miércoles, 5 de enero de 2011

Los enrevesados rincones del General

Recorrer los pasillos de un cementerio es ir definitivamente al sitio donde los ruidos del mundo se terminan para siempre. Es ir por rincones oscuros, espacios que gozan de la extraña virtud de ser fríos pero calurosamente agobiantes, lúgubres pero floreados, dueños de la colorida gracia y aroma que sólo poseen las enrevesadas antesalas a otro mundo. El cementerio General –ubicado en Recoleta, frente al metro “Cementerios”- es lo que podríamos llamar un auténtico parque temático. Sus atracciones: una infinidad de tumbas y más que tumbas, una infinidad nombres cuya ligazón intrínseca con la historia es una maravilla que espera ser descubierta por quien, con un poco de paciencia y disposición a recorrer, tenga ganas de perderse por laberintos, pasillos y atrayentes vericuetos que nos trasladan de un silencio a a otro.
Nos encontramos aquí con la sorpresa, con el milagro de revivir aunque sea en el corazón, la magia de un mundo de aconteseres pasados que cobran la vida de una señal de ruta que aparece al paso como una luz en la noche. Camino entre nichos, veo estatuas barrocas que extienden sus brazos a una zona más allá del tiempo. Y así, mientras percibo lo hermoso de nuestro Cementerio General, pienso por un momento que sus silenciosos espacios potencian un dialogo con lo invisible. La piel suave del aire esconde el secreto de una memoria perteneciente al universo. Allí se guardan las voces como en una Biblioteca de Babilonia, ya que es únicamente en el silencio donde descansa el mundo y su creación constante de sentido. Aparece ante mí la tumba del fundador de nuestro diario, Eliodoro Yánez. Es un mausoleo familiar donde están además sus hijos escritores: la maravillosa cronista Flora Yánez y Álvaro Yánez Bianchi, más conocido por su misterioso y célebre pseudónimo de Juan Emar, autor de aquel milagroso “Pájaro Verde”.

Doblo por unas enrevesadas tumbas y me encuentro muy cerca, pasando el mausoleo de Baquedano para doblar por un estrecho pasillo, con la tumba de poeta Rodrigo Lira, muy camuflada entre grandes estructuras con un estrambótico estilo egipcio. Sigo mi camino y los nombres siguen viniendo a mí: Gustavo Reid, autor de hermosas crónicas bomberiles, fundador de la Quinta de Bomberos. Me aparecen unos versos de Manuel Magallanes Mouré que se abren para el curioso a un costado de su viejo mausoleo como un tesoro improvisado: “Oh tú que vienes con un andar incierto, vertiendo llanto sobre un cuerpo inerme, medita: no es la vida la que ha muerto, es el dolor que duerme”.

También está cerca de la entrada el nicho del maravilloso y gritón Pablo de Rokha y su esposa Winnet, cuya muerte el año 51 le inspiró estas hermosas palabras: “Aquí duerme y crece para siempre la más hermosa flor de los jardines del mundo”. Este sitio no sólo nos repleta de referencias literarias. La tumba de Balmaceda, el heroico presidente, se ha convertido en una animita de peregrinación popular en la que los estudiantes escriben sus mandas y peticiones; el glorioso mausoleo de los veteranos de la Guerra del Pacífico, donde está la legendaria cantinera del Ejército Irene Morales que murió en el abandono después de haber entrado a Lima con el mismo General Baquedano; la tumba de Manuel Rodríguez, el húsar de la muerte; el Presidente Barros Luco que bautiza el sándwich; Eleuterio Ramírez inmolado trágicamente en Tarapacá; Eulogio Sánchez, creador de las Milicias Republicanas el año treinta y tantos; el loco Tito Mundt, místico periodista, como los de antes; Tancredo Pinochet, el famoso nacionalista y pensador del año 10; Salvador Allende que no necesita presentación; Eduardo Frei, Jaime Guzmán, Víctor Jara, Tucapel Jiménez, Gladis Marín, Rafael Sotomayor y un largo etc.
Algo hay de parecido en ciertos tramos a la película “El bueno, el malo y el feo”, cuando en la escena final el feo y el bueno llegan al cementerio donde está enterrado el tesoro y deambulan sin sentido y como locos entre cruces y cruces sin nombre para batirse al final en un duelo de pistolas. Mucho de repetitivo, a ciertas horas de calor, encontramos en este cementerio, tan repleto de nombres que incluso la muerte pierde sentido. Aún notamos por aquí los estragos del terremoto. Abundan las construcciones en el suelo y el clima actual del lugar se unge de maestros trabajando en las reparaciones. Una nota interesante lo marcan los tour nocturnos que se pueden acordar por teléfono y que nos prodigan una vista distinta, ofreciendo el notable prisma de la noche como un espectáculo que aumenta el misterio.
Es grato entrar a los atiborrados terrenos mortuorios que como un epilogo de avenida la paz se abren para el caminante de la ciudad. El que cree que la vida es eterna, para ser recorrida a pie y con algunos lapsos de descanso como este, que parece un anticipo de lo que algún día viviéremos en la muerte.

2 comentarios:

  1. Amaría saber dónde -específicamente- se encuentra la tumba de Lira ¿Te acuerdas?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. sip. atras de una tumba egipcia, cerca de la de baquedano. Saludos

      Eliminar