lunes 25 de enero de 2010

A la poeta que votó por Piñera


Mi madre sí que se quedó en este país pelando el ajo. Mataron a su marido, a sus amigos y la mataron a ella. Su muerte fue, aunque palpable en cierto sentido, irreal por otro; simbólica si se quiere. Su vida, o mejor dicho la continuación a duras penas de su paso en este país, fue y sigue siendo siempre, la de un fantasma.
Evoco esto, a propósito de una visita el otro día a la agrupación de familiares de detenidos desaparecidos. Le comenté sobre la vida de mi mamá a una mujer de pelo rojo – esposa de desaparecido- que tomaba un café con sus amigas comunistas. Mi pregunta era si efectivamente los años, las ausencias, el apego, la soledad, son tan grandes que tienen la virtud de anular a las personas para siempre.
Con sarcasmo esta mujer de pelo rojo, que mientras me enseñaba la foto de su marido muerto y me contaba que “tiraban como conejos” todo el día antes de que él muriera, me contesto: “Lo siento taaaanto por tu pobre madre”.
Después, todas se pegaron una risita encubierta y burlona, afirmando que la imagen de una persona adolorida es la imagen que la Concertación quiere para sustentar su discurso de derechos humanos.
En esta charla por supuesto hablaron con odio de Viviana Díaz, a quien trataron de monja y casi de camionera.
Me quedé pensando mucho tiempo en eso. En la gente disconforme cuyo rencor dentro de este sistema político no tiene un cause claro ni derecho. Un rencor que es el peor de todos porque no es blanco ni negro. Un rencor hipócrita que no define posiciones.
Quizás tenían razón, y el dolor de mi madre, su vida insignificante y sus pequeñas miserias de mujer pobre son sólo un pretexto para sustentar un idealismo que no da para más. Quizás ese dolor, como las diatribas de esas viejas contra todo lo que ellas no pudieron conseguir del sistema que tanto odian, es sólo un pretexto. Un pretexto cuyo fin no tengo muy claro. Lo pensé durante muchos días y de verdad que las conclusiones brillaban por su ausencia.
Quizás a veces a uno no le queda más que asumir el error. Vivir por dignidad abrazando el error.
Quizás los votos concertacionistas de mi mamá, que todos los días se levanta a las 4 de la mañana como un reflejo condicionado de la dictadura -en que tenía que levantarse a esa hora para llegar temprano y no perder la pega-, son y fueron por años un error.
Un error al que se vive aferrado como única opción dentro de este mundo de errores, en que sólo las verdaderas decisiones nos hacen libres y nos dan la dignidad de elegir aunque sea nuestras equivocaciones.
A lo mejor la Concertación era un fraude, pero apuesto mi vida que mi madre tenía razón al ir y votar por Frei. Porque cuando votaba por Freí en verdad no lo hacía por Frei sino en contra de la derecha.
Por su esposo muerto, por sus amigos muertos, por su propia muerte y por ende mi muerte y la de mi hermana y la de mi padre.

La derecha siempre ha segado con sangre el destino de nuestro país: en 1879, en 1891, en 1907, en 1936 y 38, en 1973 y durante tanto tiempo en que se torturó a plena vista de todo el mundo.

Volviendo a mi mamá. Es cierto, fue olvidada por la Concertación. Nunca mendigó un peso a las agrupaciones de asesinados políticos. Nunca se exilió.
Recuerdo mi trabajo en el diario del estado. Mi primer tiempo fue un choque con la decepción. Recuerdo a un alto ejecutivo de aquella empresa que se paseaba a sus anchas, vanagloreándose a veces haber sido del MIR, haber sido subversivo y qué se yo.
Sabía que vivió en Europa como 20 años y su sueldo ahora por ocupar un escritorio era muy alto. No lo crítico sino que sólo comparo.
Mi mamá después de trabajar 40 años, el Estado de Chile sólo le da 120 lucas al mes por jubilación. La suerte de los veteranos de guerra que hay en este país es bastante desigual. Al final todos son generales, todos sufren y arrastran su vida como pueden. Está bien. A mi no me corresponde juzgar cómo la gente se las arregla para sobrevivir. Tengo mis consuelos. Mi mamá nunca mendigó los fondos de la Concertación sino que trabajó duramente. Votó que NO y por ende es dueña y madre también de esta democracia. Fue maestra de escuela durante 40 años, amando profundamente a nuestro país, dando lo mejor en los peores campamentos de Conchalí durante los más duros años de dictadura.
Esto no lo escribo con el fin de dar pena. Sólo quiero recordarlo a propósito de una poeta que quejándose de los errores de la Concertación ahora se cambió de bando, alegando una mala administración de fondos de cultura y en general apuntando a las políticas “mulas” del sistema gubernamental. La poeta dijo: “en este gobierno no va a haber robos, ni malas prácticas, porque será un gobierno que se la va a jugar para hacer algo bueno. Además, ellos tienen la plata, no necesitan robar”.
Bueno, yo le digo que a muchos ya les robaron la dignidad. Al pueblo, por la falta de memoria, le robaron la consecuencia consigo mismo. De nada vale haber votado por Allende en 1970 ni haber apoyado a la Concertación en el 90. El valor se mide por el presente y la dignidad se expresa en la constancia de pequeños actos dolorosos, eligiendo un camino que aunque incorrecto, manchado por la basura que todos vemos como una cicatriz presente en este tiempo que se vive, sea consecuente con la verdad que va verdaderamente por dentro. La verdad que está limpia de políticas mulas, que no obedece a la pica de no haber ganado un concurso público. Que no tiene nada que ver con la forma que ofrece como opción desgastada. La verdad que es simplemente la verdad, pese a sus errores ¿Cuál verdad? La única que siempre ha sido nuestro único motor histórico: la sangre. Porque el color de la sangre no se olvida y uno no trabaja jamás para el enemigo. Uno se sienta en la misma mesa con el enemigo. Lo mira de frente y lo conoce. Pero nunca lo que está adentro de uno se mueve. Uno es como roca.
Unirse a los asesinos, pensando que la derecha le da cabida a la diversidad, es ciertamente ingenuo. Lo digo respetuosamente. No dudo que el nuevo oficialismo tenga diversidad con algunos irreverentes, poetas de segunda fila, poniéndolos en un Mineduc o en un Fondart. Pero no creo que sea transigente con un verdadero poeta ni con un verdadero enemigo. Puede sentarse con él en una mesa, puede mirarlo de frente, pero a la hora definitiva la derecha sabe fehacientemente la verdad. Dónde están ellos y dónde estamos nosotros. Sabe quienes somos nosotros y donde vivimos, qué pensamos. Sabe que somos unos pobres monigotes que pueden aplastar con un dedo. No son nuestros amigos y si nos soban el lomo con algún mendrugo hay que saber la verdad. Mirarla históricamente. Está tan comprobada, a puntos tan esclarecedores que hiela los huesos.
Este no es un país pluralista sino profundamente disgregado. Yo sé que todos lo sabemos y peco de ingenuo al reiterarlo. Pero a veces, por lo que se vio en esta última elección, se olvida lo obvio.
Mi mamá fue ninguneada por la Concertación. Se perdieron de una mujer fuerte y valiente, pero finalmente mi mamá fue y votó por la Concertación. Y no votó por Frei. No por un montón de gente que hace movidas con los fondos de cultura ni de otra cosa. Ella voto por su dignidad y por los años de rabiosa ternura en el alma. Pese quizás al error, votó por sus caras tan queridas y que con suerte hoy aparecen avergonzadas en algún sueño.
Y votó con el dolor de su corazón pero con fuerza, en este presente duro en contra de los encubridores, los incautos, los verdaderos ladrones de dignidad, los vampiros, vende patria, asesinos, torturadores, cómplices hipócritas. Contra los que votaron que sí y hoy dicen que votaron que no.
Es verdad. Creo que ahora empezará una larga temporada en este país, en que por fin la derecha gobernará sin máscaras sino que en la más franca prepotencia. Y así, como la poeta que votó por Piñera, vendrán otros ex concertacionistas que serán seducidos a participar con el piñerismo, perpetuando a la derecha el 2014, cuando Chile ya no se llame Chile sino que se llame algo así como el país sin memoria.
Mi madre para ese momento será más viejita pero seguirá votando con dignidad.

miércoles 30 de diciembre de 2009

Surfistas del asfalto

Ubicado en medio de la verde quietud de los descampados veraniegos del Parque O´higgins, este nuevo skate park ofrece gracias a la gestión de la Municipalidad un singular espectáculo y punto de encuentro. Al parecer, aquí la calurosa sequedad del asfalto hirviendo es un aliciente que despierta las ansias de subir al máximo la adrenalina. Se agudizan los sentidos y la emoción se desata en el brío de sudorosos cuerpos juveniles que se lanzan al vacío y a la aventura más grande. Los saltos en skate son, antes que nada, un encuentro cara a cara con la voluntad y el miedo que parece no importar cuando sólo está la textura rasposa de la tabla, la complicada pista de obstáculos y la caída que únicamente tiene dos resultados. Primero, la gloria de convertir a su ejecutante en el mejor acróbata, aterrizando indemne tras la pirueta desarrollada. Segundo, el fracaso absoluto cuando el skater termina de bruces en el suelo, con los codos rasmillados o el salto finaliza en un estrepitoso desparramo.
Este es el paisaje que podemos observar desde hace como un mes en las inmediaciones del pueblito. Esta nueva pista llena de obstáculos y concurrida diariamente por una insistente multitud -que pese al calor se instala aquí desde temprano-, es para los fanáticos de este deporte una nueva etapa en el rubro en lo que a Chile se refiere. Está considerada en foros de Internet como la pista más moderna y mejor equipada del país, enmarcándose dentro de los planes de modernización del parque, para lo que se tiene presupuestado invertir dos mil millones de pesos. Sólo el trabajo de este skate park costó 300 millones. La inauguración fue el 29 de noviembre pasado y se hizo con un súper torneo abierto a todo público. El vacío que se había apoderado de estas calurosas inmediaciones se llena hoy a toda hora con un autentico éxodo de chicos que con sus tablas parecen surfistas del asfalto, enemigos de la gravedad. La nueva cara del parque empieza a mostrar de a poco una sonrisa cautivante que nos hará subir la cabeza para ver como el skate alza su vuelo hacia el bicentenario y se sostiene indemne al tocar la tierra, conformando sinuosas piruetas de gloria.



martes 29 de diciembre de 2009

domingo 27 de diciembre de 2009

http://www.megavideo.com/?v=Q6OQXBCN

domingo 20 de diciembre de 2009

Sobre Juguetes con uniforme. Nuevo libro de Juan Antonio Santis.


Por Mauricio Valenzuela

Juan Antonio Santis es, desde hace casi dos décadas, un escultor de nacionalismo. Sus dúctiles manos han esculpido soldaditos en miniatura moldeados luego en plomo y resina; efigies llenas de vida que recrean al valiente roto de la Guerra del Pacífico o reviven, con minucioso amor, a los héroes de nuestra América: Francisco Solano López, Candelaria Pérez, Arturo Prat, Diego Portales, O´higgins y Carrera, entre otros.
En cada una de estas piezas – comercializadas subterráneamente y casi sólo con un fin aventurero bajo el sello Dórica- encontramos, junto con una insistencia obcecada por algo que parece ya imposible –la admiración por el heroísmo de hombres ya olvidados-, un verdadero hito de continuidad en lo que a un antiguo oficio se refiere. Un oficio que en Chile tuvo a variados cultores, que como Santis quisieron, junto con legar la alegría en la creación de un juguete que pudiéramos llamar nuestro, perpetuar una identidad luchando contra lo masivo, lo triste de la producción en masa y sin vida de lo importado.
Santis por fin nos entrega un libro: “Juguetes con uniforme” que acaba de salir, dando nuevamente un golpe a la cátedra en cuanto a lo que el tema se refiere.
La preocupación de este modesto, pero a la vez prolífico investigador, se centra en los pequeños ídolos de la Historia. El juguete chileno que crea un imaginario nacionalista, donde subyace lo más hermoso de nuestro pueblo: el oficio, la niñez, la identidad, la tradición. El escultor Juan Antonio Santis hace mucho tiempo que deambula en una solitaria cruzada por los pasillos de una memoria que naufraga en ferias persas y casas de antigüedades. Su curiosidad no es sólo por una pieza de plomo, madera, plástico o cerámica. Su búsqueda es en verdad metafísica. Juan Antonio es un hombre que busca a Chile dentro de Chile. Los pedazos desteñidos de la patria son para él, como para pocos, materia de estudio y de museo. El Museo del Juguete Chileno ha sido un proyecto que ha ganado por años su desvelo y deambular por distintas oficinas públicas o frente a un cerro de autoridades que por lo que se ve aún no han tomado el peso de esta tremenda propuesta. Por lo menos si aún no tenemos este museo que tanto necesita el bicentenario, el nuevo libro nos da un primer atisbo, nos pone la piedra angular de un camino que se proyecta hacia un futuro esplendor en cuanto a nuestras tradiciones más lindas se refiere.

Las 71 páginas de este volumen bellamente diseñado a todo color, como un catálogo especializado nos introduce a un recorrido por nombres y objetos. En los juguetes de Ejército encontramos camioncitos blindados, tanques de lata de Envases Vásquez de la década del 40. Cañones de plomo fundido, jeep militares, tractores de artillería marca Pinocho, tambores de hojalata Neumann, cascos y soldaditos. En aviación encontramos preciosos avioncitos de lata litografiada, aeroplanos trimotor, biplanos e incluso piezas recortables. En los capítulos dedicados a bomberos, carabineros y marina no asomamos a lo bello del oficio y de las tradiciones cívicas del antiguo Chile.

domingo 6 de diciembre de 2009

Epopeya de las comidas y la Vega.

Lo brillante de la fruta; el olor fresco y a veces agrio de los vegetales apilados; la calle completamente iluminada por el brillo veraniego que se llena de los tonos singulares del adorno de pascua de medio pelo y la música chillona alusiva a las fiestas de fin de año. Este fondeadero de naufragios, en que reside una pletórica fauna popular, entre el color destartalado de los camiones de fruta y una multitudinaria y fervorosa ansia por la compra barata. Así, en pocas palabras, se percibe la Vega Central, hacia el sector de la populosa Nueva Rengifo con Antonia López de Bello. Dentro de este ajetreo, eso sí, hallamos un descanso maravilloso. Un espacio donde los apetitos de la ciudad pueden ser saciados por un instante de bella complacencia. Se trata de los comederos de la Vega. Espacio frecuentado diariamente por estudiantes, familias, borrachos desechos, elegantes caballeros sacados de una vieja película, delincuentes, bohemios escritores en busca de una pintoresca inspiración sobre nuestros barrios populares, poetas, en fin. Encuentro en mi camino el puesto de la Tía Gladis, que con tono amoroso me ve llegar saludando entre su grupo de amigas –una de las me pregunta si el beso puede ser en la boca- y que a eso de las tres están sentadas almorzando y atendiendo las numerosas mesas que ofrece este rincón. “Aquí tiene ¡La buena casuela! ¡La buena ensalada! ¡El buen pescado frito con arroz! y, sobre todo: ¡El bueeennn copete!”, dice la tía con tono poético, mientras me muestra los otros locales: “A onde Joel”, “Donde Marito” (en que son especialistas en comida sureña y atiende la guapa Raquel), “Millaray”, “Buenavista”, “Carmecita”, y un sinnúmero de otros puestecitos, adornados con un estilo bien criollo e intimo, como si se tratara a veces de la casa de uno. Esta variopinta opción de la ciudad ofrece una grata hora de almuerzo sino se tiene mucha plata. Se puede comer por aquí ya con mil pesos un plato abundante de porotos con longaniza o un precioso pescado frito con arroz o una tortilla de zanahoria con el fondo doradito, papitas con mayo, ensalada a la chilena, una divina casuela, un platote de lentejas, un sándwich de pernil rematado con un vino tinto para la sed, cerveza, bebida, etc. Esto recuerda mucho el ansia comilona del poeta Pablo de Rokha y su Epopeya de las comidas y bebidas de Chile: “Y, ¿qué me dicen ustedes de un costillar de chancho con ajo, picantísimo, asado en asador de maqui, en junio, a las riberas del peumo”.

domingo 29 de noviembre de 2009

Laberintos de melancolía pura

Entrando por un costado del viejo Hotel Crillón –casi en la esquina de Agustinas con Ahumada- donde hoy está precisamente el “Ripley Crillón”, podemos comenzar a hilvanar la oculta continuidad interna de nuestra capital. O como decía un poeta amigo, refiriéndose a las galerías comerciales: “ese otro cielo de tungsteno, bajo el que la vida discurre como una delicada cuerda”. Vemos bombonerías, tiendas de perfume, melancólicos maniquíes que lucen ropa de hombre, neón que baña la cordura hasta el daltonismo, etc. Estos son los elementos de un singular paisaje que nos ofrece Santiago para recorrer de punta a codo el interior de sus céntricas fachadas. El trámite nos recuerda un poco los fondos repetidos de alguna caricatura ochentera.
Una vez afuera de esta primera galería que sale hacia Huérfanos 1052, junto a donde estuvo el viejo teatro Royal en que alguna vez cantó Gardel, podemos continuar el viaje por el pasaje Edwards. Este turbio fondeadero de localuchos unidos por el enclaustramiento y el olor a viejo nos ofrece una sensación especial. Las peluquerías conviven aquí con las agencias de lotería, fotocopiadoras, cines porno, filatelias, compraventas de joyas en el subterráneo, un local enorme y fuera de tono de Falabella, etc. Adentrándonos bien y ya caminando hacia Ahumada, cruzando el paseo peatonal, tenemos el Pasaje Matte y su estridente brillo de joyerías y cafés con pierna repletos por la tarde. Siguiendo por ahí, y ya por el lado de Estado, encontramos la Galería España. Aquí se destacan la Librería Francesa y la tradicional Juguetería Alemana llena de miniaturas de soldados y aviones para armar. Su vitrina es recuerdo recurrente para muchas generaciones que aquí se surtieron de los juguetes más exclusivos y curiosos de Santiago. Caminando por estos pasillos encontramos, además, una fauna de pintorescas tiendas de decoración, repletas de estatuillas y mapas mundi, armas a fogueo y rompecabezas. Sus múltiples salidas nos ofrecen más laberintos: viejos cines encallados entre la soledad de peluquerías y sexshop, tiendas de esoterismo y más filatelias o tiendas de ortopedia, locales de todo a mil, librerías, tiendas de pelucas, etc. Recuerdo a Neruda que decía, “a veces el olor de las peluquerías me hace llorar a gritos”. Uno, como él, camina por aquí, “marchito como un cisne de fieltro”, entre estas turbias y enredadas aguas de origen y ceniza, alumbradas siempre por pequeños y miserables soles de tungsteno.