sábado, 11 de junio de 2011

La Niebla

Los primeros recuerdos que tengo de esta ciudad se remiten a los años 80; mediados de esa década en que Santiago, a ratos, se perdía en una densa capa de niebla. Una niebla que, según fuera el ánimo, se hacía eterna o pasajera. Voy cruzando en los brazos de Mauricio, y aunque en algunos trechos sinuosos del recuerdo, Santiago es reconocible en sensaciones casi precisas, la veo hoy como una lejana y borrosa abstracción: el Paseo Ahumada, calle Huérfanos, la Plaza de Armas, calle Moneda.
Íbamos en caminata diaria casi siempre rumbo a la escuela, o íbamos, sin pensar, de un lugar a otro, perdidos en la atmósfera de aquellos días, justamente entre la niebla, o sea, donde se extingue el recuerdo, borrado por la densidad del frío, borrado en el corazón, creo, sepultando parcialmente aquellas imágenes en el sutil espacio de nada al que pertenecen hoy.
Hace poco, conversando con Mauricio sobre su nuevo libro, La Niebla –título muy bien elegido por Miguel Ángel Felipe- , reflexioné que justamente la vida de un hombre de su generación, la que tenía 20 años cuando murió Allende, es como la niebla. Dura, imprecisa.
La vida de un observador frente a los desolados llanos de una existencia que no pertenece al tiempo, pero si a la gran nostalgia; la de los mutilados podría decir.
“Había perdido un país, pero había ganado un sueño, y si tenía ese sueño lo demás no importaba”. Obviamente Bolaño nos remite a un sueño derrotado, y por eso al sueño más valiente: “es decir, el sueño de nuestra juventud”.
Esa juventud en que imagino a Mauricio Valenzuela caminando por una ciudad sin lugar para él, sentado en una cuneta sucia, con una vieja cámara fotográfica con el vidrio rayado, mirando a las personas que pasaban. Primero una, luego otra. En la escena hay un caballo de paja, como el de los fotógrafos de parque. La figura pareciera que está preparando un tenue galope, aunque en verdad no se mueve. Está inmóvil dentro de su absurdo contexto en que las personas, los sujetos, los agentes secretos de la realidad, pasan a su alrededor, igualmente al mismo paso cansino, haciendo el mismo gesto que un caballo, levantando los pies como en un galope silencioso hacia la niebla.
Y como dije: primero una, luego otra, y así, para siempre, dándole al observador la idea de que vive en un mundo sin pensamiento, o donde pensar algo significa morir, y donde mirar los cuerpos no es mirar ya la construcción social de alguien, un individuo; como dice Platón, la belleza no tiene género, como dice Butler, el género y su definición biológica es una construcción social. Y es no por la belleza si no por el dolor, al revés de Platón, en que el sexo de la gente de esa ciudad de los años 80 desaparece para siempre en medio de la niebla. Allí no hay hombres ni mujeres si no un tiempo congelado en la eterna blancura del dolor que transforma como el fuego, que borra lo reconocible haciéndolo tenebroso . Los cuerpos desaparecen en una dictadura, se convierten en despojos, sombras que atraviesan una ciudad vacía a paso de caballo.
Sigo mirando las fotos de Mauricio. Aparece la silueta de un héroe patrio, creo que es O´higgins, con su espada rajando la veladura informe de un cielo sucio, mientras en primer y segundo plano aparecen unas personas de negro, cruzando aquella atmósfera. Es difícil decir lo que me transmiten estas fotografías, hablar de la poca certeza que se tiene aún hoy que ha pasado el tiempo tan rápido, alejándome de esa ciudad que alguna vez perteneció a mis ojos como la correspondencia real de un recuerdo, que como todo recuerdo se hace impreciso con la distancia, se hace deforme, se destruye, se idealiza. Pienso que aunque no tienen el furor de una lucha callejera o el fuego de una manifestación en contra del régimen militar, sí obedecen a una singular protesta. Es el desazón de un solitario y su esfuerzo inútil de fotografiar lo obvio, lo reconocible, lo que está a vista de todos sin importar la derrota porque se está derrotado desde antes. Increíblemente en esa época encontramos muy pocas imágenes que hablen de la inacción, pocas imágenes donde aparentemente no pase nada. Pocas imágenes del río Mapocho o de una calle completamente vacía. Y es eso lo espantoso precisamente, lo más terrible de aquellos años porque lo más triste ocurre siempre a vista de todos y no es nada extraordinario, no es nada revelador sino más bien una vista simple, una casa vacía, los rincones de una habitación sucia, una pareja doblando la esquina hasta perderse detrás de una muralla.

Hay quien dice que la niebla es como la memoria. Veo en estas fotos una ciudad en continuo transito hacia una memoria difusa, que se esconde entre viejas calles que se hacen incompletas, que se muestran mutiladas como cuerpos cortados, como lisiados que sufren de la enfermedad del miembro fantasma, que sienten que les pica una mano que ya no existe, que fue amputada. Veo el cine Prat y sus letras prendidas y apagadas como una boca a la que le faltan la mayoría de los dientes. Veo ojos en algunas ventanas o rostros conformados por la continuidad gestáltica de algunos edificios. Y es que al ver todo esto comprendo que la ciudad también tiene un cuerpo, asexuado y torturado, mutilado en largas fracciones, cuya piel es la niebla, esa memoria que deja entrever las cicatriz que es la gente misma, que es lo poco reconocible, o sea lo que está bajo la piel. Los huesos helados de una ciudad son sus perdedores, sus seres sin dirección, sus caballos de paja, sus inconformes observadores derrotados de antemano.

1 comentario:

  1. Leer tu texto me ha dejado un maravilloso sabor amargo. Decir que es precioso creo que sería irresponsable. Hay tanto dolor en tus conclusiones como aceptación de un pasado. Son palabras maduras, que invitan a ese doloroso proceso de rebobinar la mente y ser arqueólogos de tesoros y fracasos propios. Quizás alguna vez llegue el momento en que otros profundicen en lo que el niño en brazos de Don Mauricio llegó a ver. Lo maravilloso de su visión, por sobre todo propia. Forjada tanto en llamas amables como agresivas. Si el momento llega, espero tener algo que decir sobre aquello. Un abrazo

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