miércoles, 5 de enero de 2011

El delirante barrio de los canales

Lo que son las cosas, a veces pienso en que mi aventura adolescente, esa de dejar el periodismo estable para volverme un free lance de los barrios y de la vida, parrandear en bares, declamando poemas o sacando fotos como un eterno veinteañero que vagabundea por calles y calles, me pasará la cuenta temprano o tarde. Pero parece que no. El mundo envejece a mi alrededor y por mi inconciencia impenitente y por mi edad es como si sólo pasaran días o a lo más sólo semanas. El otro día por ejemplo, cuando caminaba por el barrio de los canales de TV para escribir esta columna, me encontré con un antiguo compañero de Universidad que hoy sale en un matinal como notero. Los años habían pasado y él se dirigía a almorzar con su esposa para volver rápido a la pega. En mañanas de invierno, cuando siento el calor de las sábanas que envuelven mi dormir post caña hasta tarde y más allá de la ventana hay un temporal de llovizna fría sobre las nacientes luces de una ciudad colapsada por la inutilidad de los pasos a bajo nivel, ahí está él, transmitiendo para el Buenos Días a Todos, con el agua hasta el cuello, entrevistando a la vecina o al poblador. Yo por mi lado apagó la tele y sigo durmiendo ¡Ídolo Christián Herren! En fin, sólo basta darse una vuelta por estos barrios para toparse con casi famosos o famosos de medio pelo, haciendo gala de una mal ganada petulancia o de una modesta fama conseguida a pulso. Desfilan ante la vista los actores del Club de la Comedia, ochentenos humoristas trasnochados, rostros de segunda línea como Teresita Reyes, la abuelita del Quique Morandé o el accidentado y pasado de moda Fabricio- que se sientan tranquilamente mientras una parvada gris de escolares en falda se acerca tímida para solicitar un autógrafo. Y es que este paisaje, este barrio glamoroso, recibe comúnmente las escenas más delirantes de patetismo adolescente. Pero da lo mismo, tenemos nuestro Hollywood criollo al fin y al cabo, y de que tiene su encanto lo tiene, por lo menos para ciertos perfiles conspicuos de casi famosos, escolares y modelos de mediana pinta o flacos medios esmirriados que andan por aquí, parados en la puerta de este pequeño oasis de estrellato en busca siempre de la oportunidad soñada, ya que en la mente de algunos en Chile las cosas funcionan igual que en las películas gringas donde el chico de pueblo, humilde y bien intencionado, llega desde la granja a la gran ciudad a triunfar. Sólo que aquí a veces no se triunfa, o si se triunfa ese pequeño y adictivo gustito rico pasa rápido. Muy rápido pero no sin antes ser anunciado con bombos y platillos en los diarios faranduleros que dicen sandeces como: Triunfa humilde pastorcita que cantaba como Madona o Niño con dislexia confunde frazada con zafrada o una tal Arenita sufrió ataque de histeria y destrozó pub a patadas. Y resulta que se le saca el jugo a la cuestión diciendo que en Chile los sueños sí son posibles y así un Farkas regala plata a la chusma hambrienta o el terrible encierro de 33 mineros se convierte en un reallity de poca monta, y se repite hasta que se vuelve penoso y humillante, pero eso no le importa a nadie, y mucho menos a ellos, los que llueva o truene están en esta eterna Inés Matte Urrejola esperando que los sueños se hagan realidad. Porque de realidad vive el hombre, aunque en definitiva soporta poca. En algún momento las luces se apagan, la intimidad del alma nos pregunta si hemos fracasado y la respuesta es sí, lo hemos hecho, pero por último con estilo y glamour. A lo mejor mi empeño en querer seguir parrandeando se entronca demasiado bien con esta idea de la vida. A lo mejor vivo la eterna espera a que llegue el momento cuando alguien me descubra y diga: Mauricio Valenzuela, eres maravilloso ¿Quieres ser famoso? Por Dios, sí, si quiero.

El Museo desmemoriado


Si supiéramos de qué enrarecida atmósfera, de qué objetos tristes está hecha la memoria de un país olvidadizo, sería tan fácil colocar un museo. Pero la nada, en todas sus formas y su cotidianidad, como las manchas en un espejo roto, nos asalta siempre ocupando todo: paisajes, rostros, vivencias y opiniones, formas que viven y mueren en la sequedad de un espacio más vacío que aquello que llamamos memoria. En vez de una certeza del pasado tenemos la ignorancia, la moda que al ritmo de bicentenarios y raitings hace series y productos aberrantes con nuestra querida historia de Chile que sufre la misma malformación que los cuentos clásicos sufrieron con las películas de Disney. Manuel Rodríguez es un Benja Vicuña, Martín Rivas un neurótico y Adiós al séptimo de línea fue verdad. Se dice lo que se quiere y además se omite deacuerdo a criterios editoriales. Hace pocos días leí una carta del Académico Pedro Godoy enviada a la dirección del Museo de la Memoria en que recalca la omisión que hacen las instalaciones ubicadas frente a Quinta Normal de otros periodos de nuestra historia que no sean la dictadura de Pinochet. Aparece la referencia a hechos como la masacre del seguro obrero –de la que Chilevisión acaba de transmitir una versión que es un insulto a cualquier memoria histórica-, o la guerra civil de 1891. Pero podemos enumerar más: la matanza de Lo Caña, Santa María de Iquique, Ranquil en que mueren 400 campesinos que luchaban por sus tierras en el Sur, los atropellos de la dictadura ibañista, las persecuciones de la ley maldita, los veteranos del 79 muriendo de hambre, la masacre de Puerto Montt en 1969 y un montón de etc. Nos basta leer libros como “Lo que supo un auditor de Guerra” de Leonidas Bravo, “Inquisición en Chile” de Touwnsend y Onel de 1932 o “Masacres en Chile” de Patricio Mans para saber que la tortura, la violencia, el soplonaje y la conspiración fueron métodos comunes y sistemáticos en pasados gobiernos también. Entonces ¿Hay que tener un espacio tan gran grande para un solo hito? ¿Por qué la otra parte tiene que reducirse a muestras itinerantes? La respuesta de la dirección del museo a Pedro Godoy fue: “Hay muchos hechos de violaciones a los DDHH en la historia de Chile, todos ellos por cierto repudiables. Sin embargo, la Fundación Museo de la Memoria, a través de su Directorio, ha definido como línea editorial de esta institución que los hechos que se exhiban en la muestra permanente contemplen sólo el período que va entre el 11 de septiembre de 1973 y el 11 de marzo de 1990. Lo anterior ha sido así considerando, por un lado, porque ninguno de los hitos históricos anteriores corresponden a una violación sistemática, por 17 años, de parte del Estado”.
Pienso aunque suene pesimista y algo exagerado, que nuestra historia en total es una violación sistemática a los DDHH. De todos modos el tremendo hito de un pasado fundamental y reciente no debe olvidarse y en esta línea el Museo consigue emocionar, mostrando un punto de vista íntimo, repleto de documentos, cartas, fotografías, emotivas arpilleras hechas por las madres de los que no aparecieron. Personajes entrañables como el querido José Tohá aparecen en pantallas permanentes. El espacio de tres pisos, desolado de alguna manera, luminoso, lleno de grandes extensiones de nada la mayoría del tiempo, quizás busca interpelar a esa memoria en que la historia se pierde en bastos espacios de silencio abrumador. Será este uno de los museos más grandes del país, pero la distribución de todo lo que tiene cabría perfectamente en un solo piso. Los dos que sobran podrían ser un homenaje a otras memorias. Por qué un Víctor Jara, figura central aquí no puede estar junto Antonio Ramón Ramón, obrero anarquista que vengó a su hermano asesinado en Santa María de Iquique. Quién se acuerda ahora de José Domingo Gómez Rojas que murió en un manicomio, asesinado prácticamente por agentes del Estado que destruyeron el local de la FECH en 1920.
El gran velatorio permanente que tiene este lugar en su centro y que es sin duda lo más impactante, creo que debería incluir, también, las caras de otros, para que la memoria que se exalta sea total. Recuerdo para terminar las palabras de Allende: “la memoria es nuestra y la hacen los pueblos”.

lunes, 3 de enero de 2011

Centro Cultural Gabriela Mistral ¿Hay algo que ver?

De inmediato uno piensa en esa manía que tenemos en este país de llenar de cultura, para enfrentar finalmente la vista distraída del paseante a espacios vacíos – o lo que es igual, llenos de muchedumbre que camina sin rumbo de un lado a otro para convertir aquellas grandes extensiones de perplejidad y de terreno caminado en pregunta: ¿Hay algo que ver? Recuerdo actos culturales de hace unos años donde se caminaba como ganado por el Forestal, siguiendo a la manada que iba de una parte a otra sin llegar nunca a un puerto satisfactorio, y que sólo se contentaba con ver malabaristas como los que se ponen en la luz verde del semáforo. Pero las cosas cambian, afortunadamente.
Fue mucho tiempo el que esperó el pueblo de Chile para volver a estas antiguas dependencias que hoy, luego de excesiva y correntosa agua bajo el puente histórico de nuestra vida republicana, vuelven a ser el símbolo de la apertura de las grandes alamedas. Y es que estas estructuras de cobre, los grandes ventanales, los imponentes pilares de piedra y la brisa fresca que pasa por sus espacios vacíos, es un hondo reflejo de aquel vaticinio poético dicho en La Moneda hace tantos años, y que hoy, por fin, hace eco para embellecer el lado norte de nuestra Alameda, dándole al barrio Lastarria, esnobista en sí mismo, una razón real por fin para tal atribución.
Tenemos el lugar soñado, pero aún así, luego del boon de la inauguración, llena de los artificios y pirotecnias propias del mundo cultural chilensis, la concurrencia es poca todavía. El espacio desolado que repleta nuestra vista, aquí parece contestar auspiciosa pero desgraciadamente lento a la pregunta recurrente de todo espectáculo cultural: ¿Hay algo que ver? Obviamente. Pero por lo pronto sólo podemos agradar la vista con una expo genial de fotógrafos españoles y punto. El resto es espacio, espacio para caminar, espacio para mirar la nada y sobretodo, espacio para meditar. Tantas cosas que pasaron en esta UNCTAD, Diego Portales y ahora, por fin, Gabriela Mistral. Tantas ordenes siniestras aquí dadas parecen retumbar, todavía, atemorizando al público que ha visto –creo, basándome en lo que siento- en este sitio de despojos un renuente algo de lo que fue una época miserable. Porque debajo de los disfraces aún está la oscuridad, pero, mirando más adentro de aquella sombra, en la profundidad de los cimientos, en el alma de este sitio, muy por debajo de las relucientes maderas que hoy reverberan al sol primaveral y de los malos recuerdos, hay una respuesta, un camino que indica que sólo debemos ocupar de nuevo la vieja UNCTAD, entrar a sus pasillos, pololear, conversar de lo humano y lo divino, y reírnos mientras vemos fotos, cuadros, miramos su biblioteca, oímos a nuestros poetas, respiramos el aire rico de Santiago y sentimos el futuro. Porque esta UNCTAD o Gabriela Mistral tiene la maravilla de darnos el espacio para echar a volar la mente en un laberíntico recorrido de proyectos y sueños. Y aunque hay chaqueteros que han dicho que este lugar es un elefante blanco que nació muerto, porque su gran tamaño le hará difícil ser llenado por la curiosidad del capitalino que poco engancha con un diseño tan grande, creo que estamos ante la oportunidad perfecta. Salas grandes nos darán actores grandes, espacios enromes nos darán desafíos enormes y obligaciones con aquello que tanto se hace llamar cultura pero que aquí tiene que salir a la cancha. Porque en la cancha se ven los gallos, tomémonos el Gabriela Mistral se ha dicho.

Las fotos perdidas de calle Moneda

Como ocultos intersticios que delinean un territorio de magia, podríamos catalogar algunas zonas de la ciudad que por lo común que son ante nuestra vista, súbitamente de pronto no notamos que desaparecen, y locales y casas, monumentos y costumbres desaparecen también con ellas, ante la indiferencia del público. Y es así como nadie, casi en absoluto, nota que la ciudad –aquel entramado abominable que no duerme y que tan fácilmente olvida- y sus costumbres de antaño y sus rostros y realidades, van muriendo también al ritmo abrumador del cambio. Por ejemplo, y hablando de viejas tradiciones ¿Quién recuerda hoy la fotografía pintada? Al pasar por la calle Moneda –hoy provista de poco que ver, salvo el palacio de gobierno y su cápsula de rescate para mineros y una que otra librería y placa recordatoria- se evoca el desaparecido Estudio Mattern, atendido por su dueño, W. Mattern, quien aprendió el oficio en la Alemania de la Primera Guerra, cuando con 14 años se hizo cargo del estudio donde trabajaba como ayudante porque el dueño había partido a las trincheras. Mattern, tras varias aventuras en Europa, viajó a Chile en los años 20 donde se estableció como fotógrafo y artista, instalando su clásico estudio en esta calle, por donde desfilaron muchos presidentes y personajes políticos de todos los sectores: Allende, Pinochet, Ibáñez y Alessandri entre otros fueron sus clientes. También una vez llegó aquí el Padre Hurtado quien se hizo el famoso retrato pintado que hoy se enarbola como su efigie en todas las estampitas y afiches que lo recuerdan. Podemos nombrar a Jorge Délano “Coke”, José María Caro, Clotario Blest, y un largo etc de personajes que desfilaron ante su lente sincero y fueron retocados con sus oleos. El trabajo aquí era arduo y se pintaban aproximadamente 60 retratos al mes. (Para esta nota la familia de Mattern gentilmente nos dio acceso a parte de su archivo). Pero en Santiago este estudio –aunque sí el que mejor trabajaba la calidad de pintura- no era el único. Había una vieja fábrica en calle Maruri, que era la que hacía los clásicos retratos ovalados en esos vidrios estilo bombé que son por su masiva cantidad los que más permanecen en el recuerdo de las viejas generaciones. También estaba el estudio Reimar de Manuel Escandón que junto con pintar fotos, registraba en ellas el acontecer social de nuestra vida ciudadana. Hoy poco queda de esa tradición y si no fuera por la prodigiosa maravilla de un par de artistas como Leonora Vicuña o Saida González, el viejo arte de colorear con vida la imagen congelada sería sólo otra memoria perdida en este país de memorias parciales, un Chile que como las viejas fotos necesita un poco de color que haga perdurar emociones y sentidos. La calle Moneda hoy es de todos modos un interesante paseo donde con un poco de imaginación podemos encontrar una evocación de algo pasado. Algo hay en algunas vitrinas, un no sé qué de viejo, un no sé qué que no quiere irse y que nos da un atisbo de un país coloreado con creatividad y que alguna vez existió en estos rincones.

sábado, 1 de enero de 2011

El viejo nuevo barrio Esmeralda

El cristalino caer del agua estancada de la fuente, es sin duda el característico campanilleo que da a este barrio Esmeralda un signo de identidad. Tanto así, que justo en esta plazoleta hay un escondido motel cuyo nombre –Cascada-, hace un homenaje al trino acuático de la fuente, ya que cuando uno está en pleno acto amatorio de pronto repara en la caída del agüita que desde afuera, como una música patética, repleta los oídos de insistentes gorjeos. Es común que las parejas se paren aquí y se hagan las lesas, haciendo un largo y tímido preámbulo antes de atreverse a entrar a los recintos amorosos y sus tragos de cortesía y películas porno que se ven mal. Pero este no es el punto principal que define la realidad de este curioso rincón. Aquí hay otra cosa. Una impronta semi bohemia, interesante, que de a poco, con un tesón que se nota en el auge creciente de locales nuevos de diseño y cafeterías, va formando un cuerpo cultural que se agita bullente alrededor de La Posada del Corregidor. En esta vieja construcción colonial, verdadera alma del sector, se coordinan hoy por hoy las actividades patrimoniales del grupo Cultura Mapocho que tiene en marcha toda una dinámica que invita al público, semana a semana, a tomarse la ciudad, recorriéndola en geniales tours gratuitos a cargo de expertos –periodistas e historiadores jóvenes- que se juntan en un punto especifico para partir a perderse entre los intramuros capitalinos.
Me parece que este lugar es un buen punto de inicio para introducirnos en una dinámica de recorrido urbano, ya que además de la propuesta que nos da La Posada del Corregidor, tenemos el influjo de cercanía que atrayentemente nos ofrece el centro cultural Goethe a unos metros. Además encontramos la tienda Wescoast, especializada en coleccionismo de viejas joyas del cine, así como infinidad de juguetes, historietas y souvenires que al estilo de una excéntrica tienda gringa como las que salen en las películas, nos abre una puerta a maravillarnos con una memorabilia que nos sorprende al hacerse propia. Entre los anaqueles hay revistas del Dr Mortis, primeros números de Condorito, Jungla, Capitán Júpiter y una serie de cosas más que nos traen el recuerdo de la infancia: fotos originales de la Guerra de las Galaxias, figuras de acción de He-man, trenes eléctricos, e infinidad de curiosidades que se agolpan en auténticos cerros y cerros. Hay definitivamente en este barrio un aire nuevo. Un punto decidor lo marcan las tiendas de diseño que han aflorado entre las casas viejas, con un estilo colorido, independiente. Son aire fresco en cuanto a lo que uno estaba acostumbrado en el centro lleno de multitiendas. Por ejemplo la tienda Niña Luna, atendida por sus dueñas se dedica a la venta de arte, diseño, vestuario, decoración, eligiendo con pinzas lo más top entre artistas y diseñadores jóvenes de vestuario. Otro punto alto en cuanto a Diseño Independiente lo da el Bazar Siete Seis. Igualmente atendido por sus dueñas, Rocío Contreras y Valentina Aylwin, se especializa en accesorios y exclusividades de toda índole.
La intención de estas tiendas, cuya ubicación en el sector para nada obedece a una casualidad, es rescatar el barrio, dándole un cariz nuevo, realzando los viejos colores que bullen como un sentido de vida que se abre para los curiosos, los caminantes que esperan descubrir en la ciudad un rumbo renovado, lleno de actividades al aire libre. Un rumbo que más encima nos queda a la vuelta de la esquina. Sólo nos basta bajarnos en el metro Bellas Artes y caminar hacia el poniente hasta llegar a calle Esmeralda.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Calle Morandé, recordando a Osnofla

La ciudad guarda en el brillo asoleado de sus reductos un ramillete de recuerdos: son las horas vividas que se hacen reales, como si fueran una fina certeza sentimental que, a veces, cuando una extraña condición del tiempo y del espacio -la magia o la alquimia- lo permiten, podemos palpar como fantasmas de carne y hueso. En las viejas casas podemos oír la voz de alguna sombra que pronuncia poemas, el ritmo de una misteriosa musiquilla irreal de otro mundo, el juego de las luces mortecinas que aparecen al arreciar la noche. Al pasar por la calle Morandé oigo en mi cabeza la voz del viejo “Osnofla”, el poeta perdido -además de caricaturista en Zigzag, Topaze (donde hacía diagramación), Corre Vuela y Pobre Diablo entre otras-, olvidado autor de un gran poema célebre, favorito de Neruda, atribuido sin ningún permiso y desfachatadamente a la antipoesia de Nicanor Parra, quien a veces lo recita sin molestarse en decir quién es el autor. Incluso, en una gran antología que hizo Copec hace unos años, el texto aparece como obra “inédita” del autor de los Artefactos. Pero da lo mismo, la justicia poética viene así, en la boca de otros que con su grandeza saben reconocer lo bueno y hacerlo suyo. Alone, el crítico, tenía considerado el poema como uno de los cien mejores de Chile y Neruda -a quien el mismo Alone le decía en tono de broma que este era el poema 21- cuando lo recitaba en el bar de su casa en Valparaíso o en el viejo Club La Bota e incluso ante sus amigos en México, era presa de tal emoción que derramaba lágrimas al oírse así mismo recitar de memoria -raro, ya que no solía memorizar nada- esta pieza maravillosa del antiguo ingenio poético nacional. La gracia del texto -titulado La Bótica- es que el poeta esdrujulizó las palabras, cambiando los tildes de lugar para jugar con la maravillosa musicalidad del ritmo. Dice así aquel sabroso estribillo:
“Fue una tarde triste y pálida / de su trabajo a la sálida / pues esa mujer neorótica / trabajaba en una bótica. / Cuando la ví por vez primera / una pasión efimera / me dejó alelado, estúpido / con sus flechas el Dios Cúpido / que con su puntería sabia / mi corazón herido habia. / Me acerqué y le dije histérico: / -señorita, soy Fedérico. / ¿Y usted? Respondió la chica: -yo me llamo Veronica. / Y en el parque a oscura y solos / nos quisimos cual tortolos. / Pasó veloz el tiempo árido / y a los meses el márido / era yo, de aquella a quien /creía pura y virgen. / Llevaba un mes de casado / lo recuerdo fue un sábado/ La pillé besando a un chico /feo, flaco y raquitico. / De un combo la maté casi / y a ella, entonces, le hablé asi: / “Yo que te creía buena y cándida/ y has resultado una bándida! / Y el honor solo me indica, / mujer perjura y cinica, / después de tu devaneo, / que te perfore el craneo”. / ¡Y maté a aquella mujer / de un tiro de re volver!”.
El verdadero nombre de Osnofla era Luis Enrique Alfonso Mery, -su primer apellido escrito al revés daba justamente vida a su singular pseudónimo- y vivió en esta calle Morandé -hacia el norte- hasta enero de 1949, fecha en que murió, inadvertido, casi solo, hecho pedazos por el ardiente vicio de Baco, certeza y precio que pagan los poetas amantes de la noche y la bohemia. Su casa quedaba en el tercer piso del viejo edificio de ladrillos que está en frente de la escuela de teatro de la Universidad de Chile. Hoy, al pasar por su barrio, recuerdo su historia rescatada sólo por unos pocos entendidos como Jorge Montealegre que hace unos años le hizo un merecido homenaje en un par de revistas. Miro alrededor para darme cuenta que aquí algo queda de aquella vieja vida de Santiago. No sé qué será. Quizás el Bar Olimpíco o la Peluquería Morandé que adornan estos parajes que, aunque cercanos al centro, guardan una impronta de inhóspito caserío de pueblo de paso, con sus tiendas de botones, poliespol, máquinas de coser, moteles vetustos, bares, topless, escaleras que se abren ante la vista del curioso hacia pisos de oscura vida, y más: en esta misma Morandé hay todo un acontecer que viene desde la Alameda, con La Moneda y su famosa puerta con el número 80, la Plaza de la Constitución, los tribunales de justicia, el antiguo edificio de El Mercurio en remodelación, la Biblioteca del Congreso y una larga lista que parece resumirse en un sencillo final hacia este norte coronado por la vieja historia de un poeta perdido y su gran poema que aquí recordamos.

El nuevo cerebro de Salvador Allende

El Museo de la Solidaridad Salvador Allende hoy por hoy pasa uno de sus momentos más trascendentes. Tras un largo periodo de bajo público, la nueva administración de Ernesto Ottone, el gran artífice detrás del exitoso Matucana 100, ha reabierto las puertas de la institución, dándole nuevos aires con una interesante línea de gestión que ha conseguido, entre otras cosas, aumentar el número de visitas en un 400%, además de hacer relucir la colección, considerada una de las de arte moderno más importantes y mejor tasadas del continente.

A comienzos de diciembre del año pasado, mientras los candidatos afilaban sus lanzas para la primera vuelta presidencial, se realizaba en el Centro de Extensión de la Universidad Católica un seminario llamado “Políticas culturales de Estado, las artes y la cultura como herramientas de transformación social". El motivo de la ponencia más esperada: los posibles nombres, barajados por los presidenciables para ocupar el Ministerio de Cultura, debatirían sus propuestas, analizando la venidera institucionalidad cultural en el posible nuevo gobierno que llegaría a La Moneda el 2010.Fueron, por la Concertación, el actor Francisco Reyes; el arquitecto Juan Lund por Sebastián Piñera; el actor Alfredo Castro –que no llegó- por Jorge Arrate y la creadora audiovisual, Tehani Stainger por Marco Enríquez-Ominami. Desgraciadamente el representante de Eduardo Frei tuvo que irse a media charla porque debía irse a rodar una teleserie. En su reemplazo dejó al actual Director Ejecutivo del Museo de la Solidaridad Salvador Allende, Ernesto Ottone, quien según la opinión de varios de los presentes, habló con mucha más propiedad que el actor de los futuros lineamientos culturales en un posible nuevo gobierno concertacionista. Y no por nada se tuvo esta percepción. Fue él – quien esta posicionado actualmente como uno de los mejores gestores culturales del país, además de ser uno de los cerebros más prolíficos en cuanto a pensar las políticas culturales de la campaña de Frei- quien había logrado hacer surgir el Centro Cultural Matucana 100, dándole con su gestión desde el año 2001 un éxito inédito, situándolo en cuanto a artes escénicas y visuales como uno de los espacios culturales más prestigiosos y concurridos del circuito cultural chileno.

Su gestión de financiamiento mixto – dado que el apoyo estatal sólo cubría un 33% de los requerimientos de Matucana- logró captar el entusiasmo de socios inesperados como la familia Luksik, cuya fundación auspició el 2008 el exitoso ciclo de conciertos “Via Exclusiva”, y el 2009, entre otras, la iniciativa “Todos al Teatro”, que atrajo a más de diez mil estudiantes en un año. Supo salir airoso de dificultades financieras, como el poco auspicioso apoyo estatal que queda de manifiesto al observar que en los dos últimos años el centro cultural no aumentó mayormente el presupuesto entregado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes -a diferencia de otras instituciones que incluso sin línea editorial en más de un año, como observara el mismo Ottone en una entrevista, hasta lo triplicaron-. Otonne supo muy bien tapar los baches a través del apoyo de los Luksic y de fundaciones internacionales. Por sus logros y aporte a la cultura, fue elogiado el año pasado con el Premio Academia, otorgado por la Academia de Bellas Artes. Además fue condecorado por la Embajada de Francia con la medalla de "Caballero de las Artes y de las Letras" por haber convertido a Matucana en uno de los lugares de creación y de difusión más dinámico y concurrido de Santiago.

Pero pese a sus grandes antecedentes, y tras casi una década en la dirección del centro cultural, conjuntamente al asumir el nuevo gobierno Ottone renunció a su cargo. Esto incluso considerando que el recién asumido Ministro Cultura Luciano Cruz Coke y la primera dama Cecilia Morel le habían pedido quedarse. Su argumento, dado a conocer en una carta publica, fue entre otras cosas que las personas “no pueden perpetuarse en sus cargos, y llegado el momento deben pasar la antorcha para dar lugar a nuevas energías”. Su misiva no dejó de mencionar con orgullo las “más de 310 compañías o agrupaciones de artes escénicas, musicales o coreográficas, 122 exposiciones de artes visuales, 43 ciclos audiovisuales y 134 seminarios para reflexionar sobre la realidad nacional e internacional, además de los múltiples lanzamientos de discos y libros”, que consagraron Matucana durante su gestión. Pasaron apenas dos meses de desempleo cuando recibió una nueva propuesta para asumir de Director Ejecutivo en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende. Esta vino de improviso desde la Fundación que lleva el nombre del ex Presidente.

Hasta el lunes 5 junio de este año, la dirección del museo estaba en manos del pintor José Balmes, quien en los 70, junto al crítico español José María Moreno, inició la recopilación de obras que lo compone. La salida de Balmes no estuvo exenta de polémicas, ya que según se afirmó en los medios, el Premio Nacional de Arte 1999 dijo haber recibido presiones para dejar el cargo, las que aludían como argumento a su exceso de “cosas que hacer” y “cansancio”. Fue así como el mismo día en que Balmes enviaba una diplomática carta con su dimisión al directorio, Ottone asumía con entusiasmo el nuevo y complejo desafío. Su intención ha sido desde un inicio aumentar el hasta entonces esquivo interés del publico por el Museo, acrecentando la cantidad de visitas –según sus pretensiones, desde 20 mil a 300 mil por año-, creando nuevas audiencias, buscando, además, hacer reflotar y relucir la guardada colección –una de las más importantes de arte moderno de Sudamérica-, gestionando nuevas opciones de financiamiento para complementar los escuetos ciento cuarenta y cinco millones, trescientos quince mil pesos que recibe el museo como traspaso desde la Dibam y que apenas alcanzan para su mantención ¿Se repetirá el éxito de Matucana 100 con los nuevos lineamiento de gestión emprendidos por el Museo de la Solidaridad?

Un poco de historia.

La colección que se puede ver en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende es única. Además de una importante muestra de objetos personales del ex presidente que incluyen desde su banda presidencial hasta sus documentos de filiación del PC, hay una exposición insuperable de autores que van desde Yoko Ono hasta Pablo Picasso.El museo surgió en 1971 como una idea pensada por un grupo de destacados artistas e intelectuales afines al gobierno de la Unidad Popular. Entre ellos, el crítico español José María Moreno Galván, el pintor italiano Carlo Levi y el historiado y crítico brasilero Mario Pedrosa. En poco tiempo se erigió como la demostración del apoyo internacional a Salvador Allende, recibiendo importantes donaciones que lo configuraron como una de las colecciones de arte moderno más importante y mejor tasada de Sudamérica –según el último avalúo hecho el 2008 sólo 206 de sus piezas están valoradas en 65 millones de dólares-.

Entre 1971 y 73 fueron donadas a la iniciativa más de 400 obras, entre dibujos, grabados, cerámicas, fotografías y esculturas de artistas de la talla de Pablo Picasso, Joan Miró, el poeta y artista catalán Joan Brossa, el pintor Frank Stella y el escultor Alexander Calder, además de obras del húngaro Víctor Vasarely, Roberto Matta, Siquieiros, Claes Oldenburg, etc. El museo cuenta con tres colecciones. La primera se configura durante el gobierno de Allende hasta 1973. La segunda se conforma con donaciones que se acopiaron en museos internacionales de la resistencia que surgieron con el nombre de Allende durante el periodo del exilio. Este es un conjunto de obras provenientes tanto de Europa – fundamentalmente de Francia, España, Italia, Suecia y Finlandia- como de Sudamérica y centro América -principalmente de Cuba, Panamá, México y Colombia-. La tercera colección comienza a recopilarse en 1991. Con la llegada de la democracia se hizo necesario reabrir el museo, incluyendo donaciones de artistas contemporáneos, chilenos e internacionales como Daniel Canogar, Eugenio Téllez, Juan Pablo Langlois Vicuña, Carlos Altamirano, etc.

Hoy el Museo de la Solidaridad literalmente ha abierto sus puertas. Antes de asumir Ottone la vieja casona de calle República 475 que alberga a la institución desde el año 2006, permanecía, aunque funcionando, semi cerrada y con un escaso afluente de público. La nueva administración llegó a full, abriendo las puertas y ventanas que generalmente se mantenían cerradas durante la gestión de Balmes. Bárbara Camps, quien es la nueva encargada de programación, señala que la mirada de Ottone va enfocada a renovar totalmente el trabajo efectuado hasta ahora por la institución, dándole un giro a la idea institucional de museo, pensando en nuevas maneras de interactuar con el público. “Que ya no sea sólo un museo o más bien un mausoleo, sino un espacio para que la gente dialogue e interactúe”, dice. Pese a que asumió el mando del Museo a mediados de año, lo que le ha dado poco tiempo para planificar nuevas exposiciones, la gestión de Ottone ya se nota. Camps quien fue llamada a trabajar con él apenas asumió el nuevo cargo en Julio, afirma que “en cuanto a número de visitas” la cosa ya es diferente en absoluto.


Ella como encargada de la programación, está segura que bajo la administración de Ottone el Museo se vislumbra de aquí a tres años como el mejor en su tipo del país. “Nos hemos dedicado fundamentalmente a crear audiencias mediante la asociación con nuevas redes, ocupando todos los soportes posibles: actualizando la web, facebook, twiter, lo que nos ha funcionado genial para atraer a la gente. Se ha invitado a colegios y Universidades a ocupar el espacio, que se lo apropien. Antes estaba siempre cerrado y nuestra idea desde el comienzo ha sido abrirlo, sacar a lucir nuestras obras más emblemáticas y hacerlas itinerar. La idea es que la colección esté fuera de Santiago y de Chile, que pueda verse en regiones. No sacamos nada con tenerla guardada en los depósitos sino que hay mostrarla en espacios públicos. Este lugar tiene todo el potencial para ser como el MAC o el Bellas Artes, de hecho la colección es mucho mejor ya que no existe otra igual en Chile”. Como parte de su nueva gestión, el museo, junto con repensar la colección, dándole un nuevo cariz de itinerancia y visibilidad, intenta difundir su contenido mediante soportes digitales, webs, mailing news, facebook y twitter.


Otra de sus metas es ser un referente urbano inmediato, convirtiéndose en un verdadero centro de extensión del barrio universitario, implementando un programa educativo interactivo pensado para la educación básica y media. También explorando otros lenguajes, y como sello de Ottone, incluirá muestras escénicas y audiovisuales. Otro punto destacable lo marca la convocatoria “Fisuras”. Esta pretende escoger a 8 artistas jóvenes emergentes para darles la oportunidad de dar a conocer su trabajo en el museo durante mediados del 2011.Junto con la muestra permanente que ocupa el primer piso y el subterráneo, el segundo piso abrió un espacio para la itinerancia de nuevas obras, pensando en instalaciones que interactúen con el público. Por ejemplo la exposición que se puede ver actualmente, titulada “Rock y Barroco”, congrega a cuatro importantes artistas plásticos belgas: Philippe-Henri Copée, Noëlle Koning, Bernard Gilbert y Johan Muyle, incluyendo como curador al ex consejero del Museo de Bellas Artes de Bruselas, Claude Lorent. Aquí se mezcla la pintura, el video, la escultura y la instalación. La sala sorprende de entrada con tres esqueletos vestidos de rosa, con distintos accesorios como sombreros vaqueros y trajes de ballet. Sus caras son una reproducción en fibra y resina de la fisonomía de su autor, Johan Muyle. Mediante un sistema de carritos eléctricos los engendros, inspirados entre otros temas en la guerra civil de Ruanda y la dictadura argentina, realizan distintas acciones. Bailan tango, disparan un revólver o pronuncian discursos políticos, moviéndose en círculos por todo el lugar al ritmo de la Cumparsita.

Ernesto Ottone: “Aún hay resabios de intolerancia frente al nombre fundacional del Museo”.

Estos días Ottone está 100% tirando líneas para cerrar el 2010 y vislumbrar las actividades del próximo año. Entre reuniones y seminarios fuera del país ha sido difícil encontrarlo. Aún así nos dio algo de tiempo para conversar sobre cómo han sido sus pocos meses de gestión en el museo.

-Encontrarte con un museo que recibe apenas 145 millones de la Dibam no es un panorama fácil ¿Cuáles han sido los principales problemas a que te has enfrentado al asumir la dirección del museo y cuáles han sido las soluciones planteadas desde que llegaste?

-No. Claramente no ha sido fácil, pero la invitación que me hicieron desde el directorio de la Fundación Arte y Solidaridad siempre fue honesta en el sentido de proponerme un desafío más que entregarme una institución 100 % consolidada. Este año tampoco ha sido un año normal. Hubo cambio de gobierno y coalición, y a una institución como la nuestra le ha costado transmitir a las autoridades su rol. Hemos tenido que asumir ciertos prejuicios con respecto al Museo, como por ejemplo volver a explicar que la colección fue donada al Estado de Chile en el 2005, y que éste tiene la obligación de mantener este patrimonio cultural que sólo puede compararse con el del Museo de Bellas Artes a nivel Nacional. Explicar que nuestra Fundación es una fundación privada sin fines de lucro en cuyo directorio hay representantes del Ministerio de Educación, de la Dibam, de la Fundación Salvador Allende, transmitir que nos dedicamos al arte y la cultura y no al proselitismo político, ha sido difícil, sobre todo en los momentos donde se había suprimido la glosa presupuestaria desde la Dibam. Hoy ésta se repuso y está contemplada en el presupuesto de la nación, sin embargo queda mucho camino por recorrer.

-Es sabido que una de las tareas pendientes del museo es incrementar el número de visitantes. ¿Cómo reposicionarse en el circuito cultural, creando una imagen desligada de la antigua gestión de Balmes?

-A nivel de público este ha ido en aumento permanente. Desde que nos hicimos cargo del Museo al mes tenemos cerca de 8.000 visitantes, lo cual ha significado un aumento de casi 400%. Para ello hemos tenido que trabajar fuertemente con el sector educacional, tanto de media como universitarios. No hay que olvidarse nunca que estamos insertos en el Barrio Universitario y que ser el espacio de toda una generación que no necesariamente tiene hábitos culturales es un desafío extraordinario.Todo espacio cumple ciclos a cargo de sus autoridades, y por lo tanto sigo pensando que los cambios en las instituciones culturales no sólo le hacen bien sino que son fundamentales para lograr nuevas energías y proyectos. Obviamente una institución como la nuestra que en el 2012 cumple 40 años y que ha tenido un pasado tan complejo desde su creación, debe saber nutrirse de las gestiones pasadas tales como lo fueron las de Carmen Waugh y de José Balmes.

-¿Planeas repetir la fórmula de financiamiento mixto que utilizaste en Matucana? O sea, por decirlo del algún modo ¿repetirás la fórmula del éxito con el Museo Salvador Allende?

-No me atrevería de hablar de fórmula de éxito. Cada espacio tiene sus propias dinámicas y como profesor de gestión cultural siempre he sostenido que no hay una fórmula mágica en la gestión de espacios culturales. Por cada espacio existente habrá una gestión única. Yo en lo personal creo firmemente en el financiamiento mixto, privado-público, sin embargo por primera vez me enfrento a la dirección de un espacio que no sólo tiene que cuidar de un inmueble público, es decir infraestructura, sino de una colección patrimonio nacional y público, lo que conlleva una responsabilidad no menor para el Estado. Por mucho que sea una fundación mixta a cargo de la gestión y administración de este patrimonio, es un deber del Estado de Chile preservar y conservar estos bienes. Un ejemplo muy simple es tomar en cuenta que una sola obra de la colección de las cerca de 2800 que resguarda, tiene un avaluó de 4.410.000.000 de pesos y la subvención del Estado para la conservación de la totalidad es de 149.000.000 de pesos. Entenderás que es desproporcionado. Pero el desafío está ahí, cómo logramos que el Estado asuma mayor compromiso y los privados compartan el resguardo de este patrimonio que finalmente es de todos.

-En la búsqueda de financiamiento ¿Cómo planeas enganchar al empresariado con un proyecto que tiene una evidente carga ideológica como la de Salvador Allende?

-Como te puedes imaginar llevo 5 meses y el tema de financiamiento ha sido muy complejo. Por mucho que uno explique a los gerentes que estamos hablando del museo de arte contemporáneo más importante de Chile y una de las mejores colecciones de Arte Moderno del continente, les cuesta separarlo del origen ideológico que dio nacimiento a este museo. Estamos frente a un problema no menor, ya que después de 40 años aún hay resabios de intolerancia frente al nombre fundacional del Museo. No me puedo poner en el escenario de que la carga que tú mencionas pueda poner en riesgo la continuidad de una institución tan poderosa y de tanta relevancia mundial como es el Museo de la Solidaridad.

-En una entrevista dijiste que las proyecciones del proyecto no son a corto plazo sino que deben pensarse por ejemplo para el 2011, 2012. ¿Cómo vislumbras el proyecto museo bajo tu gestión de aquí hasta esas fechas?

-Una de las prioridades tiene que ver con finalizar la construcción del Depósito en calle República y poder crear el primer centro de conservación de Arte Contemporáneo en un depósito abierto al público. Lo segundo tiene que ver con las itinerancias. No puede ser que con el mayúsculo acervo que resguardamos, este no pueda ser conocido tanto por los ciudadanos de nuestra capital, como de regiones. Se reforzara el envío de parte de la colección al extranjero como parte de la marca país, y finalmente se desarrollará un área de extensión que tiene que ver con otras disciplinas que se puedan implementar tanto en nuestro museo como en colaboración con otras instituciones.