lunes, 26 de enero de 2015

Ausencia de Ximena Rivera.

En la noche del barrio puerto, bajo la vigilancia de la vieja matriz, en el paso quizás de sus habitantes noctámbulos, que como sombras o visiones del delirio, contrastan con el apretado variopinto tono de esas casas vetustas – casas azules, amarillas, rojas y verdes- de los barrios obreros,  aparece, como el fantasma encarnado de la ciudad misma, del puerto, de la noche, el nombre de la Ximena. Una figura sencilla, valiente –“todo poema conlleva una pregunta”-, sola y ya espectral, volando sobre el paisaje: un viento  que cruza las calles, se mete por los intrincados vericuetos de los cerros y sus surcos, como cicatrices abiertas y sangrantes coágulos febriles, y luego llega a la tierra apegada a las cosas y hace volar el polvo bajo un silbido tristón pero lúdico.
Esta imagen que concibo mentalmente  me recuerda la de su funeral. Un hoyo en la tierra seca; un niño sentado junto a la fosa.  Despedida por artistas porteños que cantaban las viejas canciones del Negro Farías, otro militante de la miseria, otro dandi hermoso de la miseria, en la noche patibularia y desnuda de ese Valparaíso cuyo estrato fantasmal sostiene a aquellas ánimas de la leyenda, como en una sombra duradera aún del pasado, frágil, que pelea, por siempre, una última batalla. Porque todo esto es como una  batalla ¿no, Ximena?, aunque perdida, me dices,  pero en verdad soy yo quien se dice a sí mismo, en la visión mental acústica de tu voz, mientras escucho, en la radio,  de nuevo, la canción de Valparaíso. Esa famosa que habla de la muerte que pasó por aquí tantas  veces –este puerto que amarra como el hambre- y que en este recuerdo suena, sincrónicamente, con el viento en la imagen de tu  funeral  humilde arriba de un cerro. Ese viento sorprendente en que nadie pareció reparar cuando tu ataúd descendía a la tierra y las voces entonaban esa despedida rara y delirante. 
La escena se  forma  tiritando fantasmalmente  como el embrión de un sueño, acompañada por varios escritores y amigos, en un patio de tierra en el cementerio de Playa Ancha, para mí el más hermoso del mundo, cubierto en el verano por  un oleaje de flores amarillas que colindan con el mar azul. Es curioso, un amigo me dijo que en este último invierno la nieve tocó tu tumba; el invierno y el verano, el otoño, la primavera; son preguntas que amanecen sobre la cruz con tu nombre, Ximena.  Qué cosas se pueden decir sobre ti: que eras hospitalaria y dulce. En tu pieza recibías a las visitas con un té de canela prodigioso e imposible de imitar. Te gustaba Cerati y le decías Cherati. Cuando la gente estaba contigo les hacía sentir que a veces había una tercera persona llamada Valeria, en fin, qué se puede decir sobre ti, Ximena. Que toda tu poesía, por ejemplo, era la cosmogonía fantasmal de las visiones sagradas de una santa como Juana de Arco, visiones llenas de terror; delirios que en el péndulo de tus pupilas jugaban al trapecio entre lo cotidiano del  íntimo mundo familiar y la locura de la caída al pozo de la muerte, de la ternura, del amor, de dios mismo que tenía el rostro de tu abuelita, en fin. Qué cosas se pueden decir sobre ti, Ximena linda.    
Ahora que ya transcurrió largo tiempo de la muerte de la poeta Ximena Rivera, pienso mucho en ella y me atrevo a escribir con humildad estas líneas. Pienso en su rostro, en su figura, en ese edificio donde vivió –la metáfora de una autobiografía hecha de escombros y de puertas; la metáfora de un cuerpo o de un fantasma-;”¿Y ahora qué me espera?  Las sobras / y / un decorado laberinto”: una mole gris que vigila aún plaza Echaurren, un  gueto que con el tiempo fue desalojado y de las familias y de los indigentes que  allí habitaban como un pensamiento la mente, no queda ni señal. Corre hoy el rumor de que harán una especie de mall patrimonial como para  terminar de echarle tierra a los pocos recuerdos que  van sobreviviendo en esa parte de Valparaíso tan golpeada por los derrumbes y los incendios, por la remodelación. Esa parte del barrio puerto en verdad es como una piel marcada con el tránsito de los  artistas que por ahí pasan antes de  convertirse en ánimas rutilantes en un cielo silencioso: es bueno este lugar para recordar por ejemplo a Aristóteles España –hermano de correrías junto a Ximena por los bares nocturnos de la ciudad- o a Jorge Farías –la voz de un zorzal extraviado-, a quienes   divisé  por esos lares en distintos momentos.  Es raro a veces un lugar; su impronta siempre atrae a quienes deben estar pegados a sus muros.
 Ahí la Ximena vivía con Pepe, su amor, a quien conoció en los comedores de indigentes cerca de donde los dos estacionaban autos en el barrio puerto. “Cuando nos conocimos dormimos juntos, pero con la ropa puesta, y así por varios días, hasta que yo le  dije, Pepe, ¿te quieres casar conmigo? Es lo que más quiero en la vida, Ximena, respondió; porque puede más la soledad y la desesperación que el amor o el apego.”
Cuando la conocí y leí sus poemas –con entusiasmada maravilla- comencé a difundirlos entre amigos en el espacio de la fotografía. Le regalé un legajo con versos a la fotógrafa peruana Gihan Tubbeh que lloró al leer aquellas visiones, y además al fotógrafo francés de Magnum, Antoine D´agata quien encontró empatía con las imágenes allí descritas y soñadas. Hablar de ella en esos encuentros con gente que entendía el arte de un modo concomitante a la vida, fue un grato gesto de sinceridad y en algún sentido de justicia. Entregar un libro es siempre abrir un espacio de lucida  visión a los ojos de otro. También mostré los poemas a Raúl Goycoolea, gran amigo que en ese descubrimiento deslumbrante de Ximena fue más allá y comenzó con su cámara a acompañar sus últimos días en una deducción espiritual lúcida que llevó el nombre de El ultimo viaje de Ximena Rivera, distinguido con Fondart desafortunadamente cuando Ximena ya había muerto.
En cuanto al rescate que se hizo de su nombre  se le debe mérito a quienes estuvieron con ella estrechamente: Carlos Henrikson, Gladys González y los chicos inubicalistas que  nos dejaron un bello pero no suficientemente masivo volumen  de obra reunida. También se menciona lo hecho por Balmaceda 1215 y editorial Hebra. En fin: qué cosas se pueden decir sobre ti Ximena, que no sea entablar hoy un dialogo con tu poesía.
Pienso en ese dialogo y en las preguntas que habitan en sus poemas: “¿Tú has visto mis gestos / en la eternidad que viene / en la eternidad que va?”. Preguntas, como el sabor del polvo caliente que entra por la ventana en días de calor; el sabor cotidiano de las palabras, mundanas pero a la vez como las oníricas visiones de una santa que sostenía en ese terreno diálogos, por ejemplo, con Miguel Serrano, quien le decía: "Ximena, tu eres la única judía que dejo entrar en mi casa". Y así eran, sorpresivos y maravillosos sus intercambios, aunque unilaterales en su mayor parte, y a veces ingratos, al enfrascarse con este mundo tan torpe, con gente que no la comprendía y veía en ella desde su altivez petulante de poetas laureados por el tufillo a mierda de las instituciones literarias, algo así como una mendiga loca –una excéntrica- y no una reina como era el caso; como cuando un poeta millonario la mandó a vender cosas a la calle o en la feria, y ella se rió y le dijo que no era ninguna ambulante, y en vez de hacer lo que el tipo se merecía – o sea, escupirle en plena cara-, prefirió tomarlo con humor, entrecerrar los ojos, sonreír, porque comprendía a los otros en su compleja reacción –la miseria, el pequeño frío del cobarde- frente al corto suspiro de la vida, siempre urgente, siempre incompleto, siempre al borde.
Y bueno, como dije, nos quedan sus poemas porque  para cada verso que se lee o se escribe existe una correspondiente imagen en el mundo de las sombras interiores del lector: una piedra, una montaña, una noche, dios cruzando la llanura; una piedra que cae al pozo del sueño; una montaña inmóvil en el sueño,  una piedra que cae al abismo inerte del espacio y dios, con un rostro que a instantes  cambia al de Ximena o al de Valeria o al de Pepe

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