domingo, 19 de junio de 2011

Las mil aristas de su vida (1893-1972): Redescubriendo a Pedro Sienna, el gran soñador del cine chileno


De El Mercurio de hoy:


"Cuando las películas se fueron gastando por el uso y quedaron poco menos que inservibles, nadie de nosotros se preocupó de conservarlas, siquiera como recuerdos. Sólo servían de estorbo. Pero un pequeño industrial extranjero de espíritu práctico vio el negocio, y empezó a comprar toda la existencia de ese viejo material. No por cierto para remendar las partes deterioradas o copiar trozos de nuevo a fin de pasar las cintas en cines de barrio o teatrillos de pueblo sino para aprovechar esos cientos de kilos de celuloide para fabricar peines y peinetas. A eso quedaron reducidas las antiguas películas chilenas".


Transformadas en peinetas. Así terminó el casi centenar de cintas del cine mudo nacional, con la excepción, casi milagrosa, de "El húsar de la muerte". Aunque hoy llega a doler el estómago por la pérdida de ese valioso legado, Pedro Sienna describe esta tragedia sobriamente, en los manuscritos que escribió en su vejez sobre la génesis del cine chileno. Ya estaba curtido en mil batallas, que se pueden recorrer en sus "Obras completas" (Universitaria), que incluyen una semblanza biográfica, sus libros y crónicas periodísticas, la transcripción de manuscritos inéditos y un DVD con la versión restaurada de "El húsar de la muerte".


La investigación, textos y edición de todo este material estuvieron a cargo de Cecilia Pinochet, jefa de la carrera de Teoría e Historia del Arte de la Universidad de Chile; el periodista Mauricio Valenzuela y la licenciada en Teoría del Arte Francisca Schultz.



Los pliegues de su figura



Alto, fachoso -todo un galán-, cuentan que Sienna llamaba enseguida la atención cuando entraba a un lugar. Su amigo Pablo de Rokha lo describió como "vibrante y claro. El apretón cordial de manos que va sembrando por el mundo resuena y compendia, íntegro, todo su estilo de hombre; es todo un hombre, todo un hombre". Premio Nacional de Arte (1966), autor de "Vieja herida", un soneto que aprendieron generaciones, precursor del teatro nacional, hoy se le suele reducir a una sola obra: la cinta muda sobre Manuel Rodríguez.



"Uno de los objetivos del libro es situarlo en el 'mapa cultural' que tanto lo nombra, pero que tan poco lo conoce. Si bien el libro rescata la vertiente cinematográfica, busca mostrar que Sienna no realizóúnicamente películas y es mucho más que 'El húsar de la Muerte'. Fue también cronista de Zig Zag y La Nación, un poeta con varios libros a su haber y un activo partícipe del teatro chileno en la primera mitad del siglo XX", explica Mauricio Valenzuela.


¿Hombre multifacético o más bien un diletante? Según Cecilia Pinochet, "Sienna tiene un espíritu soñador, aventurero, productivo, muy relacionado con las carencias de la época que vivió. Fue un osado gestor. Un autodidacta que no pertenecía a la clase dirigente, y que tenía como aspiración la democratización de la cultura. Eso lo llevó a actuar en distintos campos".


Una nueva generación


"Sienna encarna a la nueva clase media. Un grupo heterogéneo de profesionales y empleados que tomaría protagonismo social en la década del 20 y que asume un rol activo en el movimiento intelectual de la época", explica Cecilia Pinochet. "Su adolescencia florece en medio del cambio propiciado por los requerimientos sociales por los que comenzaba la lucha la clase obrera. Fue una suerte de 'padre fundacional', ya que la suya fue la primera generación de artistas de la clase media que se incorporó al circuito intelectual, tomando nuevos espacios y sentidos", agrega Valenzuela


Nacido como Pedro Pérez Cordero -a los 20 años adopta el apellido Sienna, inspirado en el color siena, "cálido y sombrío a la vez"-, el realizador fue hijo de un coronel de Ejército y veterano del 79, que entendió poco su vocación artística. Contrariado, Sienna se fuga de su casa y empieza muy joven sus incursiones artísticas, en principio como dibujante y caricaturista.


Sus afanes poéticos reciben un impulso con el segundo lugar que obtienen sus poemas en los Juegos Florales de 1914, aquellos en los que Gabriela Mistral -"la misteriosa y taciturna poetisa"- obtuvo la distinción máxima con los "Sonetos de la muerte". Mistral no quiso subir al escenario, pero Sienna sí. Declamó sus versos con tal intensidad que a la salida lo contrató como actor un empresario teatral español. El teatro fue su espacio durante varios años, hasta que lo capturó la naciente industria de las imágenes en movimiento.



La epopeya muda


"éramos jóvenes y por lo tanto audaces; éramos pobres, y por lo tanto soñadores", relata Sienna en sus memorias sobre el cine chileno. Pese a las precariedades, el empeño de unos pocos situó al cine mudo chileno como el más productivo de Sudamérica. "Con Coke, Nicanor de la Sotta y Juan Pérez Berrocal hicimos esa hazaña".


"Nos atrevimos con este arte cuya técnica y demás procedimientos ignorábamos en absoluto y sólo imaginábamos por intuición o mirando películas extranjeras. Logramos, por fin, a costa de muchos quebrantos de cabeza y de echar a perder metros de película, dar en el clavo". Grabando sólo de día y graduando la intensidad de la luz con un toldo de sábanas, pidiéndole trajes al Teatro Municipal y reclutando como actores a amigos y familiares, Sienna, Coke y otros próceres consiguieron filmar entre 1917 y 1929 cerca de 80 películas mudas con argumento sin recibir un peso del Estado, según los datos que da Sienna en sus memorias.



Las cintas solían tener una temática de tintes heroicos y fueron reclutando un público cada vez más entusiasta. Pero salvo unas pocas fotos de su rodaje o algunos fotogramas, sus versiones completas están perdidas, excepto "El húsar de la muerte" (1925), que llegó a manos de Sergio Bravo, quien la restauró con gran paciencia y con la colaboración de Sienna.



Teatro, periodismo y bohemia



Desilusionado del cine por los pocos ingresos que le dejaban los empresarios fílmicos, Sienna se vuelca al teatro a partir de 1930 y se desempeña como actor y director en una serie de compañías que montaban obras sin tregua, a veces una por semana. Su dedicación al teatro la combinaba con largas trasnochadas. "Nacía una bohemia nueva y bulliciosa en los barrios obreros del sur de la urbe. La calle San Diego estaba llena de cafés y lugares de reunión. Allí se realizaba una incesante faena de creación en torno a escenarios y boliches. Los teatros más importantes eran el Esmeralda y el Coliseo, que con gran afluencia de público popular recibían una variopinta gama de artistas y espectáculos: cine, teatro, lucha grecorromana, danza, conferencias, etc.", explica Valenzuela.


Sienna, Rafael Frontaura y Daniel de la Vega (luego Premio Nacional de Literatura y Periodismo) se decían a sí mismos "los tres mosqueteros de la noche capitalina" y recorrían bajo la luna los lugares frecuentados por la bohemia santiaguina. Entre sus amigos más cercanos se contaba el periodista y escritor Víctor Domingo Silva (autor de "Golondrina de invierno") y su hermano Hugo (que escribe "Pacha Pulai"). También era cercano a pintores como Benito Rebolledo, Juan Francisco González y Camilo Mori -quien trabajó con él decorando escenarios- y escritores como D'Halmar, González Vera, Pedro Prado y Manuel Rojas.


En 1944 Sienna abandona las tablas -dijo no querer ser un actor viejo-, renuncia interrumpida cuando dirige en 1962 "Entre gallos y medianoche", de Carlos Cariola, con la actuación de Jaime Vadell y Delfina Guzmán. En las décadas del 50 y 60 su mayor dedicación será el periodismo, a través de crónicas que publica en diversos medios, en especial en "La Nación", donde también se desempeñaba como jefe del Archivo.


Novedoso material


Entre los textos que incluyen estas Obras Completas, figuran piezas de teatro escritas por Sienna, como "Las cabelleras grises", "Un disparo de revólver" y la comedia en verso "La tragedia del amor". También sus libros de poemas "Muecas en la sombra" y "Tinglado de la Farsa" -en su época se le consideró 'uno gran sonetista'- y su último libro (inédito) de poemas, "Por los caminos de ayer".


Se suman, también las obras "La caverna de los murciélagos" (un curioso texto de ciencia ficción), la biografía "La vida pintoresca de Arturo Bührle" y "Los recuerdos del soldado desconocido", inspirado en episodios que vivió su padre como militar en la Guerra del Pacífico


"La importancia de este libro radica en que junto con reeditar material muy difícil de encontrar -ya que fue publicado hace cerca de 90 años-, compila obra perdida de Sienna hasta ahora, como sus memorias concerniente a la historia del cine chileno y a teatro, de las que sólo se publicaron en el pasado algunos breves pasajes", explican los editores.


Este es sin duda, una de los puntos de mayor interés de la publicación. Su hallazgo y transcripción fue posible gracias a la generosidad de Carmen Julia Sienna, hija del cineasta, y del periodista Fernando Kri, su secretario personal y quien heredó su biblioteca y gran parte de sus papeles y fotografías. Sus escritos iluminan con amenidad la trastienda de una época extraviada de nuestro pasado cultural.

sábado, 11 de junio de 2011

La Niebla

Los primeros recuerdos que tengo de esta ciudad se remiten a los años 80; mediados de esa década en que Santiago, a ratos, se perdía en una densa capa de niebla. Una niebla que, según fuera el ánimo, se hacía eterna o pasajera. Voy cruzando en los brazos de Mauricio, y aunque en algunos trechos sinuosos del recuerdo, Santiago es reconocible en sensaciones casi precisas, la veo hoy como una lejana y borrosa abstracción: el Paseo Ahumada, calle Huérfanos, la Plaza de Armas, calle Moneda.
Íbamos en caminata diaria casi siempre rumbo a la escuela, o íbamos, sin pensar, de un lugar a otro, perdidos en la atmósfera de aquellos días, justamente entre la niebla, o sea, donde se extingue el recuerdo, borrado por la densidad del frío, borrado en el corazón, creo, sepultando parcialmente aquellas imágenes en el sutil espacio de nada al que pertenecen hoy.
Hace poco, conversando con Mauricio sobre su nuevo libro, La Niebla –título muy bien elegido por Miguel Ángel Felipe- , reflexioné que justamente la vida de un hombre de su generación, la que tenía 20 años cuando murió Allende, es como la niebla. Dura, imprecisa.
La vida de un observador frente a los desolados llanos de una existencia que no pertenece al tiempo, pero si a la gran nostalgia; la de los mutilados podría decir.
“Había perdido un país, pero había ganado un sueño, y si tenía ese sueño lo demás no importaba”. Obviamente Bolaño nos remite a un sueño derrotado, y por eso al sueño más valiente: “es decir, el sueño de nuestra juventud”.
Esa juventud en que imagino a Mauricio Valenzuela caminando por una ciudad sin lugar para él, sentado en una cuneta sucia, con una vieja cámara fotográfica con el vidrio rayado, mirando a las personas que pasaban. Primero una, luego otra. En la escena hay un caballo de paja, como el de los fotógrafos de parque. La figura pareciera que está preparando un tenue galope, aunque en verdad no se mueve. Está inmóvil dentro de su absurdo contexto en que las personas, los sujetos, los agentes secretos de la realidad, pasan a su alrededor, igualmente al mismo paso cansino, haciendo el mismo gesto que un caballo, levantando los pies como en un galope silencioso hacia la niebla.
Y como dije: primero una, luego otra, y así, para siempre, dándole al observador la idea de que vive en un mundo sin pensamiento, o donde pensar algo significa morir, y donde mirar los cuerpos no es mirar ya la construcción social de alguien, un individuo; como dice Platón, la belleza no tiene género, como dice Butler, el género y su definición biológica es una construcción social. Y es no por la belleza si no por el dolor, al revés de Platón, en que el sexo de la gente de esa ciudad de los años 80 desaparece para siempre en medio de la niebla. Allí no hay hombres ni mujeres si no un tiempo congelado en la eterna blancura del dolor que transforma como el fuego, que borra lo reconocible haciéndolo tenebroso . Los cuerpos desaparecen en una dictadura, se convierten en despojos, sombras que atraviesan una ciudad vacía a paso de caballo.
Sigo mirando las fotos de Mauricio. Aparece la silueta de un héroe patrio, creo que es O´higgins, con su espada rajando la veladura informe de un cielo sucio, mientras en primer y segundo plano aparecen unas personas de negro, cruzando aquella atmósfera. Es difícil decir lo que me transmiten estas fotografías, hablar de la poca certeza que se tiene aún hoy que ha pasado el tiempo tan rápido, alejándome de esa ciudad que alguna vez perteneció a mis ojos como la correspondencia real de un recuerdo, que como todo recuerdo se hace impreciso con la distancia, se hace deforme, se destruye, se idealiza. Pienso que aunque no tienen el furor de una lucha callejera o el fuego de una manifestación en contra del régimen militar, sí obedecen a una singular protesta. Es el desazón de un solitario y su esfuerzo inútil de fotografiar lo obvio, lo reconocible, lo que está a vista de todos sin importar la derrota porque se está derrotado desde antes. Increíblemente en esa época encontramos muy pocas imágenes que hablen de la inacción, pocas imágenes donde aparentemente no pase nada. Pocas imágenes del río Mapocho o de una calle completamente vacía. Y es eso lo espantoso precisamente, lo más terrible de aquellos años porque lo más triste ocurre siempre a vista de todos y no es nada extraordinario, no es nada revelador sino más bien una vista simple, una casa vacía, los rincones de una habitación sucia, una pareja doblando la esquina hasta perderse detrás de una muralla.

Hay quien dice que la niebla es como la memoria. Veo en estas fotos una ciudad en continuo transito hacia una memoria difusa, que se esconde entre viejas calles que se hacen incompletas, que se muestran mutiladas como cuerpos cortados, como lisiados que sufren de la enfermedad del miembro fantasma, que sienten que les pica una mano que ya no existe, que fue amputada. Veo el cine Prat y sus letras prendidas y apagadas como una boca a la que le faltan la mayoría de los dientes. Veo ojos en algunas ventanas o rostros conformados por la continuidad gestáltica de algunos edificios. Y es que al ver todo esto comprendo que la ciudad también tiene un cuerpo, asexuado y torturado, mutilado en largas fracciones, cuya piel es la niebla, esa memoria que deja entrever las cicatriz que es la gente misma, que es lo poco reconocible, o sea lo que está bajo la piel. Los huesos helados de una ciudad son sus perdedores, sus seres sin dirección, sus caballos de paja, sus inconformes observadores derrotados de antemano.