viernes, 4 de noviembre de 2016
Apuntes sobre el Monstruo sin Nombre de Erick Faúndez
miércoles, 25 de marzo de 2015
Tres fotolibros
lunes, 9 de febrero de 2015
El Santiago en que viví; algunas reflexiones sobre el tiempo de la AFI y viejas fotos que encontré en casa.
miércoles, 4 de febrero de 2015
Algunas reflexiones sobre el estilo fotográfico
Por supuesto que uno reconoce influencias. En el caso de los japoneses, me comparo con poetas como Francisco Ide –admirador de Mishima- o con Carver, que toma de Chejov, basado en el hecho simple de querer al autor de La dama del perrito. Y es que uno quiere a los viejos fotógrafos y toma, hace relecturas de su ansiedad existencial en una época de cambio. Eso lo tenemos tan en común con tipos como Takuma Nakahira. Otra cosa es lo que uno dice eso si. O sea ellos no inventaron la fotografía pero si inventaron un discurso, como yo invento el mío, o más bien lo concluyo de este recorrido que se pone más bueno cada vez.
domingo, 10 de julio de 2011
Hernán Miranda: la vigencia del vaticinio.
El poeta de blanca cabellera había hecho uso de su mejor tono para recitar su “Hombre imaginario”. El ex presidente, que me pareció de sobra, entretanto dio unas palabritas al público como para comprobar que Nicanor Parra ya no es ni un poeta ni un anti poeta, sino un Súper Poeta. Como era de esperar todo resultó bien, y don Nica nuevamente causó furor en sus fans.
A la salida del auditorio, que era en el subterráneo de la Estación Mapocho, la manada salió persiguiendo al casi centenario vate. Lo rodeaban en una caterva invasiva y bulliciosa, tal vez monótona pero nunca claudicante en sus anhelos, ya que según se vio, todos querían insistentemente su pedacito de poeta. Por contacto, roce o al oír su divino decibel de parquedad o como fuera, se quería estar cerca del hombre que reveló alguna vez la existencia de un “Olimpo poético”, y cuya ubicación hasta ahora no se descubre o más bien se mantiene en secreto.
El antipoeta, entretanto, caminando sobre las altas nubes –lluviosas- de su cielo personal, hablando en un inglés muy shakespireano para mi gusto y con el evidente deseo de alejar a la chusma de chileno-parlantes que lo agobiaban con la caza de autógrafos, iba con la mirada fija en la puerta y el paso rápido para tragar luego, como con agüita con azúcar, los avatares de la fama y su gentuza.
A 20 metros de escapar de aquel infierno de adoración, se detuvo. En vano trató de apartar a la multitud para saludar a una inesperada visión que se había cruzado ante sus ojos. “¡Hernán! –exclamó de pronto Parra- Amigo mío ¡Cómo has estado! ¡Cuándo irás a verme¡ Debes venir a Las Cruces cuanto antes, por favor….”.
El aludido Hernán era un sujeto quitado de bulla, de estatura mediana, cabello cano, barba no muy tupida y lentes, y que apenas gesticuló una venia, pero sí apretó con cariño las manos del anciano poeta. Luego Parra, atrapado por su corte de obsesivos secuaces no pudo resistir más y desapareció por la puerta más cercana. Al saludado Hernán nadie le prestó más atención, como siempre suele ser en Chile con la gente que aparentemente no es famosa para la gallada. Pienso que cualquier curioso con una cuota lúdica de interés poético debería haberse detenido y hacer la simple pregunta: ¿Quién era el tal Hernán, que se alejó anónimo entre la multitud y al que Nicanor Parra le rindió una tan intensa reverencia de respeto?
En estos días de movilizaciones sociales, donde prima con vigor expresivo el dialogó ciudadano interpelando el hombre común por una mejor educación, levantando la voz en contra de la gran maquinaria de poder, no se me ocurre otro poeta chileno más vigente que Hernán Miranda Casanova (Quillota 1941). Y es justamente porque pocos como él han reflexionado en la poesía nacional sobre cómo el hombre común, tan mínimo en sus miserias cotidianas, enfrenta, en una posición de derrota permanente y asegurada, al gran poder: el inalienable paso del tiempo, a la muerte, a la maquinaria política implacable con los que van peleando la contra desde sus pequeñas dignidades y refugios.
Su libro “Arte de Vaticinar” me parece una valiosa reflexión al respecto y un texto de brillante vaticinio político. Pensemos que escrito en el 70 ya anunciaba –haciéndole honor a su título- la rutina de un detenido arbitrariamente. La “historia de un hombre que perdió un mal día toda su documentación”, poema que con una clara y terrible influencia kafkiana nos presenta un personaje –quizás el mismo Miranda, siempre observador y vividor de los avatares del hombre común- que un día perdió sus papeles personales y por ende se le achacaron encima infinitas culpabilidades que finalmente lo llevaron a ser condenado a muerte. La muerte que es lo único que “puede dar algo de corporeidad a un individuo sin célula de identidad”:
“-Identifíquese- le dijo el policía.
Pero él había perdido sus documentos de identidad
Y se lo llevaron a la cárcel
bajo la sospecha de haber cometido
todos los crímenes de la ciudad.
-Yo no he hecho nada malo en mi vida-
clamaba aquel hombre, horrorizado de si mismo.
“Lo has hecho todo en consecuencia” respondíale el tribunal”.
Las pequeñas sutilezas de la lucha contra el poder se tornan dramáticas, pero dentro de aquel sentimiento no exaltan un desborde épico sino una sensación de parquedad y resignación agobiante.
Y sucedido que vino la mujer de este hombre
y a gritos lo llamó por su nombre de pila.
Y vinieron sus hijos y le pidieron dinero
para helado o bolitas.
Y vino el perro de la casa, triste y flacucho,
y en silencio le besó los zapatos.
Es justamente el tema de lo épico tan presente como un vicio masturbatorio en otros poetas que publican últimamente guías telefónicas en verso, lo que se podría sentir como algo molesto – como dijo Enrique Lihn: “si se quiere escribir correctamente poesía no estaría de más bajar un poco el tono”; y esto lo digo hablando a titulo muy personal, y considerando como un hecho inalienable a mi, que los hijos del 80 y el 90 nacimos políticamente bajo el silencio abrumador de nuestros padres, agachando el moño y poco menos que agradeciendo a la Concertación la paz de mentira en que vivimos por 20 años y que hoy por fin al parecer se está diluyendo de la cabeza de la juventud.
Creo que el silencio y las resignaciones del hombre común, no deben cantarse al compás de lo esperable de una épica llorona, que da gritos y gritos pero que tan poco se entiende; debe, en cambio, decirse secamente, con la dureza fulminante de la sinceridad y el tono correcto. Miranda, como casi pocos poetas de su época y como varios poetas jóvenes, habla desde una biografía –vicio tan criticado por algunos aburridos eruditos- que transcurre como un viento sin importancia por una ciudad que no perdona la vida, indiferente ante sus cronistas cotidianos; Miranda, como pocos, no exalta cadáveres reviviéndolos en el tono de lo patético; Miranda los ama, sí, pero en una especie de renuncia de algún modo taciturna e impotente ante lo inasible. Su poema Doralisa se lanzó bajo el tren de las 14, pienso uno de sus textos fundamentales, gráfica aquello:
Yo sé que tú eres la misma de hace 20 años, Doralisa,
y que nada ha cambiado para ti, para nosotros,
que habías de eternizar tu juventud y mi niñez
en ese día y esa hora —las 14.
Esparcida sobre lucientes rieles te recuerdo, Doralisa,
derramada entre dedales-de-oro en flor
(Fue en primavera ¿no es cierto, Doralisa?)
y qué blanco tu cuerpo, qué blanca, Doralisa,
y tu cabellera negra enrollándose
y desenrollándose al viento entre las yerbas.
Y tu cuerpo, Doralisa,
desperdigado sin orden ni sentido
como si hubieras querido hacer de ti misma un enigma
que nadie pudiera descifrar debidamente.
Ah Doralisa, Doralisa,
eres para mí un recuerdo despedazado
que debo empezar a armar pacientemente
—un ojo junto a otro ojo,
una pierna y la otra juntamente
y tus senos y tus manos y tu cabellera sobre todo
y tus pies desnudos sobre la tierra.
Y yo te armo, Doralisa, compongo tu figura
y me llegas intacta a la memoria.
Y enseguida te desarmo, te deposito en tierra,
te disperso,
porque tú eres un recuerdo que vive en mí, Doralisa,
y que no me pertenece.
Es común en sus poemas el atisbo de realidades donde la trivialidad de los pequeños actos que aspiran a eternizar al poeta –ya sean sus versos o el acto sencillo de retratarse en una fotografía, anhelar algún amor desaparecido o simplemente relatar la desdicha-, son sólo algo fútil, sin peso frente a lo definitivo. Como una fotografía sacada en una esquina perdida de Santiago, en que se capta a tres poetas que se inclinan al centro de un ruedo a musitar un vago lenguaje de crípticas sonoridades.
La trivialidad de un pequeño acto que eterniza a tres poetas en una esquina, reunidos por una misteriosa casualidad que nada puede contra la muerte.
LOS POETAS SE JUNTAN DE A TRES
Antes de morir
los poetas se juntan de a tres
a conversar en una esquina
Dos poetas conversando en la esquina
son una incógnita
Tres es el número preciso
Y han de juntarse al azar
Cuando uno va el otro viene
y el tercero espera a alguien
o se ha detenido en esa encrucijada
sin saber qué camino tomará
Puede tratarse de éste, de aquél
o el de más allá
Lo importante es que escriban poemas
y que la gente sepa que es eso lo que hacen
cuando a solas se encierran en sus cuartos
y permanecen horas y horas meditando
frente a una hoja de papel
Estos poetas que de a tres se juntan en la esquina
pueden llamarse de la forma que usted quiera
Para abreviar yo les pondré un apelativo
A ese hombre de pelo entrecano llamémoslo Martín
Al de rostro endiablado y melena enrevesada
el porvenir lo distinga a secas como Enrique
¿Y al tercero? Al tercero le corresponda
ser Rolando
Martín, Enrique y Rolando
se juntan cierto día en una esquina
Se los ve desde lejos enfrascados
en una charla calmada
¿Qué dice cada uno a los otros dos vértices de este triángulo?
¿Por qué se les ve inclinarse levemente
hacia el centro del ruedo
como para poder escuchar mejor las mutuas voces
musitadas?
¿De qué hablan?
¿De qué hablaban
cuando este cronista solitario
los observó una tarde conversando en una esquina?
¿O es que se concertaron para juntarse ahí
ese día y en esa esquina
para dejar una imagen clara en la retina del testigo?
Los poetas se juntan de a tres a conversar en una esquina
antes de empezar a morir
uno después de otro
De lo que hablaban no es asunto que tome estado público
Se juntan, de a tres, y se escuchan atentos y se miran
sentenciosamente
Los poetas se juntan a conversar en una esquina
antes de morir
Primero Enrique, por ejemplo, y después Martín y Rolando
para cerrar la ronda
Los poetas se juntan de a tres y allí los tengo en la memoria
Tres es el número justo por ahora
Cuatro podría ser redundancia
Y por eso no hagan intento de acercarse a un ruedo
que tras ese día debía empezar a disolverse
después de posar para esta fotografía.
domingo, 19 de junio de 2011
Las mil aristas de su vida (1893-1972): Redescubriendo a Pedro Sienna, el gran soñador del cine chileno

De El Mercurio de hoy:
"Cuando las películas se fueron gastando por el uso y quedaron poco menos que inservibles, nadie de nosotros se preocupó de conservarlas, siquiera como recuerdos. Sólo servían de estorbo. Pero un pequeño industrial extranjero de espíritu práctico vio el negocio, y empezó a comprar toda la existencia de ese viejo material. No por cierto para remendar las partes deterioradas o copiar trozos de nuevo a fin de pasar las cintas en cines de barrio o teatrillos de pueblo sino para aprovechar esos cientos de kilos de celuloide para fabricar peines y peinetas. A eso quedaron reducidas las antiguas películas chilenas".
Transformadas en peinetas. Así terminó el casi centenar de cintas del cine mudo nacional, con la excepción, casi milagrosa, de "El húsar de la muerte". Aunque hoy llega a doler el estómago por la pérdida de ese valioso legado, Pedro Sienna describe esta tragedia sobriamente, en los manuscritos que escribió en su vejez sobre la génesis del cine chileno. Ya estaba curtido en mil batallas, que se pueden recorrer en sus "Obras completas" (Universitaria), que incluyen una semblanza biográfica, sus libros y crónicas periodísticas, la transcripción de manuscritos inéditos y un DVD con la versión restaurada de "El húsar de la muerte".
La investigación, textos y edición de todo este material estuvieron a cargo de Cecilia Pinochet, jefa de la carrera de Teoría e Historia del Arte de la Universidad de Chile; el periodista Mauricio Valenzuela y la licenciada en Teoría del Arte Francisca Schultz.
Los pliegues de su figura
Alto, fachoso -todo un galán-, cuentan que Sienna llamaba enseguida la atención cuando entraba a un lugar. Su amigo Pablo de Rokha lo describió como "vibrante y claro. El apretón cordial de manos que va sembrando por el mundo resuena y compendia, íntegro, todo su estilo de hombre; es todo un hombre, todo un hombre". Premio Nacional de Arte (1966), autor de "Vieja herida", un soneto que aprendieron generaciones, precursor del teatro nacional, hoy se le suele reducir a una sola obra: la cinta muda sobre Manuel Rodríguez.
"Uno de los objetivos del libro es situarlo en el 'mapa cultural' que tanto lo nombra, pero que tan poco lo conoce. Si bien el libro rescata la vertiente cinematográfica, busca mostrar que Sienna no realizóúnicamente películas y es mucho más que 'El húsar de la Muerte'. Fue también cronista de Zig Zag y La Nación, un poeta con varios libros a su haber y un activo partícipe del teatro chileno en la primera mitad del siglo XX", explica Mauricio Valenzuela.
¿Hombre multifacético o más bien un diletante? Según Cecilia Pinochet, "Sienna tiene un espíritu soñador, aventurero, productivo, muy relacionado con las carencias de la época que vivió. Fue un osado gestor. Un autodidacta que no pertenecía a la clase dirigente, y que tenía como aspiración la democratización de la cultura. Eso lo llevó a actuar en distintos campos".
Una nueva generación
"Sienna encarna a la nueva clase media. Un grupo heterogéneo de profesionales y empleados que tomaría protagonismo social en la década del 20 y que asume un rol activo en el movimiento intelectual de la época", explica Cecilia Pinochet. "Su adolescencia florece en medio del cambio propiciado por los requerimientos sociales por los que comenzaba la lucha la clase obrera. Fue una suerte de 'padre fundacional', ya que la suya fue la primera generación de artistas de la clase media que se incorporó al circuito intelectual, tomando nuevos espacios y sentidos", agrega Valenzuela
Nacido como Pedro Pérez Cordero -a los 20 años adopta el apellido Sienna, inspirado en el color siena, "cálido y sombrío a la vez"-, el realizador fue hijo de un coronel de Ejército y veterano del 79, que entendió poco su vocación artística. Contrariado, Sienna se fuga de su casa y empieza muy joven sus incursiones artísticas, en principio como dibujante y caricaturista.
Sus afanes poéticos reciben un impulso con el segundo lugar que obtienen sus poemas en los Juegos Florales de 1914, aquellos en los que Gabriela Mistral -"la misteriosa y taciturna poetisa"- obtuvo la distinción máxima con los "Sonetos de la muerte". Mistral no quiso subir al escenario, pero Sienna sí. Declamó sus versos con tal intensidad que a la salida lo contrató como actor un empresario teatral español. El teatro fue su espacio durante varios años, hasta que lo capturó la naciente industria de las imágenes en movimiento.
La epopeya muda
"éramos jóvenes y por lo tanto audaces; éramos pobres, y por lo tanto soñadores", relata Sienna en sus memorias sobre el cine chileno. Pese a las precariedades, el empeño de unos pocos situó al cine mudo chileno como el más productivo de Sudamérica. "Con Coke, Nicanor de la Sotta y Juan Pérez Berrocal hicimos esa hazaña".
"Nos atrevimos con este arte cuya técnica y demás procedimientos ignorábamos en absoluto y sólo imaginábamos por intuición o mirando películas extranjeras. Logramos, por fin, a costa de muchos quebrantos de cabeza y de echar a perder metros de película, dar en el clavo". Grabando sólo de día y graduando la intensidad de la luz con un toldo de sábanas, pidiéndole trajes al Teatro Municipal y reclutando como actores a amigos y familiares, Sienna, Coke y otros próceres consiguieron filmar entre 1917 y 1929 cerca de 80 películas mudas con argumento sin recibir un peso del Estado, según los datos que da Sienna en sus memorias.
Las cintas solían tener una temática de tintes heroicos y fueron reclutando un público cada vez más entusiasta. Pero salvo unas pocas fotos de su rodaje o algunos fotogramas, sus versiones completas están perdidas, excepto "El húsar de la muerte" (1925), que llegó a manos de Sergio Bravo, quien la restauró con gran paciencia y con la colaboración de Sienna.
Teatro, periodismo y bohemia
Desilusionado del cine por los pocos ingresos que le dejaban los empresarios fílmicos, Sienna se vuelca al teatro a partir de 1930 y se desempeña como actor y director en una serie de compañías que montaban obras sin tregua, a veces una por semana. Su dedicación al teatro la combinaba con largas trasnochadas. "Nacía una bohemia nueva y bulliciosa en los barrios obreros del sur de la urbe. La calle San Diego estaba llena de cafés y lugares de reunión. Allí se realizaba una incesante faena de creación en torno a escenarios y boliches. Los teatros más importantes eran el Esmeralda y el Coliseo, que con gran afluencia de público popular recibían una variopinta gama de artistas y espectáculos: cine, teatro, lucha grecorromana, danza, conferencias, etc.", explica Valenzuela.
Sienna, Rafael Frontaura y Daniel de la Vega (luego Premio Nacional de Literatura y Periodismo) se decían a sí mismos "los tres mosqueteros de la noche capitalina" y recorrían bajo la luna los lugares frecuentados por la bohemia santiaguina. Entre sus amigos más cercanos se contaba el periodista y escritor Víctor Domingo Silva (autor de "Golondrina de invierno") y su hermano Hugo (que escribe "Pacha Pulai"). También era cercano a pintores como Benito Rebolledo, Juan Francisco González y Camilo Mori -quien trabajó con él decorando escenarios- y escritores como D'Halmar, González Vera, Pedro Prado y Manuel Rojas.
En 1944 Sienna abandona las tablas -dijo no querer ser un actor viejo-, renuncia interrumpida cuando dirige en 1962 "Entre gallos y medianoche", de Carlos Cariola, con la actuación de Jaime Vadell y Delfina Guzmán. En las décadas del 50 y 60 su mayor dedicación será el periodismo, a través de crónicas que publica en diversos medios, en especial en "La Nación", donde también se desempeñaba como jefe del Archivo.
Novedoso material
Entre los textos que incluyen estas Obras Completas, figuran piezas de teatro escritas por Sienna, como "Las cabelleras grises", "Un disparo de revólver" y la comedia en verso "La tragedia del amor". También sus libros de poemas "Muecas en la sombra" y "Tinglado de la Farsa" -en su época se le consideró 'uno gran sonetista'- y su último libro (inédito) de poemas, "Por los caminos de ayer".
Se suman, también las obras "La caverna de los murciélagos" (un curioso texto de ciencia ficción), la biografía "La vida pintoresca de Arturo Bührle" y "Los recuerdos del soldado desconocido", inspirado en episodios que vivió su padre como militar en la Guerra del Pacífico
"La importancia de este libro radica en que junto con reeditar material muy difícil de encontrar -ya que fue publicado hace cerca de 90 años-, compila obra perdida de Sienna hasta ahora, como sus memorias concerniente a la historia del cine chileno y a teatro, de las que sólo se publicaron en el pasado algunos breves pasajes", explican los editores.
Este es sin duda, una de los puntos de mayor interés de la publicación. Su hallazgo y transcripción fue posible gracias a la generosidad de Carmen Julia Sienna, hija del cineasta, y del periodista Fernando Kri, su secretario personal y quien heredó su biblioteca y gran parte de sus papeles y fotografías. Sus escritos iluminan con amenidad la trastienda de una época extraviada de nuestro pasado cultural.













































