domingo, 25 de septiembre de 2011

El Tango y la Hípica Por una cabeza


Desde donde lo llevaran sus giras internacionales, Carlos Gardel se preocupaba del escolazo a los burros, una de las pasiones de su vida. Esto demuestra que ser tanguero e hípico es el modo de vida para el nostálgico del hombre netamente latino, preocupado inseparable de los cortes del azar y dueño de una profunda visión de la vida.

Está Gardel en el hipódromo y dice: “Cuando dos caballos se trenzan en un final palpitante, cabeza a cabeza, mi dinero vuela… ¡Como siempre! Por una cabeza”. Luego rompe el boleto de apuesta y canta. Y es que la hípica en el tango, como en la escena de esta película, es el reflejo de una Argentina donde ir al hipódromo es un rito sagrado que reafirma la rudeza viril del compadraje grasa, instalado en la popular frente a la pista de los pingos. (¡Leguisamo solo! gritan los nenes de la popular.)
Al “zorzal criollo” le encantaban los caballos. Criado en los rinconcillos arrabaleros del Abasto y musicalmente en los show del café O'Rondemann, donde casi de purrete, entre guitarreos a dúo con su fiel pareja José Razzano -el Oriental del café El Pelado del barrio de Balvanera- comenzó su gusto en el fino deporte caballar, influenciado por el entorno de matonaje y turf de aquellos lejanos años 10. (“Eran otros hombres más hombre los nuestros…”)
Y es que criado entre “la barra rea de la eterna caravana, “el mudo”, “el morocho del Abasto”, “el mago” que entonara éxitos como, “Por una Cabeza”, “Palermo” y “Soy una Fiera”, fue con el tiempo un fanático que a lo largo de su vida ostentó 6 caballos Pur- sang de su propiedad y la amistad profunda con un jinete, Irineo Leguizamo.
Gardel, además de mostrar en carácter viviente y entrañable, al argentino azaroso, divertido pero trágico, rasgos claros en sus películas - las que construyeron parte de la imagen de exportación del primer galán auténticamente latino- puso en sus canciones una característica más grande, la de un pueblo: el engominado, jugador, aprontador y apostador de matungos, y que con una pinta rana, canta de la filosofía existencial profunda del sujeto yugador anónimo, que entre sombras, calles del “Arrabal Amargo”, hace un cariño musical a su dureza y desaliento:
“Carreras, guitarras, gofo, / quinielas y cabaret.../ Es el berretín más grande / que mientras viva tendré”, dice un tango. Otro, algo así: “Pa' buscar al que no pierde / me atraganto con la verde / y me estudio el pedigré / y a pesar de la cartilla / largo yo en la ventanilla todo el laburo del mes”.
Es que la cercanía del deporte más glorioso y el gotán, aboga a la poesía de un estilo de vida que por definición íntima abraza al dos por cuatro con afirmaciones de virilidad y de ser, tan bellas como esta.
Y más que sólo afirmaciones referidas a la soledad del choro enraizadamente fundador del puerto, si no más bien, autenticas claves del ambiente urbano, en que un eje tan expresivo como el tango tiene una cabida diaria e íntimamente ligada con los reductos de diversión popular, y con el desahogo al trabajo duro del Sabalaje. (“Canción maleva / lamento de amargura / sonrisas de esperanza, sollozos de pasión”.)
Están los bares, el trasnoche “en la timba de la vida”, el cabaret y los caballos. Y es como se dice: cada tango es una historia triste que se baila, y en estas mismas está el transcurrir de un país, la melancolía de sus personajes: los apostadores, la barra vieja de los boliches a orillas del Plata o de “Aquella Cantina de la Rivera”, “La Mina del Ford”, la “flaca, tres cuartos de cogote”. Y también los otros, como “El Ventarrón”, el vividor y el burrero, y además el jinete, fanáticos todos del hipódromo.
Como se dijo, es famoso el caso de Leguisamo, a quien Carlitos conoció en 1920 y que por cariño apodaba “El Mono”. El montador de Lunático - caballo que Gardel compró en 1925, y que cuando iba a ver al hipódromo perdía la carrera-, le decía Romualdo al zorzal, su segundo nombre que él quería mantener en secreto. Según el Pulpo – otro apodo con que el cantante bautizara a su pequeño amigo corredor de glorias, debido a que parecía tener ocho brazos a la hora del galope- “no hubo nadie que cantara como Carlos” el tango escrito para él por Modesto Papavero. (“Leguizamo Solo” -1925-)
Dice esta letra escrita en honor al espécimen y al jockey: “Alzan las cintas; /parten los tungos /como saetas al viento veloz.../Detrás va el Pulpo, alta la testa / la mano experta y el ojo avizor. /Siguen corriendo; doblan el codo, / ya se acomoda, ya entra en acción…”.
Es en las mismas letras de tango donde se encuentran innumerables detalles, adornados con una cuota de lunfardo que viste el compás de la guitarra o “el eco funeral del bandoneón”, con el ritmo entrañable del argentino popular: “Los domingos me levanto /de apoliyar mal dormido /y a veces hasta me olvido /de morfar por las carreras. /Me cacho los embrocantes, /mi correspondiente habano, /y me pillo un automóvil,/ para llegar bien temprano”. De eso está hecho el tango. Y de eso también la hípica, de la melancolía y el azar, jugados en el galope que hace vibrar a la multitud en un final vertiginoso, donde los cuerpos se encuentran, ya sea cruzando la línea de meta, ya sea en una pista de baile.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada