lunes, 2 de febrero de 2015

Sabana

El espacio de nadie, el humo de un cigarro yerto sobre un mantel plástico, la luz que se cuela débilmente en un amanecer de borrachera sobre el espacio debajo de tus ojos –casi te quema suavemente la piel transparente de la pupila-, los gestos profundos en el rostro de un hombre o de una mujer, úsalos; Ya ¿Y qué más? Pues el odio, úsalo de todas maneras, pero también la ternura, el amor a caminar sobre esta tierra, los inviernos o la sensación de los inviernos de tu pasado. Tu infancia, por supuesto ¿De eso está hecha esta serie? –eso no se lo pregunto, sino que lo digo para mi, y respondo en una frase ilógica: - Pues también de amigos muertos como Pedro Montealegre, musas, márgenes escritos en la piel de los objetos que he perdido, piezas viejas de casas de pensión del centro de Santiago ¿Cómo en las que vivimos?, me dice. Si, justo como esas en que vivimos hace tantos años. La sabana es un lugar de la conciencia, una transición entre un tiempo inmóvil y otro tiempo que se mueve, a veces lento, a veces demasiado deprisa ¿Como el amor? Sí, pero también como el apego. ¿La sabana? Que título raro el tuyo. Si, como la de la selva, pero una selva mental. Un espacio que no es desierto, pero tampoco un bosque tupido. Una tierra desalmada donde acechan los depredadores, los ojos dorados de un animal detrás de la hiedra suavemente crecida y mustia que recubre los campos de tierra semiárida. Y la gente de las fotos ¿Quiénes son? Pues todos ellos son como una especie de música, una música que escuchas en algún lugar del paisaje que no puedes precisar, como si música y paisaje fueran cuerpo y cicatriz. una muy vieja y ya casi desteñida cicatriz.

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