sábado, 31 de octubre de 2009

Leer a Rodrigo Lira es atreverse a salir en una foto con los ojos cerrados


"¡¿Cuánto vale el show de Rodrigo Lira?¡"

“Mis negros pensamientos no han de volver al dulce amor………………..”

Hojeo los poemas de Rodrigo Lira y pienso en una fotografía que le tomó mi papá hace muchos años. Creo que se conocían por la gente de revista La Bicicleta. Rodrigo sabía que mi viejo sacaba fotos y decidió pedirle unos retratos para un futuro libro que estaba preparando y que nunca llegaría a publicar en vida. Seguramente fue en algún minuto del año 79 u 80. Se juntaron en la casa de mi abuela en la Villa Frei. Lira se paró en el jardín y mi papá le sacó varias imágenes con una Cenit. Después de la sesión fotográfica tomaron once y se despidieron.
Me imagino a Lira buscando un buen fondo para su retrato. Lira posando junto a la puerta de madera semi-giratoria que da hacia el living o cerca de una ventana. Entre unos árboles o frente a una seca muralla de ladrillos. Junto a la reja negra de la entrada, etc.
En esa época mi viejo no tenía trabajo de fotógrafo sino que tomaba la cámara para hacer ocasionales retratos mientras caminaba por ahí. Venía llegando de Quintero donde había estado viviendo como hippie un par de años, pescando, haciendo bolsos de cuero y arreglando zapatos.
Antes había vivido ocasionalmente en Santiago o en Laguna Verde. El 11 de septiembre lo pilló en medio de un bosque en que vivía con su perro. Tuvo varios talleres a lo largo del tiempo. Talleres que en realidad no eran talleres sino piezas en que vivía con otros pintores sin futuro como pintores y a donde generalmente iban poetas sin futuro como poetas.
Su vida con los años se volvió una vuelta de tuerca en un tornillo vencido.
No había suerte. En los 80 las fotos de mi papá eran mayormente retratos de calle. De cines derrumbados o de gente moviéndose a la deriva en la neblina densa de las mañanas en la capital.
Todavía guardamos en la casa material de esa época. Fotos de Franklin o de la calle San Diego, con el cine Prat de fondo. Destartaladas micros o zapaterías de la calle Recoleta.
Fotos de desnudos en viejos sillones o en baños sucios, adornados por banderas chilenas.
Rodrigo Lira finalmente eligió de la sesión hecha en la casa de mi abuela una foto en que salía con los ojos cerrados. Como un topo.

Definición de topo: “Mamíferos excavadores. Permanecen activos las 24 horas del día, son diurnos y nocturnos, alternando periodos de actividad y descanso. Es un animal muy voraz, pero en invierno disminuye su movilidad, ya que entra a mayor profundidad.
Los topos dependen bastante del tacto para desenvolverse en su medio. En el hocico tienen unas proyecciones llamadas órganos de Eimer que se cree que potencian aún más su sensibilidad. Respira con rapidez como si intentase aprovechar al máximo su descanso. Se despierta súbitamente comenzando de nuevo la búsqueda del alimento.
No construye madrigueras permanentes, pues el terreno se hunde a medida que prosigue la excavación. Después de las lluvias, sale a la superficie y deja tras de sí una triple huella.
Habita en madrigueras excavadas por ellos mismos. Consiste en un sistema de túneles con muchas cámaras. Son animales que pasan la mayor parte de su vida debajo del suelo”.

Vuelvo a pensar en la fotografía donde sale Lira con los ojos cerrados y que después se perdió. A lo mejor quedó en algún cajón de su casa. A lo mejor quedó guardada una copia entre las fotos que mi viejo tuvo muchos años en cajas que hasta hace poco todavía no botaba a la calle.
Los ojos cerrados de Lira me hacen pensar en alguien que no le teme a la oscuridad. En un topo escarbando. Pienso en su rabiosa ingenuidad. Pienso en los túneles indelebles de Villa Olímpica.
Enrique Lihn decía que había un lugar para él en el Olimpo subterráneo de la poesía chilena. Yo creo que más bien era un lugar apartado en la Villa Olímpica subterránea de la poesía chilena, donde el desvelo transita por el embaldosado. Donde nuestros poetas se sientan en un columpio y abrazan la certeza de morir.
Pienso en la fotografía en que sale Rodrigo Lira con los ojos cerrados y recuerdo sus poemas.
Aprender a leer a Lira no es tarea fácil. Son silencios demasiado brutales. El asidero de sus poemas es una carga que va más allá de ese mito académico en que caen sus imitadores o imitadoras. Ellos no tienen dislexia en el corazón. Muchos no se atreven a salir en una foto con los ojos cerrados. Pero este no es un juicio sino desgraciadamente una circunstancia.

1 comentario:

  1. Buenas palabras, amenas, a cerca d 1 personaje q ya forma parte del ideario colectivo d nuestra ciudad.

    Lástima siga siendo Chile un lugar donde uno se pierde, sin q a nadie le interese. Anónimo, entre ya anónimos...

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