domingo, 1 de febrero de 2009

Héctor Barreto


“La mayoría de aquellos seres viven todavía”, escribe Miguel Serrano sobre sus compañeros de la generación del 38, ya varios años después -hacia 1950-, en su libro Ni por Mar ni por Tierra. Y continúa: “posiblemente recuerdan esos tiempos, y los conservan, mientras arrastran la vida hacia adelante, pasando por sobre los cadáveres de los mejores sueños, adherido el corazón tal vez sin saberlo, sin recordarlo ya, a una vieja noche en que hubo un héroe y en que se nos transmitió un despojo de su gloria”[1].
El autor de Visitas de la Reina de Saba se refiere a Héctor Barreto, quien vivía en el 185 de la calle Emiliano Figueroa, y quien como centro habitual de encuentro con sus amigos –escritores o muchachos que sin ser artistas estaban dispuestos a seguirlo en sus correrías nocturnas- siempre frecuentaba el lado sur de la ciudad: San Diego y el sector de la Avenida Matta.
“Nuestra ciudad posee algunas calles extrañas que extienden sobre ella una especie de halo misterioso y singular. Hay que saber encontrarlas”[2]. Serrano, que fue amigo de juventud de Barreto, se refiere a este sector, el mismo por el que una noche caminaba despacio en busca de sus compañeros.
En sus hombros llevaba, a modo de capa, un abrigo y se apoyaba con un bastón. Podemos imaginarlo -en esos días un quinceañero escritor, aficionado a los bodegones y bares de mala muerte- paseando como un personaje cinematográfico por las calles nocturnas y vacías, hasta dar con San Diego, “iluminada y viva a esa hora, con los anuncios de cafetines, bares y salas de billar”[3].
El lugar elegido por él en esa oportunidad fue el Café Miss Universo -casi en la entrada de la populosa avenida, descrita por Ricardo Puelma como el barrio latino de la capital en esos años 30-. Habitual punto de junta eran igualmente el Café Volga en la cuadra 12 de Sandiego, u otros sitios de la zona como “La Buenos Aires” (al llegar a Pedro Lagos), el “Folis Bergére” (en Plaza Almagro), “La Filórica Luz y Sombra de don Ricardo Huerta” (en la esquina con Av. Matta), el “Salón América” (cerca de Tarapacá), entre otros.

En estos sitios se juntaban habitualmente Miguel Serrano, Julio Molina, Santiago del Campo, Anuar Atías, el Loco Irizarri, el Tigre Ahumada, Fernando Marcos y Barreto, el líder de aquella tropa, quien con un talento innato de narrador, siempre contaba sus improvisadas historias que atraían “un sequito de presencias invisibles a la noche”:
“A medida que tu narrabas, nosotros, artistas y profanos, íbamos viviendo en esos mundos extraídos de tus sueños. Tu los evocabas y los hacías presentes como un artífice de la palabra. Te dejabas llevar, creabas el clima, la atmósfera. Tus manos se movían, tu rostro era el de un actor, tus ojos penetraban la niebla del tabaco y sonreías satisfecho cuando la emoción de la belleza, o la gracia sutil, nos alejaban aún más del contorno y de la noche”.

Quien recuerda muy bien al escritor es el muralista Fernando Marcos, quien en 1958 y con ayuda del PS publica una antología con los cuentos de Barreto, titulada “La Noche de Juan” y en cuyo prologo cuenta cómo se conocieron.
“Mis padres tenían un negocio de libros viejos en San Diego. Allí conocí a Barreto. El iba al boliche constantemente; conversábamos de libros y llegamos, poco a poco a hacernos amigos… Era de estatura regular, moreno, delgado, de ojos obscuros penetrantes. Tenía una cultura extraordinaria para su edad y una avidez de lectura increíble. Del boliche de mi padre llevaba continuamente libros sobre los más variados temas. Se iba con ellos en la tarde y al día siguiente ya los había leído. Leía hasta las 4 o 5 de la mañana. Podía pasar dos o tres días sin dormir. Y luego era capaz de dormir 16 horas de un tirón. Leía de todo: Descartes, Panait Istrati, Romaínd Rolland (el Juan Cristóbal nos había impresionado profundamente a todos), Oscar Wilde, George Bernard Shaw. Se sabía de memoria capítulos enteros del Quijote. Conocía los clásicos italianos, españoles, ingleses. Buceaba en la historia. Solía relatar anécdotas de Julio Cesar.[4]

Así fue Barreto. Siempre arrastrado por su voluntad a defender su prodigioso mundo interior del cansancio de la rutina. De la realidad que despreciaba con el gesto sardónico de su rictus. Si la realidad no se torcía hacia sus deseos, evocaba el pasado. Vivía en sueños de la Grecia antigua “donde tal vez él fuera un hierofante, hace muchos siglos ya”, y hacia donde su tumba quedó mirando: “más allá del cielo, más allá de las estrellas, su Grecia inmortal, su monte Olimpo y el Templo de Delfos”. Y es que una noche, Barreto fue asesinado.

El pasajero del sueño

-“Hector, pregunto yo, Ud., que gusta de caminar por estos barrios tan oscuros ¿No le ha pasado nunca nada?
-¡Qué me puede pasar! Cuando veo un grupo de criminales conocidos no hago más que mirarlos. Eso basta.
- ¿Y si van armados?
-Saco el anillo de mi dedo; lo levanto en el aire y, si llegan a disparar, las balas pasarán necesariamente por el anillo…
¿Qué hora es? Pregunta. Las tres y media digo yo. Y él: es peligroso: en este momento acaban de salir los de “allá” y pronto estarán aquí. Mire Ud.
Y efectivamente, gente extraña entra al café; son viejas arrugadas, hombres pálidos, sombras creadas por las palabras de Barreto.[5]

*

Muchos que han hablado de Héctor Barreto como el mismo Serrano o incluso Jorge Teillier en sus prosas, afirman que su presencia era la de un líder, la de un héroe, la de “Jason” el argonauta, como le decían sus amigos con quienes dueños del aislamiento en “los barrios quebrados” de la ciudad, estaba inmerso en una búsqueda de identidad verdadera, como lo explica su amigo de juventud, Homero López[6], quien cuenta la siguiente anécdota: “Estaban en una reunión todos juntos, y Eduardo Anguita se levanta y dice:
-Voy a leer un poema al estilo Neruda.
Después es el turno de Barreto. Él toma otra postura:
-“Yo voy a leerles también un poema, pero al estilo Héctor Barreto”.

*

La búsqueda en desesperada lucha contra el medio[7] agotó a Barreto en la flor de su edad. Su frase, “el Color de la Sangre no se Olvida” – que posteriormente se grabó en su tumba-, predijo su tragedia y fue el resumen de su breve existencia de 19 años. Sus cuentos, los escasos esbozos aún no concretos de un talento que se apagó demasiado joven, y que coincidió en su ejercicio escritural como una metáfora con algunos tramos de su existencia, no alcanzó a tener ninguna difusión salvo entre su grupo de lacónicos escuchas como él.
Se dice que es sus días finales, relegado a una premonitoria angustia, en su habitación recibía algunas visitas. Si no le interesaba lo que estas tenían que decirle, prefería cerrar los ojos y sumergirse en sueños. Y era en esos sueños donde Barreto lo habría vivido todo, como una vez le dijo a uno de sus amigos. Esta afirmación se tradujo en un cuento que quizás fue la clara metáfora de sus últimos tiempos de vida: El pasajero del Sueño.

“Él mismo tenía quizás la culpa. Él, que hizo de su vida algo tan extraordinario; que quiso ir por caminos desconocidos e indeterminados; que deshumanizó sus ojos. Y allí, destruido, tuvo la sensación de haber violado algo sagrado. De haber descorrido un velo intocable, de haber pisado un lugar prohibido.”

El cuento parafraseado en las intensas páginas de Ni por Mar ni por Tierra habla de un muchacho llamado Aliro, quien cansado de lo real se cobijaba en los mundos oníricos, en los sueños que finalmente se turnaban, ocupando la mayor parte de su tiempo, con la realidad que para el joven era un desagravio que lo molestaba profundamente. Este vivir en sueños es tan intenso que el personaje queda atrapado en ellos, sin escape. “Así murió Aliro. Así debe haber muerto también Barreto”.

Cae el héroe

Sucedió en el Café Volga la noche del 23 de agosto de 1936. Barreto había ido a buscar a sus amigos y después de no encontrarlos se pasó toda la tarde en el cine. Luego se dirigió al mencionado establecimiento. Ahí estaban Fernando Marcos y Raúl Arenas. Los saludó y se embebió en la conversación acostumbrada. Hablaron de literatura y de sus últimos cuentos: el Rito a Narciso, La Noche de Juan y La Velada.

Casi al final de la charla entró un grupo de personas al local, eran los nacistas de Jorge Gonzalez Von Marées. Tres de ellos en actitud de provocación ocuparon una mesa y desde ahí lanzaron fuertes miradas a los del grupo de Barreto, que para esa hora había aumentado con otros amigos que llegaron.
Héctor los increpó desde su mesa.

El incidente fue un poco confuso en adelante. Existen varias versiones.
Se dijo que el grupo agresor era un nutrido contingente que hizo su entrada al lugar, ocupando varias mesas y hablando en voz alta en tono de provocación. Por otra parte, “El Mercurio” del domingo 23 agosto expuso otro testimonio sobre el número de sujetos que irrumpieron a la cafetería -a la 1:40 de la mañana-: “En el citado recinto reinaba perfecto orden cuando llegaron 3 nacistas uniformados, cuya presencia dio origen a algunas discusiones, y luego a algunos cambios bruscos de palabras.” (Por otro lado, el Director de Investigaciones del Movimiento Nacional Socialista, Alejandro Oteiza del Canto, dijo en una carta dirigida al diario[8], que los nacistas eran 2 y no 3.)

Fernando Marcos, como testigo directo, relata el hecho de la siguiente forma[9]: “Ya nos despedíamos cuando entraron los nacistas. Era un grupo numeroso, algunos uniformados, otros con mantas de castilla. Se repartieron en diferentes mesas. Era evidente su intención de provocar incidentes. Ellos sabían que el “Volga” era un punto de reunión de la juventud de izquierda, de los alumnos y profesores de Artes Aplicadas, de los jóvenes socialistas. Adoptaron de inmediato una actitud agresiva[10].”

Marcos recuerda que tras de la discusión, que terminó con la efímera entrada de carabineros que desalojó a los nacistas, su grupo se dio cuenta al quedar solo en el local, que en la calle le esperaba una emboscada.
Su reacción no demoró.
No pudiendo encontrar en las cercanías a ningún vigilante de los que momentos anteriores habían estado con ellos, decidieron, solos y embebidos de una actitud de seguridad que bordeaba entre valor e inconciencia, hacer frente a los incitadores.
Barreto, premunido de golletes de botellas rotas, una en cada mano, se asomó a la puerta y vio un intranquilizante escenario: varios grupos nacistas apostados en el exterior esperando el momento de desquitarse. Incluso unos venían subidos al tranvía y comenzaron a lanzar piedras desde allí. Barreto y su grupo, desafiantes ante el peligro que conllevaba la situación, empezaron a perseguir al grupo divergente. Así inició una rara persecución en que sin ningún arma, iban tras un grupo sabidamente en posesión de éstas.[11]
Siguiéndolos por San Diego a la esquina de Santiaguillo, doblaron por ahí para llegar hasta Arturo Prat. En ese instante comenzaron los primeros disparos.
Uno de los socialistas es herido en un pie (identificado por la prensa como Ricardo Mann[12]). El grupo, entre la dispersión del momento, alcanza a resguardarse desordenadamente entre los bordes de las puertas, o tras los árboles. Barreto, que iba de frente, al encuentro contra los atacantes que se encontraban apiñados en la esquina de Serrano con Porvenir, es herido. Fernando Marcos relata que en ese momento la calle se llenó de gente, entre la que “curiosamente había agentes de investigaciones[13]”. La policía, con el alboroto, dejó ir a los nacistas, arrestando al grupo equivocado.[14]
El transcurso y el final trágico de la persecución, junto con ser relatada por Marcos en su mayor parte en el prologo de La Noche de Juan y Otros Cuentos, cobra algunos detalles en los escritos de Serrano, quien tras el asesinato y para su conmemoración anual, publica una revista homenaje[15] y escribe en diversos medios. El fragmento de este emotivo artículo aparece en el periódico “Frente Popular” del PS. Martes 24 de agosto de 1937, un día después del primer aniversario de los hechos:

“Retiró el anillo de su dedo y desafió al nacismo que pasara las balas por ahí. Fue héroe sin afán y artista-hombre. Sobre el suelo de esa noche vinieron los símbolos de la nueva tierra, o la nueva tierra, o la nueva época. Un sargento anónimo levantó su sable y lo defendió de los golpes cobardes. Era acaso el ángel nuevo, de fuego y pueblo, vigilando vivamente al hombre varonil o artista, pero solo. Y luego la transfusión distante, realizada después de haberse desangrado tanto sobre la noche, la sangre de un hombre del pueblo vertida en sus venas como el recurso salvador a su infinita tristeza y a su muerte. La sangre de sol y de salto antiguo, conservándose en sus venas eternas.”

Horas después, entre una transfusión e intentos médicos de extraer la bala que albergada en su estómago había causado varias perforaciones intestinales[16], Barreto muere en la antigua “Posta Nº 2” de la calle Chiloe, esquina con Maule.
La noticia, que apareció en los diarios de la primera hora[17], puso en boca de todos la cuestión de la recurrente violencia callejera de los grupos políticos en Santiago, que había cobrado ya dos victimas emblemáticas: Julio Llanos y Manuel Bastías, miembros también del Partido Socialista.[18]

Eran los días del Winnipeg, y en Chile irrumpía la lucha entre las antagónicas corrientes del socialismo, nacismo y comunismo[19], cobrando cuerpo a semejanza de la Europa de la Guerra Civil, y previa a la Segunda Guerra Mundial. La antigua militante y diputada del PS, Carmen “La Negra” Lazo, recuerda[20] de aquellos tiempos: “Conocí a Héctor en los lejanos días de la juventud del partido. Vivíamos muy velozmente, teníamos entre 16 a 23, 24 años. Trabajábamos, estudiábamos y pelábamos. De Héctor se sabía que era un artista y además de buen mozo, tenía fama de ser romántico y soñador. La gente lo quería. Fue un luto cuando corrió la voz de su muerte. Todos nos consternamos cuando dijeron, mataron a Héctor Barreto en el Café Volga. Eso no se me ha olvidado nunca.”

Días después de lo ocurrido, el Jefe del Movimiento Nacional Socialista de Chile, Jorge González Von Marées, encerrado con su gente en el cuartel general nacista de la calle Huérfanos 1540[21], se dirige por radio al país[22], emplazando al PS a atreverse a tomar su cabeza en venganza por el crimen, adjudicándose la responsabilidad total del hecho: “Asumo por completo la muerte del joven Barreto. Declaro que la bala que dio muerte a ese muchacho no fue disparada tontamente por un grupo de inconscientes o desalmados, sino que esa bala, y todas las que han salido de las filas nacistas, han obedecido a una inspiración personal mía.[23]
El asesinato nunca se aclaró, pese a que la comisión designada por la Prefectura de Investigaciones[24] en los primeros días, sindicó a un presunto culpable[25], identificado como René Gorigoitía Boggiano (22 años), quien seguido por los mismos amigos del escritor, fue capturado en Alameda con San Diego[26]. El imputado portaba en ese momento una pistola y un revolver, además de identificación que lo sindicaba como del MNS[27].
Luego de la confesión radial de González Von Marées, se desestimaron los cargos en su contra.

Así mismo, hubo quienes mencionaron a un organizador intelectual del asunto, apuntando a un Tal “Gordo Olivares”[28], igualmente miembro del MNS, y que organizó luego del 38, con efímera vida, el Partido Fascista Chileno.
Tito Mundt[29] recuerda que luego de pelearse con González Von Marées por la fundación de la Vanguardia Popular Socialista (VPS), este misterioso personaje, en un episodio en que tomó parte con la escuadra argentina que se levantó contra Perón, fue “cocido a balas en la Calle Corrientes, de Buenos Aires.”[30]

El hombre símbolo

“La muerte de Barreto fue un símbolo… Quemó una etapa para siempre. Los que vivíamos retirados fuimos proyectados a la acción y al mundo externo. Nos tomó la vida con sus luchas y pasiones.”[31]
La noche del crimen, Marcos y sus compañeros estuvieron detenidos en la Cuarta Comisaría.[32] Como a las 6 de la madrugada se enteraron que Barreto, quien se sabía estaba de gravedad y había perdido mucha sangre, estaba muerto. Quedaron consternados. Con la ayuda del abogado y dueño del medio “La Opinión”, el diputado socialista Juan Bautista Rosetti, quien más adelante, junto a su colega Arturo Natho llevaría la querella en contra del MNS, salieron al transcurrir tres días. Cuando se vieron en la calle, encontraron el cortejo fúnebre que llevaba desde las 4 de la tarde[33] –según datos oficiales en la prensa- los restos del escritor.
Al cruzar el puente de Avenida La Paz, se unieron de inmediato al tumulto que seguía la carroza con el ataúd.

El funeral de Barreto fue una gran manifestación en la que el PS tomó su figura como un símbolo de lucha, exhortando con el grito: “¡A la horca los nacistas y su Jefe¡.[34]” “Los estudiantes de las
Facultades de Ciencias Jurídicas y de Comercio y de Economía Industrial de la Universidad de Chile, declararían huelga por espacio de 24 horas como una protesta por la muerte…”[35] Entre los participantes y oradores estaban Marmaduqe Grove, Alberto Martínez, Andrés Escobar, Oscar Schnake, Vicente Huidobro, Cesar Godoy Urrutia, la poeta Blanca Luz Brum y otros destacados de la política de izquierda y del naciente Frente Popular. Los amigos de Héctor, y quienes realmente lo conocieron, no pudieron acercarse al ataúd[36]. El entierro en sí, sólo admitió a los deudos más cercanos, permaneciendo la multitud en la plazoleta afuera del cementerio, resguardada por la policía situada en lugares estratégicos. La idea era prevenir la infiltración nacista en la ceremonia[37].



[1] Ni por Mar ni por Tierra. Editorial Nacimiento – 1950. Primera edición. Pag 178.
[2] Idem. Pag 179.

[3] Idem. Pag 179.
[4] La Noche de Juan y Otros Cuentos. Editada por Prensa Latinoamericana. 1958. Pag 7-8
[5] Crónica de un Tiempo. Santiago del Campo. Revista Barreto. En homenaje el 23 de agosto de 1937.
[6] Conversación con Homero López.
[7] Como dice Serrano en su libro Ni por Mar ni por Tierra
[8] “El Mercurio”
[9] La Noche de Juan y Otros Cuentos.
[10] Recuerdos publicados en la Noche de Juan y Otros Cuentos-1958. Edición a cargo de Fernando Marcos.
[11] El Diario “Trabajo” del 16 de junio de 1936 recuerda el incidente del siguiente modo: “El pequeño café Volga de la calle San Diego fue por muchos años el lugar de las reuniones nocturnas de las Juventudes Socialistas y Comunistas, donde llegaban a tomar una taza de café con leche y una tostada después de realizar sus deberes de rayar las murallas y pegar carteles en las calles vecinas. La juventud nacista cumplía deberes semejantes, y en la mayoría de los casos eran de iguales intenciones y objetivos. Frases y carteles en contra del gobierno de don Arturo Alessandri, y con más violencia en oposición a su ministro de Hacienda, don Gustavo Ross Santa María. Hasta allí llegaba la amistad de socialistas y nacistas en las murallas de la ciudad. La noche del 23 de agosto de 1936, grupos socialistas y comunistas tomaban su café con leche en el Volga cuando entraron al local a beber un refresco algunos jóvenes nacistas. Los socialistas que estaban como en su casa, consideraron aquel hecho como una provocación y los expulsaron del café en medio de una batahola de insultos y puñetes, y con la fuerza de estar en mayoría. Pasaron algunos minutos cuando los jóvenes nacistas volvieron acompañados por un grupo de la TNA (Tropas Nacistas de Asalto). En la pelea anterior fue identificado, más que otros socialistas, el joven poeta Héctor Barreto. Del grupo de jóvenes nacistas que llegaron al Volga en busca de desquite, salió una voz que llamaba a Barreto, y lo desafiaba a pelear en la calle. Héctor Barreto –me ha contado un antiguo militante nacista- era un muchacho valiente, como son los jóvenes de todos los partidos, y fue inmediatamente tras el desafiante. No había comenzado la pelea cuando una bala salida del revólver de un militante del nacismo lo hirió mortalmente.
[12] Diario la Opinión 23 agosto 1936.
[13] Conversación con Fernando Marcos.
[14] También se ha relatado que uno de los carabineros protegió a Barreto con su sable. El diario consigna que se le prestó primeros auxilios en el lugar, siendo asistido “por el Sargento del Maturana Julio Bórquez.
[15] Revista Barreto, publicada todos los años de la década del 30 después del asesinato, justamente para el 23 de agosto.
[16] “El joven Héctor Barreto quedó en estado grave, con una herida a bala en el abdomen, la cual le produjo varias perforaciones intestinales”.”El Mercurio”
[17] Al transcurrir los hechos en la madrugada inicial del domingo, dio tiempo a la prensa de incluirlo en la edición vespertina.
[18] “La Generación del 38 es violencia” Fernando Alegría en su novela “Mañana los Guerreros…”
[19] Se usaba con c para diferenciarlo de su par europeo
[20] Entrevista del autor con Carmen Lazo.
[21] Dirección del cuartel central de los nacis, según lo recuerda Tito Mundt en Las Banderas Olvidadas. Editorial Orbe. 2º edición. 1965.
[22] Lo consigna el Periódico la Opinión el día 30 de agosto 1936.
[23] Rodrigo Alliende González: “El Jefe.” Biografía de Jorge González Von Marées. Edic “Los Castaños” 1992.
[24] Se designó al Señor Juan Araneda y a los detectives Señores Eduardo Basso y Marcos Ponce, quienes en la noche del crimen llegaron hasta el sector en que se desarrollaron los incidentes.
[25] “La comisión que dirige el inspector Señor Araneda, según informaciones que nos merecen fe, tendría ubicado al asesino del joven Barreto… Jueves 27 de agosto 1936. Diario La Opinión.
[26] Periódico La Opinión. Viernes 28 de agosto 1936.
[27] Movimiento Nacional Socialista.
[28] Tito Mundt – Las Banderas Olvidadas. Editorial Orbe. Pag 100.
[29] Tito Mundt – Las Banderas Olvidadas. Editorial Orbe. Pag 74.
[30] Ídem. Pag 100.
[31] Fragmento de Ni por Mar ni por Tierra.
[32] “Los detenidos- versión en el diario- son: Alfredo Valdez Alarcón, de 19 años de edad, de profesión músico; Fernando Marcos Miranda, de 19 años; Fernando Portillo Ramos, 26 años, de oficio suplementero; Manuel Sánchez Morales, de 22 años, encuadernador; Ernesto Ramírez Arriagada, de 20 años, de oficio mecánico; Víctor Di Biaggio Schoder, practicante, y Miguel Rojas Rojas.
[33] Según La Opinión, fue desde las 4: 30 que el cortejo partió desde la sociedad “Los Amigos de México” de la cual Barreto era miembro y que ubicada en Nataniel 117, levantó en sus locaciones la capilla ardiente que recibió el cadáver.
[34] Revista “Rumbo”. Última semana de agosto de1936.
[35] “El Mercurio”25-8-36
[36] Como se relata en Ni por Mar ni por Tierra.
[37] Con el tiempo se le hizo un monumento a Barreto en el Cementerio General, el que fue conseguido gracias a la iniciativa de Homero López, el escultor Manuel Banderas y la esposa de Oscar Schnake.

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