viernes, 30 de enero de 2015

Como un cuento

Cuando mi madre comenzó a  olvidar las cosas yo comencé a recordarlas. A construir un pasado adornado por las reflexiones que puede hacer un niño años después de dejar de serlo. Ese es el pasado. Un espacio inventado por uno mismo, como para no creer que la vida dura sólo el instante previo de abarcar por última vez las cosas antes de dejarlas con un respiro, y pasar al suave agujero donde se cae como piedra sin hallar fondo, sin sonar al final del abismo con un ruido seco o nítido de encuentro con una superficie dura. Cuando mi madre empezó a olvidar fue cuando jubiló de profesora; un profesor viejo es como una foto pegada en un álbum que se quedó abierto al sol. Una imagen  que permanece igual aunque se va destiñendo – es más bien la imagen humillante del cliché la que se destiñe, porque los pobres siempre se destiñen de alguna manera, en el recuerdo del país, en la imagen que tienen ellos de si mismos: ropa raída, parches en los codos, zapatos rotos, dientes que se caen, morena piel que se endurece como charqui, cabello que se endurece. Un profesor viejo es como una momia que resiste en una cueva, cuyo clima árido o seco mantiene la conservación –como la momia del cerro el plomo-, pero cuando los arqueólogos o los arrieros o los ladrones de tumbas sacan a la momia de su  habitar inmóvil, todo se  desmorona: órganos interiores, corazón, cerebro, se descomponen, se despedazan, se hacen polvo. Esto le sucedió a mi madre. Hace unas semanas mi padre me llamó para que fuera a visitarlos. Cuando llegué me avisó que mamá estaba enferma. Efectivamente.  Estaba acostada, como seca, como la momia de un niño inca, sobre el sofá del living. Cuando me vio no me reconoció.  Me acerqué a ella y  me tomó la mano apretándola. Comenzó a relatarme una historia difusa sobre una secta, y un túnel que  conducía por la cordillera de los Andes para dar directo  a la ciudad de Mendosa o a Brasil -¿qué lugar de Brasil? Pues nunca lo sabré- o al centro de Buenos Aires, como si Brasil y Argentina fueran fronteras abarcables fácilmente por un  túnel cuya entrada estaba a la vista en algún sitio al medio de la ciudad de Santiago. Pero en un momento recordé que su pasado, su viejo tiempo de militante o de sobreviviente vestigio de los lindes difusos de la derrota política, allá en ese año de 1973, y antes incluso, ella se trasladó en una triada por Chile, Brasil y Argentina, huyendo, enamorada de un militante de guerrilla muerto posteriormente -¿en Chile, en Argentina?- y del que nunca se supo más que un nombre escrito en un viejo álbum  de matrimonio fechado en agosto del 73 y que encontré entre una ropa vieja, hurgando un día por casualidad una cajas listas para  lanzar a la basura. Qué raro es encontrar a un ex de tu madre que ni sabías que existía, pero que de alguna manera intuías como parte de ese vacío en el que siempre  faltaron palabras entre nosotros. Vuelvo a reiterarlo. Es curioso cómo la memoria se construye a partir de una sobre memoria o una memoria de la memoria, ya que la memoria real, los trozos de la verdad, son terreno de nadie,  son infinito tedio en el pasar de los días. 
En la medida de  que las certezas se fueron perdiendo en el laberinto mental que mi madre construía – como ratoncita, efectiva roedora- día tras día con los objetos naufragados del alzhéimer –basura en general: géneros viejos, pilas y comida podrida, platos rotos y papeles de toda especie-, el aire comenzó a volverse pesado. El enrarecido remedo de un tiempo anterior quizás. Cuando las cosas fueron diferentes. Cuando podía decirse, no hace tanto, que en la casa vivíamos cuatro personas y no una sombra y tres sombras más pequeñas de aquella sombra mayor que comenzaba oscureciendo su propio contorno para después continuar o alargarse con el contorno de las cosas y el contorno o el borde  de las habitaciones, hasta llegar al contorno o borde de los otros que existían junto a ella.

La casa se convirtió al fin y al cabo en el laberinto y mi madre, el minotauro, se convirtió en el guardián viejo, ciego y enfermo de ese círculo. Recorría, errática, por las noches, sin tregua para los otros habitantes, siguiendo el hilo enredado por una Ariadna retrasada mental o  estúpida. Mi hermana se ponía nerviosa. Ya fuera por sus pasos a eso de las  dos de la madrugada o por su manía de hacer rechinar los dientes, bruxismo le llaman ¿no?, cuando se sentaba en la oscuridad a esa misma hora a contar  con dosificado interés los géneros que guardaba en un  baúl que  durante  el día cumplía el rol de mesa del comedor. Porque la mesa del comedor las hacía de espacio de bodega para  revistas viejas, palillos, madejas de lana. Porque en la casa nada cumplía el objetivo para el que fue  fabricado: o más  bien, los objetos pecaban de tener un rol  ligeramente corrido hacia los lados, un poco hacia la izquierda, un poco hacia la derecha, hacía arriba o abajo, de su ubicación en el espacio armónico que una vez ocuparon o que  ahora que lo pienso en verdad nunca tuvieron mucho: las sillas servían de mesas, los vasos como masetas y floreros, los cuchillos como martillos y una  variedad casi indefinida de cosas como pisapapeles, los diversos géneros recortados de cortinas en desuso eran una infinidad de choapinos y mantelitos, servilletas, inmunda bisutería que llenaba todos los vacíos en que la vista podía descansar en esas paredes que  ahora, cubiertas de  géneros de colores y dibujos, eran más bien una sensación de paredes, calientes, palpitantes, una sensación de encierro o de continuidad rota, la continuidad de un recorrido por ejemplo en un laberinto, una piel bajo la costra que reordena sus células en una nueva superficie, más sensible, más rosada y que  a veces sangra o exuda la humedad que guarda debajo como un nido que guarda animales recién nacidos o embriones calientes. Generalmente  cuando yo iba a visitar a mi madre, no hablábamos. Me sentaba a esperar la llegada de la tarde o a hablar con mi padre. En estos encuentros mi madre me saludaba  llorando. Se callaba y el resto del tiempo me observaba con una mano en la boca o haciendo algún dibujito en una hoja de cuaderno apoyada en alguna superficie cercana. Siempre era así hasta esa  tarde cuando la encontré enferma y me relató la historia de la secta y del túnel y de cómo tenía miedo de que la secuestraran y la arrastraran por ese túnel, por la oscuridad de ese espacio hueco cavado en la roca de la cordillera en un ángulo o prodigioso o surrealista que permitía una llegada desde Santiago a Brasil o a Argentina en cuestión de horas o de minutos. Cuando pienso en mi madre y en este dialogo, me viene a la cabeza igualmente la imagen de un túnel, pero temporal, que en vez de atravesar la dura superficie rocosa de los andes, atraviesa otra superficie, una más dura, más inabarcable y si se puede decir de alguna manera, más cruel, intransigente: por supuesto la superficie de los años siempre ha sido una barrera suavemente franqueable en mi casa, por lo menos nominalmente, por obra y gracia de las palabras, poderosas determinantes no de lo real pero sí de una imitación  cruel de lo real, porque en esa evocación certera de uno mismo en el pasado, hay algo que no nos abandonará jamás, aunque olvidemos los sucesos y sus nombres.
Y en ese vestigio del pasado,  pegado a los huesos como una sensación no de los argumentos del pasado sino de su  forma, sucedió que de un tiempo a esta parte o a esa parte, el punto exacto que relato aquí,   mi madre comenzó a olvidar los rostros pero no así  cierta densidad existente en los rostros. Fue a razón de una fotografía de Allende que en los comienzos de su enfermedad pegó con cinta adhesiva en un lugar visible de la casa. Como una especie de bandera de resistencia a la mala memoria. Cuando yo era niño me habló por primera vez de Allende, esto lo recordé por un hecho que sucedió cuando la vi enferma en el sofá, tendida y enredando y desenredando un ovillo de lana rojo y delirando con la historia del secuestro y del túnel. Como si Allende fuera un túnel, que de alguna manera lo fue y lo es, que conducía desde Santiago, por un camino negro totalmente hacia Argentina, Brasil y quién sabe a dónde más. Un túnel hecho de la vida de mi madre y el olvido gradual  de esa vida, del pasado, de sus puntos de referencia, el nacimiento de un hijo o de otro, la muerte de un ser amado, el reencuentro con otro, la muerte de su padre, la noches rutilantes de una ciudad que en sí conllevó siempre una pregunta indescifrable para nosotros.  
Y resultó que en aquella visita hace unas cuantas semanas como ya dije, ella dejó de acordarse quienes éramos los que la rodeábamos.
Los que estábamos con ella en la escena. Muchos años antes, incluso antes que mi hermana naciera o mi padre estuviera viviendo con nosotros, ya que en un tiempo bastante largo él se había ido, o por lo menos así lo recuerdo cuando reviso la infancia, sólo vivíamos los dos solos en una pieza en una pensión vieja del centro, llena de homosexuales y artistas de izquierda. Como nosotros eran una resistencia cultural que en verdad no resistía mucho más que el hambre a fin de mes o la soledad de los espacios sin luz que aparecían por la noche como un suceso frecuente, como para hacer más oscuro el espacio para dormir, más triste la noche que desde la ventana y a lo lejos nos devolvía el murmullo vago de algo parecido al ruido que se escucha  tras una mordaza. Vaya resistencia, comiendo  siempre pan con té –¡en verdad que resistíamos¡-, en una habitación con olor a trementina. Mi madre pintaba cuadros: marinas, paisajes ilusorios inventados por ella. Esa era nuestra bandera o mejor dicho su  bandera, bajo la que yo me cobijaba como única opción o refugio.  Una  bandera rota y vieja en un mundo precario. Y así un buen día mi madre me contó la historia de Salvador Allende. Fue en 1984 u 83. Caminábamos justamente por frente a La Moneda. La historia me la relató como si de un cuento se tratase, un cuento triste, donde el héroe, Allende, un hombre leal a los trabajadores del país que alguna vez había sido ese país donde ella fue joven, es traicionado por una bandada de buitres cobardes y sediciosos que  ocupaban en ese instante esa misma casa –La Moneda-, la de los presidentes, la casa desde donde, lo supe después, lo sacaron muerto luego de pegarse un tiro en una ambulancia que recorrió aullando en  medio de la ciudad sitiada por tanques, un camino de ida hacia una especie de borrón de la memoria. Una laguna o espacio negro del que después de ese dialogo entre mi madre y yo ya no se podía hablar. Porque una vez que ya conocías la historia eras parte de ella, y por ende corrías peligro, pero también eras parte de algo poderoso, de algo que bullía por las calles, en la soledad de las calles, en el delirio raro que eran las calles de esa ciudad, llena de asesinatos y hombres  vestidos de negro con lentes oscuros.

Pero bueno, y resultó que mientras mi madre enredaba y desenredaba ese ovillo de hilo rojo y deliraba sobre  una secta y un túnel, yo le preguntaba cómo se sentía. Entonces cambió el tema y me preguntó quién era yo. Yo le dije su hijo. Entonces  preguntó quiénes eran las otras personas que estaban en la habitación. Yo le contesté que su marido y su hija. Entonces preguntó quién era el hombre con lentes de la fotografía. Yo le dije Salvador Allende Presidente de Chile. Entonces me miró con los ojos perdidos. En ese instante recordé cómo ella misma 30 años antes me había narrado la vieja historia del presidente Allende y eché mano a los recursos  de la memoria, efectivos pero tristes en esta ocasión. Le repetí la historia parte por parte, como yo la había recibido de ella, como devolviendo el favor, como adentrándome en ese túnel que era su pasado y ese secuestro que era la enfermedad que la trasladaba a través de los años en una pérdida  parecida no a un lugar específico sino a sitios anómalos, como palabras que se piensan pero que no llegan a decirse; espacios mentales  que se borraron como las murallas de un túnel en la oscuridad. 

1 comentario:

  1. ay Emiliano, que precioso, terrorifico y lleno de ternura ese cruce del laberinto con tu madre donde tu le devuelves la mano contandole la misma historia que se te grabó hondamente a los 4 o 5 años. Leerlo fue casi como entrar en un sueño o en una pelicula borrosa.
    Consuelo (terra)

    ResponderEliminar