sábado, 16 de junio de 2018

Algunas palabras sobre Nicolás Wormull


Mientras lo escuchaba recordar, pensé en que hay lugares a los que uno se va sin poder volver nunca. Lugares como Suecia, que ni siquiera me imagino lo lejos que puede ser. Mientras lo escuchaba recordar pensé en que antes, en el tiempo en que  su historia transcurría, en los 80, hablar de Suecia o de algún otro país como ese, era como hablar del fin del mundo. Uno no regresa de ahí como tampoco regresa al pasado, aunque, estoy convencido, nuestro pasado  sigue transcurriendo en nosotros, en alguna parte de nosotros y quien lo habita sigue siendo uno o un fantasma de uno que revive siempre viejos dolores, viejas pérdidas, imágenes que se pliegan sobre el suelo endeble de la repetición.
A veces al revés: no es nuestro pasado el que vive en nosotros sino nosotros somos los que  vivimos ahí, pues quien vive en la realidad del aquí y el ahora no es real, sino una sombra de ese espacio para nada desde el que reflejaremos siempre un devenir solitario.
 Es raro pensar en los lugares desde los que uno no puede regresar jamás, y cuando pienso en Nicolás Wormull, pienso en eso. En que se fue a Suecia una vez, que es como decir se fue al fin del mundo, en un tiempo que sigue pasando siempre porque es un tiempo del que no se puede escapar ni regresar. Siempre será ese chico que se fue a Suecia cuando tenía como 10 y no volvió. Me acuerdo de ese poema de Víctor Hugo Díaz que dice que alguien se fue a vivir a un abismo o al fondo del mar.
Una parte de eso me identifica. Aunque yo nunca salí de Chile, siempre sí pertenecí a un lugar raro como al que se fue una vez este fotógrafo: el espacio de lo intermedio; un Chile que no era Chile, sino ese sitio de ruinas en que mis viejos –una pareja que solo pudo existir a partir de la muerte del Presidente Allende- arrastraron parte de sus vidas después del año 73.
Cuando  escuché recordar al Nicolás esa vez su infancia pensé en la mía. Pensé en un peladero. En gente derrotada. En los mancos los impedidos los tuertos. En los 80 con las mañanas tan heladas. En fin. En gente que no pertenece ni pertenecerá jamás a un sitio definido dentro de la vida.
Así me lo imagino de repente: como si una parte de uno estuviera muerta y esa silueta, la de uno mismo, que delinea esa parte, brazos piernas cabeza torso, no transitara en lugares reales sino en recuerdos o en imágenes fantasmas, frágiles e indefensas, que pasan o se desenvuelven en una fosa o en el fondo del mar.
 Qué puede ser más chileno que eso. Un país natal que es una habitación dentro de uno mismo, y dentro de esa habitación, o mejor dicho dentro de la atmosfera de esa habitación a oscuras, afuera de la que no hay absolutamente nada, el peso de las cosas, moviéndose lentas cada vez más hasta detenerse, como de improviso en una foto del sufrimiento pero también del amor: imágenes de caras que no tienen sonido, mutilaciones que conforman un sueño, cuyo relato -la locura, el apego, la ternura- se compone con lo que está en el corazón: una piscina repleta de sombras, manchas en un espejo, una jaula vacía, un sujeto de espalda orinando una muralla, el mapa de una ciudad que no reconocemos, mesas y sillas, animales muertos en medio de la nieve, habitaciones, automóviles, la hoja de una navaja, un  hombre con el torso al aire enseñando una gran cicatriz en el pecho, una pira de hojas ardiendo un día de calor, sangre en un lavamanos, el brillo del mar, una chica desnuda que observa la cámara, en fin, un poema, aunque no simplemente triste ni de amor, sino más bien una cosa que uno no sabe definir ni de la que se puede  hablar con perfecta claridad.
Recibí una vez un consejo de Nicolás. No me acuerdo cómo empezaban o terminaban sus palabras, pero de lo que me acuerdo sí era sobre qué iban: cómo fácilmente uno puede mentirse –estamos hablando de fotografía- a través de lo que hace, me dijo. De lo fácil que es: haces fotos, por ejemplo, con una cámara de mierda, y usas blanco y negro y buscas lo desgarrado -a lo Moriyama, a lo Anders Petersen, a lo  Antoine D´agata, cada uno a su manera recubre la simpleza con su pirotecnia, menos o más- y le sacas la foto a un pedazo de la calle, a un pedazo de mierda cualquiera y tienes algo, una imagen genial y maravillosa. Pero no. Tienes puro efecto o sombra para ocultar los detalles que el color no te permite falsear. El color es implacable, dice Nicolás  en mi cabeza, mientras se toma una cerveza un día de sol en Valparaíso hace unos meses, cuando nos vimos por última vez.
Nicolás vio mis primeras fotos en un taller en que varios fotógrafos dictaban cátedra una vez por semana. Ahí, cuando lo conocí, me quedó claro que seguir aquel estilo "descuidado" o en apariencia descuidado,  descuidado como podría ser el cajón de remedios de un moribundo o descuidado como podría ser la apariencia descuidada de alguien que meticulosamente trabaja en una estética, no es fácil. De repente a un montón de gente le dio por contar historias con sus cámaras: él mismo Nicolás había hecho, según creo que relató en la presentación de uno de sus libros, imágenes con una cámara que encontró en la basura. Otro fotógrafo que no recuerdo atribuía sus fotos rayadas a una cámara que intentaron robarle y cayó a un río, otro me dio cátedras del accidente fotográfico y de que su cámara  buscaba ser un indicador imperceptible de su oficio, y que por ello era siempre una cámara pequeña, de plástico, lo menos parecida  a una cámara como las cámaras que uno tiene en la cabeza y reconoce en los reporteros gráficos o en los fotógrafos que salen en las películas.
Otro fue más lejos y me  dijo que el accidente no debía suceder en la cámara sino en la cabeza. Me quedo con este último.
Es fácil mentirse cuando usas blanco y  negro, recuerdo que me dijo Nicolás, cuando usas el flash de frente y lo tiras encima de alguien, en la noche.
Más allá de hacer imágenes que parezcan crudas o aparenten eso, ya sea por el soporte o la postproducción, ya sea por  el contraste  oscurecido de las superficies, debe haber otra cosa. Esto me lo explicó hablándome de sus fotos. Es interesante cómo hay un momento en que de repente se te prende la ampolleta: como que uno entiende algo. Ese algo tiene –en este caso-, para mi que ver con las fotos de Nicolás o mejor dicho lo pude cachar a través de sus fotos y una pregunta que me hizo mientras yo había desplegado mis imágenes en la mesa de ese taller: ¿En qué parte de estas fotos estás tú? me dijo, o recuerdo ahora después de mucho tiempo que me dijo.
Miro todo esto y veo un montón de cosas que encontraste por ahí -prosigue-, pero ¿Dónde está tu mujer o tus hijos, las cosas que te pertenecen o que le pertenecen a tu camino o a las oscilaciones, a las pocas certezas, a las tragedias de tu camino? ¿Al vacío de tu camino? ¿Al dolor de tu camino? ¿A la mierda de tu camino?
Nicolás hablaba del lugar desde donde hablaba el que tomaba las fotos. Hace poco alguien me comentó sobre Torso, su último libro; un trabajo que incluye algunas imágenes que aparecen repetidas en dos publicaciones anteriores suyas.

La persona que me lo decía había asistido a la presentación en la galería Flash y según me comentaba se quedó esperando una explicación podría decirse más teórica de las fotos, una explicación, por cierto, que no tuvo y que alegó al parecer majaderamente esperar como un complemento inseparable del material que llenaba el libro. Recuerdo  aquí algo genial que dijo Catalina Juger una vez: por qué siempre la gente se queda esperando una explicación teórica de todo lo que uno hace.
 Un día voy caminando con Nicolás por Valparaíso y hablamos de esto. Me dice que su fotografía adolece de un plan; no quiere hacer política conscientemente, no espera ganar el Salón de Prensa haciendo la foto del año de los migrantes -que me vaticina acertadamente que será el tema del año entre algunos fotoreporteros-; en sus libros pueden repetirse las fotos una y mil veces -pienso- porque la trama que le importa a la manera cómo construye el orden secuencial de sus imágenes, no apela a los argumentos forzosos de una tarea: no a la vida diaria que me parece y me ha parecido siempre abominable como expresión; no a los reportajes de largo aliento (Dios me libre), que me parece otro concepto terrorífico, no a la denuncia sistemática de ningún flagelo, etc. Sus imágenes son más bien la carencia de eso.
 Sus imágenes, esa atmósfera perturbadora- a ratos deslavada, como un cuerpo disuelto en la neblina, a ratos intensamente contrastadas como un purgatorio metálico, un río metálico, la hoja de una navaja, está de más decir, no caen en el argumento por si solas ni de su estética ni de su aparente crudeza: no son crudas totalmente tampoco: son pura sinceridad, como la de los niños que son crueles sinceramente, o sinceramente crueles pueden matar o herir, o herirse por accidente, o matar pajaritos con una tijera o arrancarse un ojo mientras corren con un palillo en las manos, o matar hormigas con una lupa.
Son más que esa fórmula aparentemente simple de retratar con una cámara cutre algo que está inmóvil.
Cuando reviso Torso, su último, libro me encuentro con una fotografía a doble página de un hotel cuyo nombre es una palabra que con suerte puedo pronunciar: "Hotel  Vardshus" Transcribo eso en el buscador de Youtube y  me pillo con un reportaje hecho por una televisora local de Suecia. El sueco, ese murmullo sin vocales discernibles es ininteligible; una lenguaje hecho de agua turbia, desperdicios, rasposo y tan distante como podría ser la distancia que Suecia dista de Chile en el mapa. Pienso de nuevo en el tiempo, en el pasado, en la ausencia que atraviesa la imagen de uno y la imagen de uno que sigue pasando en  el pasado. Pienso en ese pasado. Miro de nuevo el youtube: miro el interior de ese hotel y a sus habitantes como si fueran los habitantes de un lugar imposible. Un lugar que no entiendo y que pertenece a un  estrato diferente al de la conciencia que puedo entrever como propia o clara o medianamente clara como son las palabras de un lenguaje conocido.
Si me resulta raro solo ver ese  lugar en imágenes me pregunto cómo será intentar adaptarse desde cero en un sitio cómo ese. Esa decisión seguramente debe tomarse con pocas vacilaciones. Nicolás me contó que en Suecia, al comienzo, sus únicos amigos eran los cabezas negras como él y que el enemigo eran los suecos. Entonces le pegábamos a los suecos, me dijo, y le pregunté: cómo es  pegarle a un sueco. Tienes que tener mucha decisión para hacerlo, porque los suecos son grandes y decididos. 
La primera vez que  le pegué a uno era chico y sabía que me estaban hueviando pero no entendía así que me acerqué con el cierre de la manga entre los nudillos y le di un golpe en la cara. Todo terminó rápido. Mientras el chico lloraba en el suelo yo me dije por primera vez, ah, así que las cosas se solucionan de esta manera.
  Me pongo a pensar en sus fotos de nuevo y cómo dije antes me parece que no son solo crudas; está en ellas la decisión de la violencia o la violencia como decisión estética, en absoluto inseparable de lo que  el destino le traza a la personas que emprenden en la vida la ruta solitaria de las imágenes, como un modo de cruzar un camino del que  no se puede escapar; imágenes del dolor, imágenes de lugares con nombres impronunciables, hoteles hundidos en el silencio de las carreteras y en el silencio de la mente, imágenes de seres queridos que se pierden entre esas realidades impronunciables y que quedan atrás, imágenes de lo que ya es demasiado tarde para cambiar porque no hay nada peor que demasiado tarde, imágenes entre las que se ha decidido vivir y morir con las pupilas dilatadas o negras como las de los tiburones; imágenes de lugares que no quedan en Suecia ni en Chile. Imágenes que solo pertenecen al corazón o son una corazonada o una república íntima.
Está en ellas, por supuesto, el gesto de solucionar las cosas a golpes, pero también de abrirse paso con esa valiente decisión de los inquebrantables, que son una mezcla de puro corazón y mucha ternura, que son como es Wormull: cabrones con gran corazón.
 Creo que ahí empiezan sus fotos, con esa energía. Después continúan por la senda que esa energía domina: el amor, los amigos, el apego, las peleas, el  prístino delirio de quienes se cruzan en sus días y noches; la extrañeza de los lugares a los que nunca se pertenecerá y a los que ya no se puede regresar  o de los que no se puede regresar, pero que no son menos reales que  este en el que estamos hablando.
  Lo conocí hace varios años como dije, en un taller. El taller daba vueltas en torno a la figura de Sergio Larraín; el maestro Larraín como le decían algunos, el gran fotógrafo que retrató Valparaíso, el mito. Para Nicolas Wormull no era nada de eso. "Me sorprende còmo en Chile existe la figura del maestro. Larraín el maestro. Yo no entiendo eso, no lo entendía entonces y ahora aunque me he reconciliado con Larraín, lo sigo entendiendo poco”, dice y prosigue más adelante: “en Chile hay pocos fotógrafos originales por eso; piensan poco porque siguen a muchos referentes”.
 Pienso en eso mientras escribo estas palabras y me acuerdo de Pablo de Rokha: es muy difícil seguirse así mismo. En esos lindes, siempre la derrota será un lugar donde encontrar todas esas imágenes que no entendemos pero que están ahí para completar un dialogo que no termina nunca, porque es como la vida, impreciso, a veces estéril e inútil, pero valiente, muy valiente.

 continuará





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