martes, 27 de enero de 2015

Ideas en torno a una foto que le tomé al poeta Pedro Montealegre


Reviso algunos días después de su prematura desaparición la imagen que guardo en el corazón del poeta Pedro Montealegre. Alguien –como él mismo me mostró- que en algún sentido abandonó un pasado, como el fantasma que sale del cuerpo bello de un hombre para sostenerse, en cambio al final, encerrado en su casa –como un anima-, en un limbo o intermedio tiempo de cosas pequeñas, un vacío, tan grande y simple ¿no?. No quiero recordar sí su última imagen, con los ojos semiabiertos y vacíos, intentando como entrever ya inútilmente algún secreto final, que como mago descubrió seguramente en la muerte. Me quedo con la otra última imagen –la de la fotografía que hicimos juntos-, la del poeta y mago, como niño, solo en su habitación para siempre, rodeado de sus símbolos y sagrados guijarros y banderas o estandartes, esperando quizás recuperar, por alquimia el viejo cuerpo, una vieja imagen de sí mismo en ese juego tan serio suyo de la trasmutación de las cosas en belleza pura y en amor.

Una imagen que uno como observador podía intuir e incluso escuchar, a pedazos por cierto, en momentos: los restos del naufragio y la dulzura, los trozos retorcidos de una imagen añorada de un tiempo mejor, y que ahora solo era alcanzable en relatos entrecortados, donde aparecían nombres, nombres como Manuel, ciudades en la noche como barcos anclados en un muelle distante, casas de amigos y poemas y libros escritos en todo ese trayecto, estados de Facebook, más poemas y buenas y malas noches a poetas amigos y enemigos.
Recuerdo que nos habíamos conocido en un bar a comienzos del dos mil o por ahí. Fue una conversación sobre poesía, eso sí lo sé a ciencia cierta. De inmediato reconocí en él a un tipo inteligente. Eran, esos años, mis primeros atisbos de interés literario: algo indeleble, que se sostenía en las noches de Santiago, recorridas por mi y algunos compañeros de ruta, en largas charlas sobre poesía o sobre la vida en distintos bares que hoy no existen. Pedro Montealegre fue pasajero de una noche en ese viaje iniciático –como el cuento de otro poeta muerto prematuramente, un "Pasajero del Sueño"-. Luego, lo entreví un par de veces, hasta que despareció por una década o más en verdad, mucho más.
Volvimos a vernos recién el año pasado en un bar. Lo reconocí y le recordé aquella charla hace tanto tiempo. Me miró, entrecerró los ojos –era un vidente, por supuesto- , y me dijo que algo recordaba. Hicimos un brindis por el nuevo encuentro y hablamos someramente de lo que hacíamos. La noche –entre el Olímpico y algún sucucho de la Plaza Italia- transcurrió con la promesa segura de volver a encontrarnos para tomarle una fotografía para un libro que estaba preparando y que finalmente salió unos meses después.
El año pasado me la pasé haciendo retratos de amigos y de extraños, y también de una mezcla de esas dos cosas. Retratos en blanco y negro que más que ser retratos eran imágenes de mi propio interior, y de cierta lucha por vivir en el mundo y en las cosas, y claro, obviamente una reflexión sobre la incapacidad de hacerlo. La vida de un fotógrafo es dura; por un lado existe el trabajo como tal y todos los requerimientos prácticos que ello conlleva, fastidiosos o no; por otro, la militancia con el territorio en que habita el observador fotográfico, y que en sí es la poética –ese mapa que siempre transcurre en lo nocturno- en la que el mundo se cuadra de tal modo que corazón y ojo coinciden al encontrar por las calles lo que aparece luego en la imagen: este material hecho de noches y conversaciones, de lecturas y deseos afiebrados al borde siempre de la muerte y la desesperación por vivir. La fotografía como una trampa pero también como la única redención posible, ya que en ella existe el regalo de lo que la vida pone frente a uno, para que se alimente de ti, te haga vivir un poco más entre delirios y visiones, en épocas difusas y sin nombre, sin fe, sin tiempo, pero inmortales totalmente en ese segundo donde el ojo se abre y las cosas pasan y no pasan, porque la fotografía es igual al poema – y en eso coincidimos tan bien, querido Pedrito-; allí lo que importa es lo que la imagen no dice, lo velado, la tachadura. En fin. En esa dinámica mis caminos se cruzaron nuevamente con Pedro, y así nos dimos cita una noche en su casa para hacer la foto. Antes de armarla o de pedirle que posara para el lente, definición bastante inexacta pero necesaria ante la inexistencia de otra, estuvimos hablando largamente de lo que habían sido para él esos años. Le pregunté por viejos amigos que también vivieron en España; él los conoció y me contó varias cosas, me habló de su biblioteca y de sus libros –los que había dejado en los lujares igualmente dejados, y de los otros, las herencias, los que fueron con parsimoniosa consideración siempre parte de su casa-; también me mencionó su enfermedad, y el miedo por unos exámenes venideros concernientes a unos nódulos en alguna lugar de su cuerpo. Pedro me dio la sensación de una estatua, alguien lleno de ese vacío de los muertos, pero a la vez de mundo, como encarnando ese viejo verso del cadáver lleno de mundo, lleno de poesía, concibiendo al poema como un mundo igual al verdadero mundo, es decir, errático y cruel, pero también profundamente hermoso. Y resulta que Pedro era hermoso como ese mundo o ese vacío en su interior.
Luego, hicimos la foto. Le pedí que se sacara la camisa. Con un poco de pudor me explicó que ya su cuerpo no era como alguna vez fue, como lo describió un amigo poeta el día de su velorio, un Charles Atlas con camiseta musculosa y los brazos formaditos. Yo le dije que la foto, aunque él ya lo sabía, no tenía que ver nada con una pose, por decirlo de algún modo, estética, sino más bien con una condición interior de mí mismo. La idea era reconocer en él algo de mí, guardado en ese lugar donde en general no miro. Ahí donde está quien es uno siempre al final del día. No fue difícil. Era alguien que se me parecía muchísimo. En la rabiosa ingenuidad que nos hace tan humanos, que nos hace niños para siempre. Es raro hablar de otro refiriéndose con recurrencia a uno mismo; es el ejercicio inverso al de mis fotos; pero, finalmente, en el otro, hay un abismo en el que un fotógrafo se reconoce y se sostiene, como en un constante punto de apoyo: yo soy siempre el otro y el silencio del otro, aunque el otro no sea yo necesariamente. Es raro de escribir, más bien son imágenes, como fotos con las que uno por instinto entiende. Y así fue el cruce con Pedro, entendido con ese instinto de la imagen. Supe, por supuesto, que estaba frente a un poeta importante. Vi sus libros. Me mostró varios mientras duró la velada. Recuerdo estos versos que llamaron mi atención:
"o se sabe qué está escrito y qué está imaginado. Te doy la urea, el sol que uno
orina en los buzones –es de noche. Levanto una ceja al tiempo
que bajo la otra, un paréntesis para nadie, lleno en rumor y no de él: una piscina
reflejando la luna –los garrapatas del bóxer son corcheas, pentagrama
su vientre de cachorro. No es ésa nuestra música, Manuel. Las avispas
roedoras de carne saben bien qué somos. Y de regreso, el frío es un regalo. Yo
te lo doy –dientes de hielo–. La rana congelada en un cubito resiste: el invierno es
un ojo abierto a su paso. Pero no muere; salta, el sonido del agua
como dijo Basho".
Palabras bellas, visiones escritas sobre la piel seca de un corazón trémulo, inocente. Finalmente nos despedimos con un abrazo y las ganas de encontrarnos. En los meses posteriores hablamos, como era su estilo, por Facebook. Siempre se interesó en lo que yo hacía, mis fotos, mis reflexiones; siempre ponía un buen comentario o me daba alguna directriz de quien tiene más camino en las aciagas búsquedas del arte. Lo entreví como una ráfaga invisible en lugares a los que yo llegaba cuando él ya se había marchado hacía segundos. Era raro, no lográbamos coincidir aunque quedábamos de alguna manera esperando ese encuentro que no llegó a realizarse. Lo esperé cuando lancé mi libro de fotos y en cuyas páginas él siempre ocupará un lugar, como rememorando ese bello momento –como pocos- en que pude estar con un auténtico artista. Se disculpó por no ir. Al parecer su generosidad le requería atender a unos poetas viajeros que habían caído en su casa como huéspedes.
Ahora que han pasado ya un poco los días raros de su muerte, miro esta fotografía y pienso: la fotografía siempre es el pasado; sus pasajeros, sordos y mudos contertulios en la desesperación por vivir, están aferrados a su bella y terrible nostalgia, a su tiempo, viejo tiempo donde como en una inundación las cosas que naufragan se mueven enrarecidas y fantasmagóricas hacia atrás y hacia adelante. Y así Pedro Montealegre Latorre aparece en el infinito fondo del paisaje, en una silueta contrastada, blanco y negro, contra el horizonte en el que siempre será un referente, moviéndose como el tiempo, hacia atrás y hacia adelante. Le agradezco mucho esta foto que hicimos juntos y para terminar esta breve memoria quiero recordar a suerte de epilogo de nuestra corta y larga amistad, cuando llegué junto a su ataúd y su madre me abrazó y me dijo al oído: vi la foto que le hiciste.

Gracias por todo Pedrito querido.

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