viernes, 30 de enero de 2015

Como un cuento

Cuando mi madre comenzó a  olvidar las cosas yo comencé a recordarlas. A construir un pasado adornado por las reflexiones que puede hacer un niño años después de dejar de serlo. Ese es el pasado. Un espacio inventado por uno mismo, como para no creer que la vida dura sólo el instante previo de abarcar por última vez las cosas antes de dejarlas con un respiro, y pasar al suave agujero donde se cae como piedra sin hallar fondo, sin sonar al final del abismo con un ruido seco o nítido de encuentro con una superficie dura. Cuando mi madre empezó a olvidar fue cuando jubiló de profesora; un profesor viejo es como una foto pegada en un álbum que se quedó abierto al sol. Una imagen  que permanece igual aunque se va destiñendo – es más bien la imagen humillante del cliché la que se destiñe, porque los pobres siempre se destiñen de alguna manera, en el recuerdo del país, en la imagen que tienen ellos de si mismos: ropa raída, parches en los codos, zapatos rotos, dientes que se caen, morena piel que se endurece como charqui, cabello que se endurece. Un profesor viejo es como una momia que resiste en una cueva, cuyo clima árido o seco mantiene la conservación –como la momia del cerro el plomo-, pero cuando los arqueólogos o los arrieros o los ladrones de tumbas sacan a la momia de su  habitar inmóvil, todo se  desmorona: órganos interiores, corazón, cerebro, se descomponen, se despedazan, se hacen polvo. Esto le sucedió a mi madre. Hace unas semanas mi padre me llamó para que fuera a visitarlos. Cuando llegué me avisó que mamá estaba enferma. Efectivamente.  Estaba acostada, como seca, como la momia de un niño inca, sobre el sofá del living. Cuando me vio no me reconoció.  Me acerqué a ella y  me tomó la mano apretándola. Comenzó a relatarme una historia difusa sobre una secta, y un túnel que  conducía por la cordillera de los Andes para dar directo  a la ciudad de Mendosa o a Brasil -¿qué lugar de Brasil? Pues nunca lo sabré- o al centro de Buenos Aires, como si Brasil y Argentina fueran fronteras abarcables fácilmente por un  túnel cuya entrada estaba a la vista en algún sitio al medio de la ciudad de Santiago. Pero en un momento recordé que su pasado, su viejo tiempo de militante o de sobreviviente vestigio de los lindes difusos de la derrota política, allá en ese año de 1973, y antes incluso, ella se trasladó en una triada por Chile, Brasil y Argentina, huyendo, enamorada de un militante de guerrilla muerto posteriormente -¿en Chile, en Argentina?- y del que nunca se supo más que un nombre escrito en un viejo álbum  de matrimonio fechado en agosto del 73 y que encontré entre una ropa vieja, hurgando un día por casualidad una cajas listas para  lanzar a la basura. Qué raro es encontrar a un ex de tu madre que ni sabías que existía, pero que de alguna manera intuías como parte de ese vacío en el que siempre  faltaron palabras entre nosotros. Vuelvo a reiterarlo. Es curioso cómo la memoria se construye a partir de una sobre memoria o una memoria de la memoria, ya que la memoria real, los trozos de la verdad, son terreno de nadie,  son infinito tedio en el pasar de los días. 
En la medida de  que las certezas se fueron perdiendo en el laberinto mental que mi madre construía – como ratoncita, efectiva roedora- día tras día con los objetos naufragados del alzhéimer –basura en general: géneros viejos, pilas y comida podrida, platos rotos y papeles de toda especie-, el aire comenzó a volverse pesado. El enrarecido remedo de un tiempo anterior quizás. Cuando las cosas fueron diferentes. Cuando podía decirse, no hace tanto, que en la casa vivíamos cuatro personas y no una sombra y tres sombras más pequeñas de aquella sombra mayor que comenzaba oscureciendo su propio contorno para después continuar o alargarse con el contorno de las cosas y el contorno o el borde  de las habitaciones, hasta llegar al contorno o borde de los otros que existían junto a ella.

La casa se convirtió al fin y al cabo en el laberinto y mi madre, el minotauro, se convirtió en el guardián viejo, ciego y enfermo de ese círculo. Recorría, errática, por las noches, sin tregua para los otros habitantes, siguiendo el hilo enredado por una Ariadna retrasada mental o  estúpida. Mi hermana se ponía nerviosa. Ya fuera por sus pasos a eso de las  dos de la madrugada o por su manía de hacer rechinar los dientes, bruxismo le llaman ¿no?, cuando se sentaba en la oscuridad a esa misma hora a contar  con dosificado interés los géneros que guardaba en un  baúl que  durante  el día cumplía el rol de mesa del comedor. Porque la mesa del comedor las hacía de espacio de bodega para  revistas viejas, palillos, madejas de lana. Porque en la casa nada cumplía el objetivo para el que fue  fabricado: o más  bien, los objetos pecaban de tener un rol  ligeramente corrido hacia los lados, un poco hacia la izquierda, un poco hacia la derecha, hacía arriba o abajo, de su ubicación en el espacio armónico que una vez ocuparon o que  ahora que lo pienso en verdad nunca tuvieron mucho: las sillas servían de mesas, los vasos como masetas y floreros, los cuchillos como martillos y una  variedad casi indefinida de cosas como pisapapeles, los diversos géneros recortados de cortinas en desuso eran una infinidad de choapinos y mantelitos, servilletas, inmunda bisutería que llenaba todos los vacíos en que la vista podía descansar en esas paredes que  ahora, cubiertas de  géneros de colores y dibujos, eran más bien una sensación de paredes, calientes, palpitantes, una sensación de encierro o de continuidad rota, la continuidad de un recorrido por ejemplo en un laberinto, una piel bajo la costra que reordena sus células en una nueva superficie, más sensible, más rosada y que  a veces sangra o exuda la humedad que guarda debajo como un nido que guarda animales recién nacidos o embriones calientes. Generalmente  cuando yo iba a visitar a mi madre, no hablábamos. Me sentaba a esperar la llegada de la tarde o a hablar con mi padre. En estos encuentros mi madre me saludaba  llorando. Se callaba y el resto del tiempo me observaba con una mano en la boca o haciendo algún dibujito en una hoja de cuaderno apoyada en alguna superficie cercana. Siempre era así hasta esa  tarde cuando la encontré enferma y me relató la historia de la secta y del túnel y de cómo tenía miedo de que la secuestraran y la arrastraran por ese túnel, por la oscuridad de ese espacio hueco cavado en la roca de la cordillera en un ángulo o prodigioso o surrealista que permitía una llegada desde Santiago a Brasil o a Argentina en cuestión de horas o de minutos. Cuando pienso en mi madre y en este dialogo, me viene a la cabeza igualmente la imagen de un túnel, pero temporal, que en vez de atravesar la dura superficie rocosa de los andes, atraviesa otra superficie, una más dura, más inabarcable y si se puede decir de alguna manera, más cruel, intransigente: por supuesto la superficie de los años siempre ha sido una barrera suavemente franqueable en mi casa, por lo menos nominalmente, por obra y gracia de las palabras, poderosas determinantes no de lo real pero sí de una imitación  cruel de lo real, porque en esa evocación certera de uno mismo en el pasado, hay algo que no nos abandonará jamás, aunque olvidemos los sucesos y sus nombres.
Y en ese vestigio del pasado,  pegado a los huesos como una sensación no de los argumentos del pasado sino de su  forma, sucedió que de un tiempo a esta parte o a esa parte, el punto exacto que relato aquí,   mi madre comenzó a olvidar los rostros pero no así  cierta densidad existente en los rostros. Fue a razón de una fotografía de Allende que en los comienzos de su enfermedad pegó con cinta adhesiva en un lugar visible de la casa. Como una especie de bandera de resistencia a la mala memoria. Cuando yo era niño me habló por primera vez de Allende, esto lo recordé por un hecho que sucedió cuando la vi enferma en el sofá, tendida y enredando y desenredando un ovillo de lana rojo y delirando con la historia del secuestro y del túnel. Como si Allende fuera un túnel, que de alguna manera lo fue y lo es, que conducía desde Santiago, por un camino negro totalmente hacia Argentina, Brasil y quién sabe a dónde más. Un túnel hecho de la vida de mi madre y el olvido gradual  de esa vida, del pasado, de sus puntos de referencia, el nacimiento de un hijo o de otro, la muerte de un ser amado, el reencuentro con otro, la muerte de su padre, la noches rutilantes de una ciudad que en sí conllevó siempre una pregunta indescifrable para nosotros.  
Y resultó que en aquella visita hace unas cuantas semanas como ya dije, ella dejó de acordarse quienes éramos los que la rodeábamos.
Los que estábamos con ella en la escena. Muchos años antes, incluso antes que mi hermana naciera o mi padre estuviera viviendo con nosotros, ya que en un tiempo bastante largo él se había ido, o por lo menos así lo recuerdo cuando reviso la infancia, sólo vivíamos los dos solos en una pieza en una pensión vieja del centro, llena de homosexuales y artistas de izquierda. Como nosotros eran una resistencia cultural que en verdad no resistía mucho más que el hambre a fin de mes o la soledad de los espacios sin luz que aparecían por la noche como un suceso frecuente, como para hacer más oscuro el espacio para dormir, más triste la noche que desde la ventana y a lo lejos nos devolvía el murmullo vago de algo parecido al ruido que se escucha  tras una mordaza. Vaya resistencia, comiendo  siempre pan con té –¡en verdad que resistíamos¡-, en una habitación con olor a trementina. Mi madre pintaba cuadros: marinas, paisajes ilusorios inventados por ella. Esa era nuestra bandera o mejor dicho su  bandera, bajo la que yo me cobijaba como única opción o refugio.  Una  bandera rota y vieja en un mundo precario. Y así un buen día mi madre me contó la historia de Salvador Allende. Fue en 1984 u 83. Caminábamos justamente por frente a La Moneda. La historia me la relató como si de un cuento se tratase, un cuento triste, donde el héroe, Allende, un hombre leal a los trabajadores del país que alguna vez había sido ese país donde ella fue joven, es traicionado por una bandada de buitres cobardes y sediciosos que  ocupaban en ese instante esa misma casa –La Moneda-, la de los presidentes, la casa desde donde, lo supe después, lo sacaron muerto luego de pegarse un tiro en una ambulancia que recorrió aullando en  medio de la ciudad sitiada por tanques, un camino de ida hacia una especie de borrón de la memoria. Una laguna o espacio negro del que después de ese dialogo entre mi madre y yo ya no se podía hablar. Porque una vez que ya conocías la historia eras parte de ella, y por ende corrías peligro, pero también eras parte de algo poderoso, de algo que bullía por las calles, en la soledad de las calles, en el delirio raro que eran las calles de esa ciudad, llena de asesinatos y hombres  vestidos de negro con lentes oscuros.

Pero bueno, y resultó que mientras mi madre enredaba y desenredaba ese ovillo de hilo rojo y deliraba sobre  una secta y un túnel, yo le preguntaba cómo se sentía. Entonces cambió el tema y me preguntó quién era yo. Yo le dije su hijo. Entonces  preguntó quiénes eran las otras personas que estaban en la habitación. Yo le contesté que su marido y su hija. Entonces preguntó quién era el hombre con lentes de la fotografía. Yo le dije Salvador Allende Presidente de Chile. Entonces me miró con los ojos perdidos. En ese instante recordé cómo ella misma 30 años antes me había narrado la vieja historia del presidente Allende y eché mano a los recursos  de la memoria, efectivos pero tristes en esta ocasión. Le repetí la historia parte por parte, como yo la había recibido de ella, como devolviendo el favor, como adentrándome en ese túnel que era su pasado y ese secuestro que era la enfermedad que la trasladaba a través de los años en una pérdida  parecida no a un lugar específico sino a sitios anómalos, como palabras que se piensan pero que no llegan a decirse; espacios mentales  que se borraron como las murallas de un túnel en la oscuridad. 

martes, 27 de enero de 2015

Ideas en torno a una foto que le tomé al poeta Pedro Montealegre


Reviso algunos días después de su prematura desaparición la imagen que guardo en el corazón del poeta Pedro Montealegre. Alguien –como él mismo me mostró- que en algún sentido abandonó un pasado, como el fantasma que sale del cuerpo bello de un hombre para sostenerse, en cambio al final, encerrado en su casa –como un anima-, en un limbo o intermedio tiempo de cosas pequeñas, un vacío, tan grande y simple ¿no?. No quiero recordar sí su última imagen, con los ojos semiabiertos y vacíos, intentando como entrever ya inútilmente algún secreto final, que como mago descubrió seguramente en la muerte. Me quedo con la otra última imagen –la de la fotografía que hicimos juntos-, la del poeta y mago, como niño, solo en su habitación para siempre, rodeado de sus símbolos y sagrados guijarros y banderas o estandartes, esperando quizás recuperar, por alquimia el viejo cuerpo, una vieja imagen de sí mismo en ese juego tan serio suyo de la trasmutación de las cosas en belleza pura y en amor.

Una imagen que uno como observador podía intuir e incluso escuchar, a pedazos por cierto, en momentos: los restos del naufragio y la dulzura, los trozos retorcidos de una imagen añorada de un tiempo mejor, y que ahora solo era alcanzable en relatos entrecortados, donde aparecían nombres, nombres como Manuel, ciudades en la noche como barcos anclados en un muelle distante, casas de amigos y poemas y libros escritos en todo ese trayecto, estados de Facebook, más poemas y buenas y malas noches a poetas amigos y enemigos.
Recuerdo que nos habíamos conocido en un bar a comienzos del dos mil o por ahí. Fue una conversación sobre poesía, eso sí lo sé a ciencia cierta. De inmediato reconocí en él a un tipo inteligente. Eran, esos años, mis primeros atisbos de interés literario: algo indeleble, que se sostenía en las noches de Santiago, recorridas por mi y algunos compañeros de ruta, en largas charlas sobre poesía o sobre la vida en distintos bares que hoy no existen. Pedro Montealegre fue pasajero de una noche en ese viaje iniciático –como el cuento de otro poeta muerto prematuramente, un "Pasajero del Sueño"-. Luego, lo entreví un par de veces, hasta que despareció por una década o más en verdad, mucho más.
Volvimos a vernos recién el año pasado en un bar. Lo reconocí y le recordé aquella charla hace tanto tiempo. Me miró, entrecerró los ojos –era un vidente, por supuesto- , y me dijo que algo recordaba. Hicimos un brindis por el nuevo encuentro y hablamos someramente de lo que hacíamos. La noche –entre el Olímpico y algún sucucho de la Plaza Italia- transcurrió con la promesa segura de volver a encontrarnos para tomarle una fotografía para un libro que estaba preparando y que finalmente salió unos meses después.
El año pasado me la pasé haciendo retratos de amigos y de extraños, y también de una mezcla de esas dos cosas. Retratos en blanco y negro que más que ser retratos eran imágenes de mi propio interior, y de cierta lucha por vivir en el mundo y en las cosas, y claro, obviamente una reflexión sobre la incapacidad de hacerlo. La vida de un fotógrafo es dura; por un lado existe el trabajo como tal y todos los requerimientos prácticos que ello conlleva, fastidiosos o no; por otro, la militancia con el territorio en que habita el observador fotográfico, y que en sí es la poética –ese mapa que siempre transcurre en lo nocturno- en la que el mundo se cuadra de tal modo que corazón y ojo coinciden al encontrar por las calles lo que aparece luego en la imagen: este material hecho de noches y conversaciones, de lecturas y deseos afiebrados al borde siempre de la muerte y la desesperación por vivir. La fotografía como una trampa pero también como la única redención posible, ya que en ella existe el regalo de lo que la vida pone frente a uno, para que se alimente de ti, te haga vivir un poco más entre delirios y visiones, en épocas difusas y sin nombre, sin fe, sin tiempo, pero inmortales totalmente en ese segundo donde el ojo se abre y las cosas pasan y no pasan, porque la fotografía es igual al poema – y en eso coincidimos tan bien, querido Pedrito-; allí lo que importa es lo que la imagen no dice, lo velado, la tachadura. En fin. En esa dinámica mis caminos se cruzaron nuevamente con Pedro, y así nos dimos cita una noche en su casa para hacer la foto. Antes de armarla o de pedirle que posara para el lente, definición bastante inexacta pero necesaria ante la inexistencia de otra, estuvimos hablando largamente de lo que habían sido para él esos años. Le pregunté por viejos amigos que también vivieron en España; él los conoció y me contó varias cosas, me habló de su biblioteca y de sus libros –los que había dejado en los lujares igualmente dejados, y de los otros, las herencias, los que fueron con parsimoniosa consideración siempre parte de su casa-; también me mencionó su enfermedad, y el miedo por unos exámenes venideros concernientes a unos nódulos en alguna lugar de su cuerpo. Pedro me dio la sensación de una estatua, alguien lleno de ese vacío de los muertos, pero a la vez de mundo, como encarnando ese viejo verso del cadáver lleno de mundo, lleno de poesía, concibiendo al poema como un mundo igual al verdadero mundo, es decir, errático y cruel, pero también profundamente hermoso. Y resulta que Pedro era hermoso como ese mundo o ese vacío en su interior.
Luego, hicimos la foto. Le pedí que se sacara la camisa. Con un poco de pudor me explicó que ya su cuerpo no era como alguna vez fue, como lo describió un amigo poeta el día de su velorio, un Charles Atlas con camiseta musculosa y los brazos formaditos. Yo le dije que la foto, aunque él ya lo sabía, no tenía que ver nada con una pose, por decirlo de algún modo, estética, sino más bien con una condición interior de mí mismo. La idea era reconocer en él algo de mí, guardado en ese lugar donde en general no miro. Ahí donde está quien es uno siempre al final del día. No fue difícil. Era alguien que se me parecía muchísimo. En la rabiosa ingenuidad que nos hace tan humanos, que nos hace niños para siempre. Es raro hablar de otro refiriéndose con recurrencia a uno mismo; es el ejercicio inverso al de mis fotos; pero, finalmente, en el otro, hay un abismo en el que un fotógrafo se reconoce y se sostiene, como en un constante punto de apoyo: yo soy siempre el otro y el silencio del otro, aunque el otro no sea yo necesariamente. Es raro de escribir, más bien son imágenes, como fotos con las que uno por instinto entiende. Y así fue el cruce con Pedro, entendido con ese instinto de la imagen. Supe, por supuesto, que estaba frente a un poeta importante. Vi sus libros. Me mostró varios mientras duró la velada. Recuerdo estos versos que llamaron mi atención:
"o se sabe qué está escrito y qué está imaginado. Te doy la urea, el sol que uno
orina en los buzones –es de noche. Levanto una ceja al tiempo
que bajo la otra, un paréntesis para nadie, lleno en rumor y no de él: una piscina
reflejando la luna –los garrapatas del bóxer son corcheas, pentagrama
su vientre de cachorro. No es ésa nuestra música, Manuel. Las avispas
roedoras de carne saben bien qué somos. Y de regreso, el frío es un regalo. Yo
te lo doy –dientes de hielo–. La rana congelada en un cubito resiste: el invierno es
un ojo abierto a su paso. Pero no muere; salta, el sonido del agua
como dijo Basho".
Palabras bellas, visiones escritas sobre la piel seca de un corazón trémulo, inocente. Finalmente nos despedimos con un abrazo y las ganas de encontrarnos. En los meses posteriores hablamos, como era su estilo, por Facebook. Siempre se interesó en lo que yo hacía, mis fotos, mis reflexiones; siempre ponía un buen comentario o me daba alguna directriz de quien tiene más camino en las aciagas búsquedas del arte. Lo entreví como una ráfaga invisible en lugares a los que yo llegaba cuando él ya se había marchado hacía segundos. Era raro, no lográbamos coincidir aunque quedábamos de alguna manera esperando ese encuentro que no llegó a realizarse. Lo esperé cuando lancé mi libro de fotos y en cuyas páginas él siempre ocupará un lugar, como rememorando ese bello momento –como pocos- en que pude estar con un auténtico artista. Se disculpó por no ir. Al parecer su generosidad le requería atender a unos poetas viajeros que habían caído en su casa como huéspedes.
Ahora que han pasado ya un poco los días raros de su muerte, miro esta fotografía y pienso: la fotografía siempre es el pasado; sus pasajeros, sordos y mudos contertulios en la desesperación por vivir, están aferrados a su bella y terrible nostalgia, a su tiempo, viejo tiempo donde como en una inundación las cosas que naufragan se mueven enrarecidas y fantasmagóricas hacia atrás y hacia adelante. Y así Pedro Montealegre Latorre aparece en el infinito fondo del paisaje, en una silueta contrastada, blanco y negro, contra el horizonte en el que siempre será un referente, moviéndose como el tiempo, hacia atrás y hacia adelante. Le agradezco mucho esta foto que hicimos juntos y para terminar esta breve memoria quiero recordar a suerte de epilogo de nuestra corta y larga amistad, cuando llegué junto a su ataúd y su madre me abrazó y me dijo al oído: vi la foto que le hiciste.

Gracias por todo Pedrito querido.

lunes, 26 de enero de 2015

Ausencia de Ximena Rivera.

En la noche del barrio puerto, bajo la vigilancia de la vieja matriz, en el paso quizás de sus habitantes noctámbulos, que como sombras o visiones del delirio, contrastan con el apretado variopinto tono de esas casas vetustas – casas azules, amarillas, rojas y verdes- de los barrios obreros,  aparece, como el fantasma encarnado de la ciudad misma, del puerto, de la noche, el nombre de la Ximena. Una figura sencilla, valiente –“todo poema conlleva una pregunta”-, sola y ya espectral, volando sobre el paisaje: un viento  que cruza las calles, se mete por los intrincados vericuetos de los cerros y sus surcos, como cicatrices abiertas y sangrantes coágulos febriles, y luego llega a la tierra apegada a las cosas y hace volar el polvo bajo un silbido tristón pero lúdico.
Esta imagen que concibo mentalmente  me recuerda la de su funeral. Un hoyo en la tierra seca; un niño sentado junto a la fosa.  Despedida por artistas porteños que cantaban las viejas canciones del Negro Farías, otro militante de la miseria, otro dandi hermoso de la miseria, en la noche patibularia y desnuda de ese Valparaíso cuyo estrato fantasmal sostiene a aquellas ánimas de la leyenda, como en una sombra duradera aún del pasado, frágil, que pelea, por siempre, una última batalla. Porque todo esto es como una  batalla ¿no, Ximena?, aunque perdida, me dices,  pero en verdad soy yo quien se dice a sí mismo, en la visión mental acústica de tu voz, mientras escucho, en la radio,  de nuevo, la canción de Valparaíso. Esa famosa que habla de la muerte que pasó por aquí tantas  veces –este puerto que amarra como el hambre- y que en este recuerdo suena, sincrónicamente, con el viento en la imagen de tu  funeral  humilde arriba de un cerro. Ese viento sorprendente en que nadie pareció reparar cuando tu ataúd descendía a la tierra y las voces entonaban esa despedida rara y delirante. 
La escena se  forma  tiritando fantasmalmente  como el embrión de un sueño, acompañada por varios escritores y amigos, en un patio de tierra en el cementerio de Playa Ancha, para mí el más hermoso del mundo, cubierto en el verano por  un oleaje de flores amarillas que colindan con el mar azul. Es curioso, un amigo me dijo que en este último invierno la nieve tocó tu tumba; el invierno y el verano, el otoño, la primavera; son preguntas que amanecen sobre la cruz con tu nombre, Ximena.  Qué cosas se pueden decir sobre ti: que eras hospitalaria y dulce. En tu pieza recibías a las visitas con un té de canela prodigioso e imposible de imitar. Te gustaba Cerati y le decías Cherati. Cuando la gente estaba contigo les hacía sentir que a veces había una tercera persona llamada Valeria, en fin, qué se puede decir sobre ti, Ximena. Que toda tu poesía, por ejemplo, era la cosmogonía fantasmal de las visiones sagradas de una santa como Juana de Arco, visiones llenas de terror; delirios que en el péndulo de tus pupilas jugaban al trapecio entre lo cotidiano del  íntimo mundo familiar y la locura de la caída al pozo de la muerte, de la ternura, del amor, de dios mismo que tenía el rostro de tu abuelita, en fin. Qué cosas se pueden decir sobre ti, Ximena linda.    
Ahora que ya transcurrió largo tiempo de la muerte de la poeta Ximena Rivera, pienso mucho en ella y me atrevo a escribir con humildad estas líneas. Pienso en su rostro, en su figura, en ese edificio donde vivió –la metáfora de una autobiografía hecha de escombros y de puertas; la metáfora de un cuerpo o de un fantasma-;”¿Y ahora qué me espera?  Las sobras / y / un decorado laberinto”: una mole gris que vigila aún plaza Echaurren, un  gueto que con el tiempo fue desalojado y de las familias y de los indigentes que  allí habitaban como un pensamiento la mente, no queda ni señal. Corre hoy el rumor de que harán una especie de mall patrimonial como para  terminar de echarle tierra a los pocos recuerdos que  van sobreviviendo en esa parte de Valparaíso tan golpeada por los derrumbes y los incendios, por la remodelación. Esa parte del barrio puerto en verdad es como una piel marcada con el tránsito de los  artistas que por ahí pasan antes de  convertirse en ánimas rutilantes en un cielo silencioso: es bueno este lugar para recordar por ejemplo a Aristóteles España –hermano de correrías junto a Ximena por los bares nocturnos de la ciudad- o a Jorge Farías –la voz de un zorzal extraviado-, a quienes   divisé  por esos lares en distintos momentos.  Es raro a veces un lugar; su impronta siempre atrae a quienes deben estar pegados a sus muros.
 Ahí la Ximena vivía con Pepe, su amor, a quien conoció en los comedores de indigentes cerca de donde los dos estacionaban autos en el barrio puerto. “Cuando nos conocimos dormimos juntos, pero con la ropa puesta, y así por varios días, hasta que yo le  dije, Pepe, ¿te quieres casar conmigo? Es lo que más quiero en la vida, Ximena, respondió; porque puede más la soledad y la desesperación que el amor o el apego.”
Cuando la conocí y leí sus poemas –con entusiasmada maravilla- comencé a difundirlos entre amigos en el espacio de la fotografía. Le regalé un legajo con versos a la fotógrafa peruana Gihan Tubbeh que lloró al leer aquellas visiones, y además al fotógrafo francés de Magnum, Antoine D´agata quien encontró empatía con las imágenes allí descritas y soñadas. Hablar de ella en esos encuentros con gente que entendía el arte de un modo concomitante a la vida, fue un grato gesto de sinceridad y en algún sentido de justicia. Entregar un libro es siempre abrir un espacio de lucida  visión a los ojos de otro. También mostré los poemas a Raúl Goycoolea, gran amigo que en ese descubrimiento deslumbrante de Ximena fue más allá y comenzó con su cámara a acompañar sus últimos días en una deducción espiritual lúcida que llevó el nombre de El ultimo viaje de Ximena Rivera, distinguido con Fondart desafortunadamente cuando Ximena ya había muerto.
En cuanto al rescate que se hizo de su nombre  se le debe mérito a quienes estuvieron con ella estrechamente: Carlos Henrikson, Gladys González y los chicos inubicalistas que  nos dejaron un bello pero no suficientemente masivo volumen  de obra reunida. También se menciona lo hecho por Balmaceda 1215 y editorial Hebra. En fin: qué cosas se pueden decir sobre ti Ximena, que no sea entablar hoy un dialogo con tu poesía.
Pienso en ese dialogo y en las preguntas que habitan en sus poemas: “¿Tú has visto mis gestos / en la eternidad que viene / en la eternidad que va?”. Preguntas, como el sabor del polvo caliente que entra por la ventana en días de calor; el sabor cotidiano de las palabras, mundanas pero a la vez como las oníricas visiones de una santa que sostenía en ese terreno diálogos, por ejemplo, con Miguel Serrano, quien le decía: "Ximena, tu eres la única judía que dejo entrar en mi casa". Y así eran, sorpresivos y maravillosos sus intercambios, aunque unilaterales en su mayor parte, y a veces ingratos, al enfrascarse con este mundo tan torpe, con gente que no la comprendía y veía en ella desde su altivez petulante de poetas laureados por el tufillo a mierda de las instituciones literarias, algo así como una mendiga loca –una excéntrica- y no una reina como era el caso; como cuando un poeta millonario la mandó a vender cosas a la calle o en la feria, y ella se rió y le dijo que no era ninguna ambulante, y en vez de hacer lo que el tipo se merecía – o sea, escupirle en plena cara-, prefirió tomarlo con humor, entrecerrar los ojos, sonreír, porque comprendía a los otros en su compleja reacción –la miseria, el pequeño frío del cobarde- frente al corto suspiro de la vida, siempre urgente, siempre incompleto, siempre al borde.
Y bueno, como dije, nos quedan sus poemas porque  para cada verso que se lee o se escribe existe una correspondiente imagen en el mundo de las sombras interiores del lector: una piedra, una montaña, una noche, dios cruzando la llanura; una piedra que cae al pozo del sueño; una montaña inmóvil en el sueño,  una piedra que cae al abismo inerte del espacio y dios, con un rostro que a instantes  cambia al de Ximena o al de Valeria o al de Pepe