miércoles, 5 de enero de 2011

Paseo Ahumada, nocturna Ciudad de los Césares.

Dice la vieja máxima esotérica, muy sabiamente y premunida de singular encanto: “como es adentro es afuera, como es arriba es abajo”.
Creo que podríamos aplicar aquella frase mágica para hablar de nuestra misteriosa ciudad y sus calles, afirmando que en sus rincones, en la enrarecida atmósfera que nos da su mortecina luminaria que al caer la noche parece una señal de ruta hacia otro mundo o hacia nuestro mismo interior, hay, si lo vemos con los ojos del corazón, una conexión espiritual con un más allá. Quien haya andado por el centro de Santiago al caer la noche se podrá dar cuenta de lo que hablo.
Recuerdo viejos mitos de una ciudad mágica, de un “Dorado” o una “Ciudad de los Césares” –tema literariamente muy tratado, desde Manuel Rojas hasta el mismo Pedro Prado, pasando por Luis Enrique Délano, Miguel Serrano, Hugo Silva, etc.- que aparece de improviso ante la vista como una ciudad fantasmagórica, llena de quimeras salvajes y desconocidas. Creo que en algún estrato de nuestra ciudad, tan parecida en su multifacética locura a una leyenda cuyas raíces se adentran en el tiempo o más allá del tiempo, convive algo “mítico” que la envuelve de un halo singular, convirtiéndola en una ciudad del alma, en la ciudad que habita ya no en lo real sino en el corazón. “Como es adentro es afuera”, o sea, si dentro de nosotros encontramos la ciudad mítica de los Césares –con sus grandes murallones de piedra caliza-, eso quiere decir que el viaje que hicimos por calles, viejas líneas de tranvía hoy en desuso y oscuros pasajes que terminan en coloniales patios enladrillados –el viaje que hicimos por la vida y su complejidad-, por fin ha encontrado un sentido. Un sentido que íntimamente ligado con nuestro espíritu y contextura anímica, nos abre paso a una realidad que sólo podríamos entrever en sueños si no tuviéramos el ángel de la curiosidad que siempre nos acompaña. Al cruzar las calles nocturnas de nuestra urbe, específicamente el paseo Ahumada, nos damos cuenta que Santiago se configura en otra cosa, que la realidad se vuelve ficción, y que así, sin previo aviso o con la mayor naturalidad, vemos cómo las calles se repletan de personajes raros, de locos, de hombres con la cara larga o extraños taciturnos, palladores de un ritmo espectral, fanáticos religiosos, travestis nauseabundos, desesperados e impenitentes. Así nos damos cuenta que si ellos viven “en el afuera” es porque en verdad su verdadero plano de existencia es “el adentro”, los vaporosos llanos del corazón humano, donde todo está hecho de una sutil materia que se moldea con el anhelo. Es interesante venir al centro después de las 10. Las calles desoladas y misteriosas, iluminadas por neones parpadeantes, dan la sensación de que nos encontramos en una vieja novela policial, y que al doblar la esquina divisaremos a Ramón Díaz Eterovic acompañado por su entrañable Heredia o algún personaje de Raymond Chandler, o que nos enfrascaremos en un duelo de cuchillos como en un tango, o que finalmente nos convertiremos en parte de los fantasmas literarios de la ciudad, de los antihéroes que cruzan como almas en pena y eligen esta hora para conversar en una esquina. Fundirse en conversaciones sin sentido es algo muy propio del alma nacional, y esto se intensifica claramente al llegar la noche, donde por ejemplo en el paseo Ahumada se juegan damas, se toca guitarra, se cuentan chistes, se predican viejos y nuevos evangelios. Rincón recomendable para los trasnochados, los que tienen el horario cambiado o los que a veces no tienen donde más encontrar sentido.

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