En un momento todos agachan las cabezas, unos más que otros y quedan reflexivos.
"Arrepiéntanse de sus pecados", dice el sacerdote mientras el gesto de Moreira es un tanto indiferente, quizás más pendiente de contactarse con el legado del viejo general, cuya alma en pena ronda tal vez por los recovecos tierrosos y odoríficos fuertemente a eucalipto de su fundo que como dice alguien con sarcasmo, se compró postulando a un subsidio, peso a peso con esfuerzo. Otro buen chiste mientras todos se golpean el pecho, diciendo "amén".

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